Ella es única

Publicado: 6 julio, 2018 en Relatos, Thriller

La mayor parte de los días me miro al espejo y veo al demonio que está en mi interior. Veo mi cabello, mis labios, veo mi aspecto agradable, me veo a mi misma como la mujer que soy, pero todo está distorsionado cuando miró a través de mis ojos, cuando voy mas allá de mi pura apariencia física, mi pelo parece verde oscuro, mis labios están secos y no tengo nariz, porque soy una especie de monstruo en vida. El Big Bang. A veces me pasa eso por la cabeza. Es como una sensación no sólo de que se avecina una catástrofe, sino de que yo misma voy a provocarla. Y ocurre… ocurre…

…ocurre que traspaso una puerta y caigo por la garganta infernal que es mi alma repleta de fuego, azufre y, sí, víctimas…

 

—.Beatriz, a través del espejo y  cayendo.—

No había parado de reír durante toda la noche. Su compañero de turno la hacía reír a carcajada limpia, no sabía de dónde lo habían sacado pero más que para policía debería haberse dedicado a hacer monólogos de comedia en uno de tantos clubs nocturnos que abundaban. Te tomas una copa, mientras un tipo en el escenario se mete con tu madre, y consigue de alguna forma, hacerte reír, o eso o le partes los morros. Tenía el flequillo canoso y el resto moreno, le había tenido que repetir su nombre varias veces, pero en realidad solo se había quedado con el de su mujer, Eva, y que le gustaban los Fox Terriers, esos perritos tan monos. Pensó en tener un perro pero su compañero no hacía más que hablar y hablar. Un perro no la interrogaría cada noche, la recibiría con alegría, moviendo la colita y le daría esos simpáticos lametones secretamente buscando su sal. Dejaría que durmiera sobre la cama y le daría calor. No necesitaba más.

Eran las 2 de la mañana cuando recibieron el aviso. Se dirigieron a la parte oeste de la ciudad. Entraron en el Laberinto, aquella gran agrupación de calles que nadie en su sano juicio entraría y menos de noche. El laberinto era un nido, de prostitutas, delincuentes, camellos y demás fauna urbana. La calle era la nº 13. El 13 de la calle 13. Vaya mierda de número pensó Beatriz en aquellos momentos, mientras la sirena rompía la virginidad de la noche y la hacía suya. Bebió algo de café mientras llegaba. Y cuando llegaron a aquella pequeña y estrecha calle vieron a un chico, no debía de tener más de quince años, estaba tirado junto a un contenedor. Le colgaba del brazo una jeringuilla, bajo los ojos dos enormes bolsas rojas como dos parásitos le marcaban un rostro pálido y demacrado.

En el segundo piso, en la tele estaban poniendo Centauros del Desierto, estaba a todo volumen y también la radio. Jagger cantaba Jumpin Jack Flash, Beatriz se imaginó al fantasma de Whoopy Goldberg bailando en el piso. La cocina también estaba vacía, y en el cuarto de baño, dentro de la bañera había una mujer de unos cuarenta años, estaba vestida con un traje azul y corbata a rayas, medias oscuras y tenía pintarrajeados los labios. Parecía como si los tuviera del revés, como sus ojos. Estaba muerta, y el cuchillo que le atravesaba el pecho lo demostraba.

No se fijaron en seguida en él, tuvieron que pasar dos veces por la habitación mientras Frank llamaba por el móvil. Fue Beatriz quien lo vio, agazapado bajo la cama, con un ojo mirando al Este y el otro al Oeste. Era bizco, se llamaba Ray, trabajaba en una empresa de venta de maderas en un polígono a las afueras de la ciudad. Raimundo, o Ray para los amigos, era el tipo que se encargaba de la informática de la empresa, del personal y a su vez de las nóminas. Era el tipo al que todos se dirigían para pedir un adelanto, y era el tipo que pedía favores sexuales a Lucinda a cambio de que esos adelantos se tramitaran lo más rápido posible. A Ray le encantaba la sonrisa de Lucinda, eso y como se la chupaba después del trabajo, cuando la llevaba a su casa y aparcaban en un descampado cercano. Aquello aceleraba muchos trámites en cuanto a adelantos, a veces incluso hacía que aquellos adelantos fueran incluso bonificaciones por un trabajo bien hecho.

