Zombie Zinema Stories: La Carta

Publicado: 17 julio, 2018 en Relatos, Terror

A través de la ventana ve como docenas de seres se reúnen en el portal de su casa, todos le brindan amor por su carne, aúllan de ansiedad, están locos por probarle, desgarrarle, abrir la cremallera de su piel y darse un atracón con sus órganos.

Él ríe. Lo ha perdido todo en la vida, excepto su sentido del humor. Así que ríe ante el maravilloso espectáculo de carne y putrefacción.

Y cuando la risa acaba, vuelve a mirar con sus prismáticos a los muertos para tratar de encontrar una diferencia que separe ese día de muchos otros. Para su sorpresa lo encuentra, y eso merma su risa. Sus ojos se abren y un cómico y exagerado “Oh” se funde en sus labios, pronunciándolo y dibujándolo al unísono. Porque… ¿no es increíble? acaba de ver un sobre, sí un sobre, y si se fija con más atención y… sí eso es, ajusta el zoom de los prismáticos, eso, ahora, muy bien, tiene, sí, tiene destinatario, y un sello, “me cagüen diez, es una jodida carta”, piensa, sí, una jodida carta pisoteada por un enjambre de muertos. Y no puede evitar que el aguijón de la curiosidad le pinche en el trasero. Una carta sin abrir, ¿de quién?, ¿a quién?, ¿qué contará? Un rastro de humanidad entre un bosque de muerte. Esa carta parecía algo tan valioso. Lo era. ¿Lo suficiente para arriesgar su vida? Bueno, ¿qué vida? Decídelo rápido, venga, no tenemos todo el día. Sí, sal de la ventana, pasea una vez más por el pequeño habitáculo que una vez fue un salón, hazlo en círculos, sí anda, recorre el pasillo de la casa, inspecciona cada habitación, piensa, piensa, piensa. Quedan aproximadamente dos horas para que anochezca, y cuando eso ocurre, aunque es más peligroso, se dispersan, así que podrías intentarlo. ¿Por una carta? ¿En serio? Bueno, ¿acaso tienes algo mejor que hacer?

Se sienta en el sofá, cruza las piernas y silba una vieja canción de Juice Newton. A veces lo único que hace falta es cerrar los ojos, para saltar al tiempo que uno desea. Y así ocurre. Abre los ojos, bosteza tapándose la boca y salta del sofá a la ventana para comprobar que la noche ha puesto sus pies en la ciudad. Una pequeña y silenciosa risa loca sale de entre sus dientes. Sobre la mesa, debajo de un jarrón con forma de pato, una lista de la compra. La saca de debajo del jarrón, el papel está amarillento y apenas está legible, ya ni siquiera recuerda si fue él quien la escribió:

-Papel higiénico

-Macarrones

-Legia

-Sal

-Cacahuetes (para la picada del Sábado)

-4 muslos de pollo

-Judías verdes

-Queso

-Mantequilla.

La recita en voz alta, tal y como hace todos los días al despertarse, es como un mantra y al finalizar, sin duda se siente algo mejor. Se arma con un bate de baseball en cuyo extremo más ancho tiene media docena de clavos atravesados, un cuchillo, y coge la chaqueta, parece que hace frío, y el calzado es importante, no quiere hacer demasiado ruido, así que se dirige al dormitorio y se cambia el calzado.

 

Primera Fase, mirar por la mirilla de la puerta. Despejado. Bien, pues, vamos allá. Sonríe, se siente como si estuviera a punto de salir a la pista de baile, en cierto modo, así es.

Segunda Fase, abrir la puerta, salir al descansillo y comprobar, del modo más silencioso posible, la cantidad de ánimas moribundas, rondando por las escaleras del edificio. Sí, abre la puerta, y enseña primero el bate con los clavos, a ver si se acojonan. Ríe ante tan ingenuo pensamiento. Los muertos no temen nada, ya no pueden. Nadie. Estupendo, venga, da un paso, mira a izquierda y derecha. La oscuridad no te dejará ver gran cosa a priori, espera unos segundos, deja que tus ojos se acostumbren, utiliza el olfato, huelen a podrido, eso les delata, úsalo. Sí, ahora tus ojos se han adaptado a la oscuridad, y parece que no hay carne echada a perder cerca. Deja el umbral de la puerta, y ciérrala despacio, muyy… ¡Espera! Comprueba que tienes la llave, tus bolsillos, sí, sí la tengo. Ahora sí, cierra la puerta muy despacio. Vale. Todo va bien, no hay corriente, así que no te quedes mirando el ascensor como un lelo, ve hacia las escaleras; sólo son tres pisos.

