Las 7 Noches de Ana Lee: Noche 4

Publicado: 1 julio, 2018 en Relatos, Thriller

Noche 4. El Infierno en sí mismo.

Así de clara fue su mirada, cuando la ahogó con un torrente de agua sobre su rostro.

‘Ahora mientras el miedo me posee y me invade, llega hasta a mí de un modo abrupto y violento. Le miro, mientras mi faz, sangrante, me aprieta con un dolor que va más allá de lo humano. Mientras la sangre recorre mi rostro, escapándose, le veo acercarse a mí, le veo hablarme con palabras cálidas y dulces para luego atropellarme con sus reproches y sus golpes. Le veo alzarme y prometerme morir si no caigo rendida ante sus ojos de demonio enfebrecido. No hay salida excepto a su promesa. Quizá le provoco para acabar de una vez por todas con esto. Estoy cansada, mi cuerpo duele tanto que apenas siento ya mis miembros. Mis labios partidos, mis ojos abombados de tanto golpearlos, mi nariz rota, mis brazos, mis piernas, mis costillas que sufren con cada golpe, con cada acto violento que estalla en mí. Me maldigo, le maldigo. Sí, esto es el infierno, ahora lo sé. Lo que no logro saber es que hice para llegar hasta él.’

Mientras bebe y bebe vierte su mirada sobre ella con total y absoluto desprecio. La arrastra, la levanta y la vuelve a golpear, hasta teñir su pelo rubio de rojo sangre. Hasta volver su cara irreconocible, hasta que los huesos de su mandíbula bailan. Entonces la suelta y cae al suelo. No se mueve. No se mueve. Él la mira con curiosidad. ¿la ha matado?, se dice. No, no esta muerta, se lo hace, se lo hace. Ríe, eructa mientras vierte la cerveza sobre el cuero cabelludo de ella. No se mueve. No se mueve.
Sobre las doce y cuarto entraron en su casa. Su casa. Estúpidos. ¿Cómo se atreven? Son dos, un hombre y una mujer, le gritan, le ordenan. ¿Ordenarle? A él nadie le da órdenes. Y menos en su casa. Su santuario. Su reinado. No permitirá… desde luego que no.
La mujer no es muy alta, es pelirroja, y lleva el pelo recogido con una goma rosa. Odia el color rosa. Le hiere. Le abrasa. Le ofende. Y se atreve, ella se atreve a darle órdenes. Se atreve, ella se atreve a aproximarse a su mujer. Ella, no se mueve, pero sigue viva, vivirá mientras él lo decida, porque él lo decide. Está tan quieta, tan quieta. Se ve muy dulce así, le apetece echarle una foto. Sí, una foto, para la posteridad. La pelirroja se acerca demasiado a su esposa mientras el hombre le grita también y no para de ordenarle que se aparte. Ordenes, ¿por qué todo el jodido mundo intenta darle órdenes?, ¿pero quién cojones se habrán creído? El hombre le apunta con un arma, pero parece de plástico. El arma tiene el color del algodón mojado. ¿O son sus ojos que se confunden? Sus ojos, vidriosos, siente ganas de llorar, y de reír. Están ahí, en su casa. De un manotazo aparta a la pelirroja de su mujer, la golpea con una botella de cerveza en la cabeza y la pelirroja cae sobre la mesa de cristal. Crash-boom. Es un sonido divertido, piensa. Los cristales andan desparramados por todo el salón, mientras observa como la sangre mana de la cabeza de la pelirroja. El hombre hace amago de dispararle pero no se atreve. Lo ve en su mirada. No le disparará, y si le dispara, saldrá un refrescante chorrito de agua de esa bonita pistola de… ¿cristal?. Entonces la pelirroja se levanta bañada en diminutos pedazos de cristal, una fina línea escarlata recorre su frente, cruza su faz y cae en el olvido. Gotitas. Slip-slop. Se le aproxima y le da una patada en la rodilla. Zorra. Pierde el equilibrio y cae de bruces al suelo. Lo último que ve es el puño de la pelirroja cerrado aproximarse a su cara. Luego el olvido. La oscuridad lo acoge y le lleva a una isla desierta. Solo él. El y sus pesadillas. Una pesadilla creada, ideada e inventada por él. Y grita en la oscuridad, mientras esta le devora, se come sus pies, su torso, su boca es apagada y tragada por el amargo manto negro. Y por un segundo, tan solo un segundo, es consciente de que ha sido absorbido por su propia locura.

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