Ray miró a Beatriz, tenía los ojos inyectados en sangre, pero no tanto como sus manos. Estaban retorcidas, encogidas, sus manos estaban aterrorizadas.

Vio una foto sobre la mesita de noche, estaban aquel hombre y la mujer muerta de la bañera. Se veían muy felices, abrazados en lo parecía una foto tomada en una estación de ski. Él llevaba un bonito gorro de lana rojo y ella una bufanda verde, se podía leer en ella: ‘Abr—g—me’.

—¿Está usted bien? —le dijo Beatriz.

—Sí —dijo Ray.

—¿Cómo se llama señor?

—Llámeme Ray —dijo algo dubitativo—. Sí, Ray —confirmó.

Ray sonrió a Beatriz.

—¿Puede salir de debajo de la cama Ray?

—Puedo, pero prefiero quedarme aquí debajo de momento si no le importa.

—Está bien.

Frank, que seguía hablando por el móvil, se acercó hasta Beatriz. Movió la cabeza y Beatriz le pidió que se alejara con un gesto con la mano.

—¿Sabe que ha ocurrido aquí Ray?

—Claro —dijo, y lo dijo con toda la naturalidad del mundo—. He matado a mi mujer. Eso es lo que ha pasado.

Beatriz abrió los ojos, su mano derecha se fue directa hasta su cadera, apunto para desenfundar el arma. Pero aun no lo hizo.

Y Ray continuó.

—Estaba, ella estaba en la cocina, preparando….preparando….no sé, pelaba como unas cebollas y las enjuagaba y yo… bueno, me acerqué por detrás. E hice… bueno, lo que todos los días hacía….. Cada día al llegar de trabajar, me gusta follar con mi mujer. Pero ella siempre está en la cocina, me gira la cara, y me dice… ella me dice que no le apetece, que la deje en paz, así que cada día yo….me acerco por detrás, le subo la falda y luego le bajo las bragas. Son unas bragas muy feas, tiene… tiene tan poco gusto, nunca se pone guapa para mi, ella no se cuida…. pero yo la quiero, la deseo, y la penetro por detrás, ella grita, pero siempre lo hace, mientras yo empujo y empujo. Pero hoy fue diferente, hoy me golpeó con una jarra de cristal. Creo que me ha roto la nariz. Y yo…. También la golpeo, forcejeamos, agarra un cuchillo e intenta clavármelo. Mi amor intenta matarme…. no puedo creerlo. Siento como si fuera algo irreal. Es decir, llevamos más de veinte años casados y jamás ella… Peleamos, la golpeo y cae al suelo y con ella el cuchillo. Me tiro sobre ella y entonces…. entonces…

Ray se miró las manos, empapadas en sangre.

—Me duele la nariz, dice Ray. Me duele la nariz —repite mientras fija su vista en la de Beatriz.

—Salga de ahí Ray, por favor —Le pide una vez más.

Ray se niega, y Beatriz desenfunda su arma y le apunta a la cabeza.

—¿Me va a matar? Pensaba que era usted policía.

—Lo soy —dice Beatriz.

  Le mira, imagina a Ray día tras día forzando a su propia mujer, luego imagina a Ray sobre su mujer muerta…. la imagina arrastrándola a su cuarta, vistiéndola, maquillándola, para luego dejarla dentro de la bañera. Siente hambre, y angustia. Es una sensación repugnante que le invade el alma. Un insecto negro recorre el tronco de su alma y a cada paso lo infecta, a cada paso lo pudre, y también la libera.

—Voy a matarte Ray. ¿Y sabes por qué?

Ray no dice nada, su vista está congelada en el cañón de la pistola.