Tercera Fase, bajemos las escaleras. No hay problema, pero primero echa un vistazo, asómate y ojea esos peldaños que bajan y se adentran en una penumbra todavía más densa. Bueno, chico, no te vayas a quedar ahí para siempre, coge con fuerza tu bate y baja el primer escalón, el primero de… no son tantos, no te preocupes por el número. Tú baja uno más, eso, eso, lo estás haciendo muy bien, sigue bajando escalones, estás en racha. Ya estás, ahora echa un vistazo a ambos lados del pasillo del segundo piso. Ves a un montón de fantasmas corretear, llamar al timbre de las puertas de sus antiguos hogares, sí, sé que los ves, pero son tus ojos, tu locura, no existen de verdad, así que aunque se te acerque esa niñita de ricitos dorados y rostro angelical, aunque te pida que la lleves a su casa, que busques a sus padres, es todo una ilusión, debes concentrarte en la oscuridad y obviar al fantasma de la señora García, esa mujer rechoncha que siempre te saludaba cuando os encontrabais en el ascensor, ¿recuerdas?, antes de ir a trabajar, no hace tantos años, le brillaban los mofletes y parecía tener una sonrisa grapada en la cara, a veces te costaba entender su forma de hablar, y solías burlarte maliciosamente de su peso, pero en general te caía bien, así que por eso tu mente la está proyectado ahora mismo en forma de espíritu, pero no es así, no está, es solo tu imaginación, es cierto que se te acerca y sí parece que te ofrezca un pastel de manzana casero, pero solo es una alucinación y debes ignorarla, los fantasmas no existen, sólo los muertos que caminan, así que deja que sigan paseando y busca las escaleras que dan al primer piso del edificio. Ya lo tienes. Esto es pan comido. Ahí están. Empieza a bajarlas, despacio, sin prisas, con mimo, con dulzura, el silencio es tu aliado. No lo olvides. ¿Lo ves? Los escalones ya han desaparecido bajo tus pies, están atrás y todo va bien. Sí. Pero, un momento, tu olfato, no lo olvides, hay algo que te perturba en el segundo piso. Permaneces quieto durante segundos que parecen minutos, hasta que tus ojos logran dar con él, o ella, o más bien eso. Está de pie, junto a las escaleras que conducen al primer piso. Un par de “me cagüen la puta” saltan por tu mente y son dos perros rabiosos que te muerden en el culo y te hacen perder algo de confianza en ti mismo, un hálito de terror que alguien respira en tu boca. No pierdas la compostura, recuerda, nos estamos divirtiendo, esto es solo un paseo, un pequeño vals de tú a tú con la muerte. La tele no funciona, no hay radio, no tienes otra cosa que hacer que seguir avanzando y encargarte de esa cosa pútrida, la cual lleva una faldita corta y roja la mar de monas y tiene un brazo medio arrancado, además fíjate en el hueso de la rodilla, lo tiene salido, no puede ser demasiado difícil encargarse de ella-de eso. Vamos allá, alza tu bate, avanza un poco. Sería mejor que la anularas con el cuchillo si tienes la oportunidad, es importante mantener el factor silencio. Ya no andas, levitas, y miras a ella-eso y cuando la tienes bien cerca, sí que su olor te dé ganas vomitar, justo en ese momento, entonces, con el cuchillo le taladras la cabeza, de un golpe, letal y silencioso, muerte a la muerte. Ella-Eso, cae resbalándose por la pared del pasillo, se recuesta, por fin puede bucear en una muerte total y absoluta. Limpias el cuchillo con la falta de Ella-Eso y procedes a bajar las escaleras que llevan a la salida del edificio.

Cuarta Fase; salir del edificio. Echa un vistazo a través de la puerta del patio. ¿Qué ves?

“No veo nada joder, veo unicornios de colores dando saltos sobre un arco iris. Son como de dibujos animados, beben en un río de fresas y parecen estar contentos en su puñetero paraíso de fantasía que se halla en mi loca imaginación.”

Así que ríes.

“Sí, río, al ver a los dichosos caballitos”

Pero ríe en tu cabeza, nada de sonidos, ahora no es buena idea. Despeje la mente, y dime de verdad qué es lo ves.

“Veo unos cuatro zombies en la calle, uno de ellos junto a una pequeña fuente, parece sostenerse en ella,  los otros tres miran al cielo, como si observaran las estrellas, pero nada más lejos, suelen adoptar esa posición por las noches. Es como si durmieran. Absurdo. Pero es lo que parece.”

Y qué me dices de la carta.

“No la veo. ¿Dónde está? La calle parece en calma excepto por los muertos, casi podría decirse que es una noche tranquila y serena. Seguro que en cuanto amanezca, Tony el del bar, abre sus puertas para servir los primeros desayunos y almuerzos, y Candice la panadera, empieza a sacar las primeras hornadas de pan, bollos y dulces, estaban deliciosos, lo recuerdo perfectamente.”

¿¡Y la carta!?

