Las 7 Noches de Ana Lee: Noche 7

Publicado: 4 julio, 2018 en Relatos, Thriller

Noche 7.-James.

‘A veces cuando la noche te acosa de tal modo, que no te deja salida alguna para coger una bocanada de aire, no te queda mas remedio que apuntarla a la garganta con tu arma y reventársela de un disparo.’

Meg había cocinado una tarta de fresas. Era tan dulce que si hubiera sido diabético probablemente no hubiera pasado una noche más en este mundo. Jesús, estaba deliciosa. Después pasé la siguiente media hora hablando con el último marido de Meg, sí, último. Meg, había estado casada unas 7 veces aproximadamente, es difícil decirlo. Cuando uno asiste a tantas bodas a veces, le da la sensación de que es como ir a misa los domingos. Una simple rutina. Hola Charles, qué tal, ya ves, Meg ha vuelto a cazar a un pobre tipo desprevenido. Le cogió con la guardia baja, ya sabes. Son cosas que pasan, sobre todo a Meg. ¿Qué tal?, ¿cómo va la familia? Oh, en serio? Falleció tu tío Roig, oh vaya, lo siento de veras, te acompaño en el sentimiento. ¿Qué?, ¿qué era un viejo cascarrabias? Ehm, ya, bueno. Al principio ese tipo de situaciones son harto complicadas, pero después de siete bodas, acabas por aprender a esquivarlas o torearlas de alguna manera. Es casi un arte. Resultaba difícil digerir aquel increíble pastel, tal vez fuera por la mínima conversación que daba ‘El último marido de Peg’ santo cielo, parecía el título de una novela de Patricia Highsmith. Se llamaba Cándor, ¿qué clase de nombre era ese? Cándor. Menudo nombre. Como sacado de un relato de ciencia-ficción, el planeta de los cándors. Te atraparán con la mirada pero no con la conversación. En realidad no parecía mal tipo, tan solo había que trincharle la conversación, y sonsacarle algo mas que un ‘si’, un ‘no’ o un ‘ahmmm tal vez’. Tal vez tuvo un problema psicológico en la infancia, quizás el tipo era un loro hablando hasta que algún niño diabólico (ya se sabe como son los niños) le metió un excremento de perro en la boca, y desde entonces, evita todo lo posible que le ocurra algo similar, simplemente cerrando la boca. O al menos abriéndola lo menos posible. Después de guardar la tarta Meg, se dirigió a mi nevera, cogió un par de huevos, los batió, añadió algo de sal y se los bebió. Todo esto le lleva a uno a pensar en la relación que puede uno tener con sus hermanos. Quizás fuera adoptado, porque a fin de cuentas, no se, a ciencia cierta que parecido podía tener con Meg. ¿Qué me encanta la tarta de fresas que cocina? ¿Y a quién no? Es fabulosa la maldita. Encendió la tele y mientras Cándor no ‘paraba’ de hablar dirigiendo su mirada al vacío, porque al tipo en realidad ni siquiera le gustaba el fútbol, se puso a ver el partido que echaban, estaba medio empezado pero eso no evitó que Meg vibrara con cada falta, cada gol, cada saque de corner, lanzando mis cojines al aire y gritando como si su vida dependiera del partido. Aunque, curiosamente, daba igual qué equipo marcara el gol, ella siempre gritaba entusiasmada. En cierto modo la envidiaba, parecía siempre tan, tan enloquecidamente alegre. Meg y su sonrisa infinita, nadie reía como Meg. Su risa era como un cascabel, pero no uno viejo, sino uno nuevo y reluciente, uno de esos que te dan ganas de escucharlo en todo momento. En cuanto a Cándor, bueno, parecía sumido en sus propios pensamientos, cogiendo una galletita del fondo del plato de vez en cuando y mirando con aire de distracción el partido de fútbol, como si de alguna forma quisiera unirse a su mujer en la emoción del evento pero a la vez haciendo notar que en realidad le importaba un pimiento quien ganara. Me pregunté qué era exactamente lo habría visto mi hermana Meg en un tipo que parecía tener el cerebro en Saturno y los ojos en Júpiter. A veces el amor es tan extraño, tanto como una estrella de mar bañándose en tu jardín.