—Porque me excito con ello.

Beatriz   aprieta el gatillo.

 

Mi reflejo no siempre permanece delante de mí, yo Beatriz la dueña de mis pesadillas, y también las de algunos otros, los desgraciados que han llegado a formar parte de mi currículum.

A veces salgo a pasear, como una mujer tranquila y relajada que es en lo que se supone que me he convertido, cojo un libro, camino un par de manzanas, entro en el parque, ese de la estatua tan bonita con la hermosa diosa de piedra sonriendo a sus visitantes, no es una sonrisa tonta de mujer débil, no, ella es la dueña del lugar, es una sonrisa de cortesía para con sus visitantes. Veo a gente pasear, tumbada en el césped, a la sombra de algunos árboles, veo a un viejo sentado en un banco de madera dar de comer a las palomas migas de pan. Me pregunto que hay en la cabeza del viejo, siempre me lo pregunto. Y me siento en medio de un gran círculo de hierba, mi círculo, no hay nadie más, mi universo, a la sombra de un par de árboles que me miran con desdén. Suelo coger esa rutina, de un tiempo a esta parte, desde que se me fue la cabeza, la olla, la tetera que tengo entro hombro y hombro, me la sé de memoria, como si fuera la tabla de multiplicar. Ahí estoy, en medio de la clase, con dos graciosas coletitas y respondiendo al dos por dos del profesor. Y esa rutina hace que respire bien, que mis pensamientos sean menos pesados, menos turbios.

A veces leo a Pablo Neruda, con mis grandes gafas de armazón negro, y en ocasiones cuando levanto la vista le veo a él, corriendo delante de mí. Me fijo pero muy de pasada, parece que se fije en mi rostro ese medio segundo que pasa por delante mío, y últimamente me ha parecido adivinar una sonrisa. Se diría que sonríe a mis ojos tristes, a mi ausencia, quizás quiera quedarse prendado de mi mirada, o será que yo quiero que sea así. Hay algo en él, en ese medio segundo de él, que me gusta. Es tan… normal.

Un día el corredor decidió parar junto a mí, y mi medio segundo de hombre, se convirtió en un minuto completo, y mientras tomaba aliento, olvidó el disimulo y me miró, pero incluso de esta forma, ignoré su presencia y seguí leyendo. Aunque recité un poema en voz alta, como para tratar de llamar su atención. Noto que me diría alguna palabra, que su boca quiere hacer algo más que sonreírme, pero parece que le intimido de alguna forma, aunque no debería, no puede saberlo, no me conoce para sentir tal intimidación, así que se marcha corriendo.

A parte del corredor, en mi vida está el “Hurga Mentes”, así es como lo he bautizado aunque tengo su tarjeta y me obliga a llamarlo por su nombre real. Lo visito desde mi incidente, fue una de las numerosas condiciones para no acabar en la cárcel.