“La carta está, esta…. sí, ya la veo”

La carta está situada debajo del pie derecho del zombie que se halla apoyado en la fuente. Muy bien. Ya sabes dónde está tu objetivo, ahora solo tienes que salir y cogerla. No es tan complicado. Abre la puerta del patio. Eso es. ¡Despacio! ¡Cuidado al cerrarla! ¡Evita el portazo! Vale, ya estás fuera, en la calle, expuesto. Lo primero, respira, calma, evita tu risa incontenible de loco paranoico y sobretodo deja de ver lo que no hay. Deja de ver…

“Veo una manada de búfalos dirigirse hacia mí, son joder, son cientos, son hermosos, me van a arrollar, una maldita estampida.”

Ahí no hay búfalos.

“Veo a mi mujer, lleva un precioso vestido rojo, la veo coquetear con los tres zombies dormidos, está decapitada, lleva la cabeza en una mano, está, está, está lloviendo, llueven sapos y culebras, me cubren, se me meten por la boca, no puedo respirar.”

Ahí no hay nada. ¡No hay nada! ¡Cierra los ojos! Ahora ábrelos de nuevo. La realidad está ante ti.

“Ante mí”

Así que avanzas despacio hacia el zombie de la fuente, tal vez deberías distraerlo con algo para que se separa de la carta. Arrojar una piedra, algún objeto. Sin embargo eso podría despertar a los tres. Mejor acércate poco a poco y elimínalo con el cuchillo. Eso. Despacio, avanza, la noche te protege. Ya lo tienes muy cerca, es el momento. No te quedes mirándolo como un estúpido, no lo mires más, clávale el cuchillo en el cráneo.

“¿No lo ves?”

¿Qué? ¿Qué haces?

“De verdad, no lo ves, lleva, lleva… no puedo creerlo el muerto lleva…”

¡Borra esa jodida y tonta sonrisa de la cara! ¡Ahora mismo!

“…lleva una enorme peluca rosa, es tan grotesco, tan gracioso…”

¡Cagüen la puta! ¡No lo hagas! ¡Puto loco de los cojones!

 

La carcajada suena como un estruendo, como una bomba atómica, como un millar de campanadas, como cientos de gallos cantando el amanecer, como una legión de despertadores cantando a coro el cascanueces. Y a esa carcajada le sigue otra y otra y otra más. El zombi de la fuente se abalanza sobre él, consigue esquivarlo y lo mata con rapidez con el cuchillo. Pero ya de nada valen las sutilezas, ha despertado a los otros tres y se dirigen hacia él, paso a paso, pero sin pausa. Guarda el cuchillo, se agacha y coge la carta. Se la enseña a los muertos como si de un trofeo se tratara. ¡Es mía!, proclama. Alza el bate de baseball y se dispone a batear. El primero se parece a viejo locutor de radio, tiene ciertas entradas entre los surcos del cráneo y esa nariz espantosamente rosa y esos labios hinchados y amoratados dejando entrever dos dientes serrados. Hace un giro con el bate y le destroza la cabeza, trozos de carne salen volando por los aires. El muerto cae. Los otros dos tropiezan y también caen antes de conseguir llegar hasta él. Torpes. Una risilla más se retuerce por debajo de su lengua, se distrae lo suficiente como para no darse cuenta de que uno más se ha auto invitado a la fiesta, se ha acercado a su espalda con determinación y mucho apetito, la boca del muerto va derecho hacia su cuello, pero su fétido aliento lo alerta a tiempo, se gira pero falla al golpearle con el bate, pierde el equilibrio y cae al suelo, junto a los otros dos. Rueda a un lado para intentar poner distancia, se intenta poner de pie pero el invitado inoportuno decide caer sobre él para darle un buen morreo de buenas noches. Se lo impide atravesándole la garganta con el cuchillo. Un fuerte chorro de sangre caducada cae sobre su cara. La sangre del muerto le tapa la nariz y la boca, le cuesta respirar. Lo aparta como puede y tras limpiarse boca y nariz vuelve a por el muerto imprevisto para rematarlo entre ceja y ceja. Cráneos blandos y mohosos. Los otros dos se arrastran hasta él peligrosamente. Se levanta, recoge el bate y les aplasta las cabezas como dos melones pasados. Pero algo más en la noche le preocupa, su inesperada risa ha despertado al vecindario, así que tiene que salir pitando de vuelta al edificio. Docenas de cabezas surgen como setas venenosas, proclamando lamentos ininteligibles. Comprueba que la carta todavía está en su bolsillo derecho de los pantalones y reemprende su regreso. Corre. Corre como una liebre.