Y cuando James Corben pensó en amor, pensó en Ana Lee. En respuesta a la llamada que le hizo ayer, le había enviado un solo mensaje al móvil. Uno solo.
‘Yo t amo tan solo stoy confundida. Perdida.’
Aquella mujer, torturada, maltrecha, enojada con sigo misma y con el mundo. ¿Por qué no le dejaba ayudarla?¿Por que no le dejaba amarla? ¿Tan difícil era darle una oportunidad? ¿Dársela a sí misma?
Sonó el teléfono.
James miró la pantalla del móvil y vio como Ana Lee se dibujaba con letras de colores en él.
Aceptó la llamada.
-Hola James, escucha. Solo quiero que me escuches con mucha atención. Ayer noche pude ver el horror. Vi como una chica intentaba descuartizar a su novio, vi como un loco vestido de payaso asaltaba una hamburguesería, vi como un hombre intentaba violar a una mujer a punta de pistola y como una prostituta se entregaba en la comisaría portando una pequeña bolsa de plástico, en cuyo interior se hallaban los testículos arrancados de un cliente que no había querido pagarle. Anoche maté a un hombre. Le reventé el pulmón derecho de un disparo, después de que me disparara dos veces y de que, por puro milagro, fallara. Le disparé, y cuando me miró con la mirada punzante y me enseño su mano ensangrentada, se rió. ¿de mí o del mundo que lo había convertido en un monstruo? No lo se. Pero rió de una manera tan desagradable James, no puedes ni imaginarlo. Aquello no fue todo. Horas después fuimos al hospital Ross Blanchert, una enfermera se había vuelto loca y había acuchillado a dos pacientes, les había ensartado hasta matarles y había intentado lo mismo con una joven compañera suya. Una chica, una aprendiz, la había perseguido por medio pasillo del hospital entre gritos hasta que un guardia de seguridad se interpuso entre las dos e intentó abatirla con su porra. No lo consiguió, la enfermera le clavó el cuchillo en la aorta y estuvo a punto de desangrarse. Cuando llegamos allí, la mujer peleaba con la joven chica en medio de un lago de sangre. Deberías haber visto su mirada James, era la mirada del mismo Satán. Pero el demonio no estaba allí, tan solo una mujer loca, enferma. Terriblemente enferma. Melvin, mi compañero, intentó separarla de la chiquilla, la agarró por detrás y se llevó una cuchillada en un pie antes de que lograra inmovilizarla. Vi los ojos de la chica tumbada en el suelo. No se movía, pero estaba viva. Más viva que nunca. Bañada en sangre, la chica se tiro a mis brazos como si fuera su hermana o su madre. Y lloró. Lloró de una forma tan desesperada, tan enojada James. Lloró porque por un instante sintió que la vida se le escapaba y ella no podía hacer nada para evitarlo. Lloró porque cuando se levantó por la mañana e hizo el amor con su amante, jamás, en ningún momento pensó que aquel día podría ser el último. El último beso, la última sensación. Y esa maldita sensación, esa jodida y cruenta sensación es la que tengo yo a cada momento. Cada día. Me levanto y pienso si llegará el día en que un loco vendrá por mi espalda y bajo una sonrisa espectral pondrá termino a mi vida. Adiós, bye-bye Ana Lee, que te den. ¿Quién coño eres tú para pedirle más a la vida niña? Yo solo quiero…. quiero, James, quiero esperanza. ¿Crees que es mucho pedir?
-No, no lo es Ana Lee.
-Te quiero.
-Te amo. Ven.
-De acuerdo.

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