Hay días que mis sesiones con el “Hurga Mentes” son extrañas, siento que tengo una rabia incontenible dentro, me pregunta cómo me siento hoy y yo me revuelvo en el asiento echando de menos un cigarrillo que echarme a los labios, le respondo que tengo unos nervios demenciales, y esa palabra la apunta bien fuerte en su bloc de notas, inmediatamente corrijo mi postura y le recalco que me siento mejor, mucho mejor, aunque traicioneramente le oculto que en mi mente estoy pensando en cosas terribles. Intento no darle demasiadas vueltas, y tornar mis pensamientos insanos en ideas fantasmales, fantasmas que se desvanecen pero que pululan por la casa embrujada que es mi cabeza. Los interrogantes me llueven de sus labios a mis oídos, que intentan desviarlos con suspiros de pesar, “¿se han apagado sus ansias de violencia”, “¿qué me dice de los hombres?, ¿siente aversión hacia el género masculino?, ¿los ve cómo víctimas?”. No siento aversión hacia los hombres, quizás la sienta por mi padre, que le gustaba calentar a mi madre cuando venía borracho a casa, lo cual era demasiado habitual, quizás por el cabrón que me cargué aquel día que confesó matar a aquella mujer, o quizás aquel otro al que di una paliza en la calle al ver como forcejeaba con esa mujer rubia con el rímel corrido y los ojos de gata aterrorizada. Recuerdo verlo en una ronda, había gente mirando pero nadie hacía nada, solo miraban, con ese jodido morbo que tiene la gente, observaban los gritos de él y los vanos intentos de ella por huir. Así que crucé la calle, saqué la porra y di de ostias a aquel bastardo de aquí al amanecer. Me denunció, por supuesto. Pero me sentí… realizada. Esos hijos de puta maltratadores son para mí ovejas y yo soy la loba. Alguien tiene que explicarles que las tornas han cambiado. Alguien debería explicarle a mi padre que las tornas han cambiado. Porque sí, él, todavía vive. Y sí, a veces le visito. También visito la tumba de mi madre, y mis rezos son promesas de venganza, pero él todavía ejerce cierta dominación sobre mí y no puedo matarle, por muchas ganas que tenga de coger su arrugado cuello y apretarlo. Pero tal vez eso sería liberarle, de la prisión del olvido en la que su envejecido cuerpo, y su agujereada mente le ha sometido. Así que a veces le visito en la residencia, y busco en sus ojos idos un algo que me diga que todavía es él y no una carcasa vacía que come por pura inercia. Desearía tanto matarle, pero luego lo pienso, y en realidad él ya está destruido. Eso me digo, y una sonrisa repleta de crueldad me viene y me domina al verle así. Alguien me diría que tuviera compasión, el “Hurga Mentes” por poner un ejemplo. ¿Compasión? ¿Por mi padre? No me hagan reír.

Todos los días se parecen, son demasiado iguales, a veces sueño y tengo pesadillas en las que yo estoy de pie, empuñando una pistola, y estoy rodeada de cadáveres y sangre por doquier, en el sueño estoy contenta, satisfecha de mi carnicería. Estoy cansada, muy cansada, esta tranquilidad, paseos inalterables, esta pasividad, las visitas al “Hurga Mentes”, mis confidencias de la infancia, todo es demasiado repetitivo… y se tiene que acabar. Y se acaba. Lo hace. Lo hace cuando el Corredor se aproxima a mí más de lo permitido, se lo permito, y que le llegue mi nombre a sus oidos. Hoy va a ser un día diferente. Parece un buen tipo, su piel tiene un suave tono tostado, el nombre que brota de sus labios me llega como una página en blanco todavía por escribir. Decido escribir esa página. Primero viene un “hola” y luego un “qué tal”, hasta aparecer “el encantado”, todo va tan rápido y a la vez tan despacio, noto como la brisa me roza mientras me muevo en esta especie de cámara lenta que me lleva a quedar con el Corredor a tomar un café, un inofensivo café. Uno insípido por otra parte, no lo fueron sus labios que me llenó el sabor con besos.

Aquello acabó dónde tenía que acabar embarcándonos en la pasión, navegando por los mares de mi cama, inspeccionando cada uno de los centímetros de nuestras pieles. Devoré al Corredor con avidez, como si hiciera años que no me alimentara, estaba famélica, y se lo demostré. Satisfechos y exhaustos después del banquete, dormimos, o al menos él lo hizo, yo no pude.

