Las 7 Noches de Ana Lee: Noche 6

Publicado: 3 julio, 2018 en Relatos, Thriller

Noche 6. Risas y lamentos.

‘Desesperada me sentí al escuchar mi nombre pronunciado por tus temblorosos labios.’

La noche comenzó de un modo extraño, tal vez fuera la hija del fontanero que había hecho todo lo posible por matar a su novio y aun así él se resistió a morir. Cuando llegaron Ana Lee y Melvin al 5B de la calle Memfis, vieron el portal lleno de marcas de manos ensangrentados, subieron al cuarto piso siguiendo el rastro de sangre. Lee tropezó con un gato negro a mitad del segundo y lo maldijo entre dientes, tan solo verlo hizo que un estallido de dolor presionara su ojo derecho y ascendiera a su cerebro, paró un segundo y continuó subiendo sin mas, como si llevara toda su vida soportando aquel dolor, lo cual, no era del todo falso.
¿Cuánto dolor eres capaz de soportar?
Los gritos eran aterradores e interminables, parecían gritos de niño pero no lo eran. Abrió la puerta de una patada y corrieron a través del pasillo de la casa, hasta un dormitorio decorado con rosas.
La vio, con la mandíbula desencajada de tanto reír, la vio, mientras serraba el pie derecho de su novio a la altura del tobillo. El estaba desnudo, sujeto a la cama con esposas, tenía la lengua fuera, rojiza y sangrante y los ojos se le salían de las órbitas. Ella vestía con un pijama de rosas rojas, rojas como el fulgor de sus ojos, como el carmín de sus labios, como la sangre del hombre que yacía ante ella.
Después de detenerla, Lee y Melvin llamaron a una ambulancia para aquel pobre chico que suplicaba morir ante la mirada de su pie, colgando de un fino hilo de carne. ¿Quieres ver hasta donde pueden llegar los celos, quieres saber lo que es una persona posesiva? Si me acompañas esta noche yo te enseñaré los extremos, luego no habrá vuelta atrás.
A veces la noche se ríe de ti y te escupe a la cara sin contemplaciones. En ese preciso momento piensas en darte por vencida, mandarlo todo al carajo y buscar razones para seguir viviendo. Cuando la locura te visita día a día, noche tras noche, y ves su rostro, su fría y marmolea faz, te acuerdas de esas esculturas griegas de dioses alzándose sobre el abismo de los mundos, el abismo de las realidades, todos por encima de ti, contemplándote, como una diminuta mota de polvo con sus grandes ojos llenos de cientos de pupilas. Sin importancia, y si no tengo importancia, si nada de esto tiene significado, si nada de esto tiene consecuencias, entonces porque intento detenerlo. En vez de luchar contra la sin razón, unámonos a ella, ahoguémonos en el mar de lamentos y risas sin sentido, abiertas, sinceras, estrafalarias, mortales.
Apagó el móvil por pura venganza. Quizá no me llames cabrón, pero si lo haces te encontrarás con la puerta en las narices amorcito. Qué irónico, teniendo en cuenta que fue ella quien prácticamente lo echó de su casa ¿de su vida? Días atrás. Confusión. Enojo. El muy cabrón, ni siquiera ha intentado llamarla. ¿No comprende? ¿No entiende?
Cruzan la avenida, un payaso loco está atracando un Burger dos calles más abajo. Melvin, Lee y dos coches patrulla mas van hacia allá. La venganza de Ronald McDonald, dice Melvin en un vano intento de chiste que ni siquiera despierta un amago de sonrisa en Ana Lee. Melvin pisa el acelerador.
La rabia y la desesperación cruzan su amargado rostro, frunce el ceño y lo relaja segundos después. Vuelve a encender el móvil. Mierda, mierda.
La visión de un tipo vestido de payaso con unos zapatones rojos, una enorme y escarlata nariz de plástico, una camisa caqui con grandes botones azules de caramelo y una peluca rosada como algodón dulce le resultó de lo mas curiosa a Melvin, no sabía si llorar o reír. Ana Lee tan solo se fijó en el pequeño revolver que portaba en la mano derecha (parecía de juguete pero…), también vio a la dependienta con un pañuelo empapado en sangre tapándose la nariz y un anciano de unos 120 años tirado en el suelo junto a una de las mesas. Tal vez deberían llamar al maestro de pista para negociar con el payaso, suelta Melvin. El local está abierto, Ronald de espaldas, agita la pistola con una mano y con la otra se zampa una hamburguesa. Lee y Melvin entran. Se identifican pero el payaso parece no escucharlas, sigue agitando la pistola como si estuviera dirigiendo una orquesta y habla. Dice cosas sin sentido. Habla de perros y gatos, no sabe que hacer con tantos se dice, es difícil ponerles nombres, le da dolor de cabeza y no consigue ponerle nombres apropiados. Melvin le apunta con su arma, mira a Lee –está chalado del todo- le dice con la mirada. Piden al payaso que arroje el arma y se tire al suelo pero hace caso omiso, no les entiende, no les escucha, lo cierto es que el payaso está en una frecuencia totalmente diferente. El payaso escucha ladridos y maullidos, y grita que se callen, que le dejen en paz, no hay comida para todos, dice a sus voces. Iros, iros. Ana Lee va hasta el anciano tirado en el suelo. Está muerto, no tiene signos de violencia, un infarto quizás. El payaso se gira y dirige su mirada a Ana Lee, agachada junto al anciano inerte. Cree ver un ligero signo de realidad en los ojos del payaso, tiene los ojos llorosos. Su mente está sumida en el caos, pero no ve a Ana Lee, en realidad no la ve. El payaso grita, ‘¡te he dicho que no tengo comida! ¡Largo perro de mierda! ¿Belinda? ¿Me oyes Belinda? Llévate el perro de aquí o por Cristo Jesús que le vuelo la tapa de los sesos. Tu y tus puñeteros animalitos Belinda. Te dije que nada de perros. Te dije que nada de gatos. Pero me los encuentro en el baño, me los encuentro en la cocina, me los encuentro bajo la cama, y los cabrones se comen mi comida, ¡se comen mi comida!’ El payaso está fuera de sí, apunta a Ana Lee con su arma y tira del percutor hacia atrás. Melvin le grita. Y Lee piensa en el móvil, piensa en cuanto le gustaría que sonara, cuanto le gustaría… que el payaso disparara y… la alejara de todo. Paz. Entonces el móvil suena.
Y suena.
Y suena.
Y suena.
Beeep. Hola, soy Ana Lee, en estos momentos no me puedo poner, hay un puto payaso apuntándome con un arma. Deja tu mensaje cuando oigas el ¡Bang!.
Melvin ve como el payaso roza el gatillo para disparar. La bala destroza la muñeca del payaso, suelta el revólver y lo alcanza Lee al vuelo. El Payaso grita. ‘¡Perro cabrón! ¡Estas rabioso pero yo te enseñaré!’ Se gira hacia Melvin y cuando lo hace Ana Lee le golpea en la cabeza con la culata del revólver del propio payaso. El payaso cae al suelo, y cuando lo hace la nariz de Ronald McDonald emite el sonido de una carcajada hueca. Melvin no puede evitarlo y sonríe, está a dos pasos de reírse, apenas se puede contener. El tipo tiene un aspecto tan… divertido.

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