Sus pies parecen pesar más de lo normal. Sin darse cuenta choca con algo, lleva traje y corbata negros, parece vestido para un funeral. El suyo. También le falta media cara, y aún así está no-vivo. Le aparta de un empujón y le revienta la cabeza con su herramienta de madera y clavos. No sabe de dónde ha salido, tampoco todos esos que inesperadamente se han presentado a la reunión improvisada y que se le acercan por todos lados inexorablemente. Culpable, estoy como una cabra, eso se dice. No importa. Solo tiene que abrir la puerta del patio, venga saca las llaves, porque van despacio sí, pero sus pasos no hacen más que avanzar, y cada vez son más, lo nota, lo huele, lo siente, van a devorarle vivo como no encuentre rápido las puñeteras llaves. Vuelve a reír descontroladamente al pensar que hay poca carne en sus huesos para tanto comensal.

 

¡Date prisa! Eso, mete la llave en la cerradura.

“Ya estoy, ya casi estoy”

Se te acercan varios por detrás, ¡los tienes demasiado cerca! ¡Mira!

“Ya los he visto”

 

La puerta se abre, y prácticamente se escurre entre los dedos de los muertos. Cierra de nuevo la pesada puerta y suelta un suspiro de alivio y una nueva risa loca marca de la casa.

 

“Cagüen la leche”

Cierra los ojos respira. Respira. Ahora más despacio. Descansa, sí, eso es, arena y mar, una playa tranquila, algo de sol. Todo va bien…

…hasta que te despiertas de nuevo. Estás en el sofá de tu piso, un rayo de sol ha iluminado la estancia, rebotado y ha abierto las persianas de tus ojos. Te preguntas si no has tenido una jodida pesadilla, te respondes que esas las tienes cuando estás despierto. Miras sobre tu pecho, y ahí está la carta. Sostienes la carta delante de ti, tiene una gran mancha de sangre que cubre la mayor parte de las letras que revelan el destinatario, intentas distinguir un nombre, pero es prácticamente imposible, le das la vuelta para intentar averiguar el nombre del remitente, pero obtienes el mismo resultado. Por fin la abres:

 

LA CARTA

 

Querida  Laura,

imagino que una sonrisa de incredulidad iluminará tu rostro al ver esta carta en el interior de tu buzón de correos. Debo ser el último ser vivo que todavía utiliza esta vieja forma de comunicación, que no se ha decantado por los medios electrónicos y en realidad, estaría mintiéndote si me nombrara como tal, pues sí, yo también los utilizo, pero a veces… Pero a veces, a veces me hallo perdido en el tiempo. Creo que mis días pasan mientras me dedico a pensar en lo que quisiera ser y en lo que, desgraciadamente, parece que acabaré siendo. Te escribo desde esta ciudad, a muchos kilómetros de distancia de ti, ya sabes cual, te escribo para decirte que todavía no he triunfado en mi empresa, en mi labor, en esa locura que se me plantó entre ceja y ceja cuando te dije, cuando me fui diciéndote que necesitaba conseguirlo, que necesitaba alcanzar mi sueño, que lo ansiaba como el respirar. Y aquí estoy, ahogado y echándote de menos, echando de menos tus besos, tus caricias, tu calor. Y mucho. Mal que me pese no echo de menos tu realismo, ni tu negatividad, ni todas esas veces que me dijiste que jamás conseguiría mi meta, que debía plantar los pies en la tierra si quería estar contigo y establecer un rumbo mucho más… normal. Estarás contenta al saber que muchas veces pienso en que debí hacerte caso, que no debí irme, ni abandonarte, ni hacer caso a mi orgullo y dejarme llevar por mis tontos sueños. No he hecho más que soñar en mi estúpida vida y, es cierto, lamentablemente no me ha llevado a ninguna parte.

Sí, el derrotismo se ha apoderado de mis venas. Durante toda mi vida no he hecho más que toparme con gente que me han brindado la misma frase: “No lo conseguirás, pon los pies en la tierra.” Sí, estoy cansado, muy cansado. Sin embargo… a veces me levanto por la mañana y hay algo en mí, que me obliga a no darme por vencido, a no abandonar, a seguir los dictados de mi corazón. “Eso”, está dentro de mí, no puedo explicarlo, pero está ahí, y no puedo evitar pensar que jamás seré feliz si no logro hacer caso a ´”eso” que llevo dentro y perseguir mis sueños, porque yo deseo, deseo volar, sí, deseo volar.

 

Con todo mi amor,

Vincent.

26 de Enero del 2014

 

Cierras la carta. Te sientes extraño. Te preguntas si en este mundo tienen sentido conceptos como el “ser feliz”, “metas”, “volar”. Hay algo de amargura en tu corazón en este instante, y no puedes reprimir una pequeña emoción asomarse por el brillo de tus ojos. Guardas la carta en su sobre, con mucho cuidado, casi acariciándola, y la colocas bajo el jarrón, allí donde estaba la lista de la compra, la cual rasgas y tiras por la ventana.

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