No, no puedo dormir, así que lo miro a mi lado. El hombre normal, que me ha tratado con dulzura toda la noche, sorprendido, de hecho, ante mi agresividad pasional, observo su espalda desnuda llena de mis arañazos. Pobre. Salgo de la cama, me visto. Necesito aire fresco, le dejo solo, me muevo como una gata y salgo de la casa. Dejo tras de mí la puerta, y bajo en el ascensor con la mirada fija en el abismo, algo se ha activado en mi cerebro, algo ha hecho click, y no puedo ignorarlo, en realidad, no quiero ignorarlo, ni evitarlo, no, y las puertas del ascensor se abren y me llevan a la calle, mientras mis piernas caminan mis ojos buscan y encuentran un lugar donde tomar una copa. Me paro, reviso el nombre el local con luces de neón. Mis ojos parpadean varias veces antes de entrar, y siento como si no fuera más que una espectadora de toda esta ilusión. Me siento en la barra, pido un vodka, y dejo que los tíos se acerquen a mí, lo hacen sí, y entonces soy como una jodida leona, estallo como la bomba que soy. Soy una puta bomba H y golpeo a uno de los tíos que me entran, con un “ Hola cariño, ¿te invito a una copa?”, le parto los putos dientes así sin más, porque me apetece porque el jodido gilipollas tenía una sonrisa de estúpido, así que le golpeo en la cara y luego cuando cae al suelo, sorprendido, me arrodillo sobre él y le sigo dando de ostias, creo, creo que se parece demasiado a mi padre, todo esos tíos se parecen, vienen más, me llaman loca, me dicen de todo, al segundo le reviento los testículos de un puntapié, al tercero le rompo la cara con mi copa, y con el cuarto lo tengo más crudo, es el seguridad del local, es una mala bestia, me coge por la espalda y me aprieta hasta casi quedarme sin aliento. Eso no es suficiente para contenerme, no, joder, por supuesto que no, le doy un fuerte cabezazo en su gruesa nariz de mastodonte, luego le doy otro y otro, hasta que me suelta. Me giro, veo a esa montaña sangrando, sorprendida, enfurecido como una especie de Hulk color canela, parece que me va a merendar, cuando cae sin más al suelo. Pago la cuenta y salgo del local. Me he divertido de lo lindo, no me importa reconocerlo.

Llego a casa una hora más tarde, me ducho, me limpio la sangre, me curo las heridas,  despierto al Corredor y le hago el amor con toda la excitación acumulada en mi interior. Debería salir más a menudo, sí, creo que me sienta bien.

Cuando me despierto sigue ahí y me está mirando, absorto, puede que haya descubierto el demonio que llevo en mi interior, sin embargo solo me sonríe, y se acerca y me besa la frente y me pregunta si he dormido bien. Sí, he dormido fenomenal.

Todo es demasiado rápido, y me asombra. El Corredor y yo vivimos una aventura realmente hermosa. Nuestra rutina se transforma en una palabra que hacía tiempo que no conocía, felicidad. Una palabra que me cuesta pronunciar, que me aporta equilibrio a mi inestable naturaleza. Mis visitas con el “Hurga Mentes” son cada vez mas distanciadas, y las palabras de mis ex compañeros del cuerpo de policía se vuelven más suaves, más amables, han pasado de tildarme “loca rabiosa” a brindarme un “¿cómo estás?”, “¿qué es de tu vida?”.

A veces quedamos el Corredor y yo a tomar una copa con mis antiguos compañeros de trabajo. Es agradable y en cierto modo lo echo de menos. A veces me hablan de sus casos, me dicen, me comentan y yo escucho con atención.

Últimamente Frank, mi viejo compañero, habla más conmigo, se muestra más amigable, después de tanto tiempo, y aquella cara de horror que se quedó en su rostro al verme matar al tipo que se había cargado a su mujer ya no es la misma, ahora está más envejecida, recuerdo sus chistes, sus bromas y ahora le noto algo más serio, más maduro quizás.

Frank viene por casa de vez en cuando y me comenta algunos casos, me agrada que me pregunte mi opinión. A veces me enseña fotos, y me pregunta, también hoy lo hace, y veo las fotos de varios hombres muertos en diferentes lugares, uno debajo de un puente con el cuello cortado, otro ahogado en su propia bañera. Ambos tenían antecedentes de violencia de género, eso me dice Frank. Me pregunta si me suenan sus rostros. Claro, le contesto, creo que les he visto en la tele. Les miro atentamente y les encuentro cierto parecido a mi padre. Sí, me digo para mí misma, ambos tienen decididamente un aire a mi padre.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s