Las 7 Noches de Ana Lee: Noche 3

Publicado: 30 junio, 2018 en Relatos, Thriller

Noche 3. En el local de Rubi.

Coge el teléfono. ¡Coge el puto teléfono James!.
2 timbrazos mas y cuelgo.
¡Jodido cabrón!
1 timbrazo mas, vamos, vamos-vamos.
Colgó, y lo hizo con tal fuerza que quebró el plástico del teléfono. Lo lanzó contra la pared desesperada. Fue hasta el armario donde guardaba las bebidas, sacó una botella de ginebra y se sirvió un vaso. Luego sacó un brick de zumo de naranja de la nevera y lo mezcló con la ginebra. Pegó un largo sorbo. Agarró una de las fotos de James que tenía sobre el televisor y la arrojó al suelo, el marco se rompió por varias partes. Cogió la foto con cuidado, la llevó hasta su tablero de dibujar, cogió un rotulador verde y le dibujó un par de cuernos y una perilla demoníaca, luego le dio el toque final con una pequeña mano salida de la nada sosteniendo un tridente. A su lado dibujó un bocadillo de diálogo y dentro escribió ‘soy un puto cabrón’.
‘Si que lo eres, joder. Te necesito, dónde coño estas.’
Se revolvió el pelo y apuró de un solo trago el resto de la bebida.
‘No, no te necesito, pero te quiero. Pero no es el momento, no lo es.’
 
Diez minutos después se encontraba en el club de Rubi, tomando una cerveza con Juan el ‘loco’. Juan no paraba de criticar a la hija de Rubi.
-Mírala Ana Lee, joder, delante de su padre. Y él no le dice nada. Caguen la leche. Será zorrona.
La hija de Rubi se llamaba Linda, era epiléptica, tenía diecinueve años, la sonrisa torcida, el ceño fruncida y un novio llamado Ramón, bajito como un tapón de corcho, con pelo largo y rizado y patillas gruesas y grasientas, que no paraba de tocarle los pechos delante de su padre. Ambos estaban tras la barra sirviendo copas.
-Caguen diez, será putona. Coño que hay gente tomando copas, y su padre, coñona, su padre está al lado y la ve. No sé como mierdas no coge a ese mierda y le saca a patás de aquí.
Ana Lee rió ante los comentarios de Juan. Al fondo, en el pequeño escenario que disponía el local de Rubi, la cantante comenzó a probar el micro, una tenue luz la iluminó. La chica, delgada, vestía con una falta de pana marrón, una blusa verde oscuro y unas gafas de pasta rosa. Armada con una guitarra, Shania, comenzó a cantar ‘Goodnight Moon’.
Ana Lee acabó con la cerveza, dos mas y caería redonda, incluso empezaba a encontrar gracioso a Juan lo cual ya era signo de estar al borde la borrachera absoluta.
– ¿Por qué no dejas la policía Ana Lee? Eso no es lo tuyo. ¡Tú eres dibujante, chica! Y muy buena, debo decir.
Ana Lee no respondió, estaba inmersa en la actuación del escenario. La voz de la cantante era suave y armoniosa, te atrapaba en un hechizo imposible de alterar.

-Vivir entre violencia no es lo tuyo. Yo conocí muy bien a tu madre, eres como ella. Caguen diez, te tiene quemada esa mierda, se te nota en ese rostro marcado a fuego por el día a día entre escoria. Estás pálida, tus ojos irradian jodidos cubitos de hielo. Eres tan dura como el puto granito pero solo es una coraza. Coñona que si, solo es una coraza, te conozco como conocí a tu difunta madre. Teresa era una mujer increíble, sí, caguen san Blas bendito. Y tu padre, eran…. dios. Los echo mucho de menos, ¿sabes Ana Lee? Los echo muchísimo de menos a ambos. Tu padre… tu padre era jodidamente bueno. Su puto problema es que quería demasiado a tu madre, la quiso tanto, que cuando ella faltó, se le acabaron las razones para seguir en este podrido mundo.
Ana Lee apartó la mirada de la cantante y la clavó en los ojos marrones y profundos de Juan.
-Dime viejo, y yo… ¿no era una razón suficiente para él? Que se joda si no fui lo bastante importante para él. Que se joda una y mil veces, viejo.
Juan bajó la mirada.
-No… Ana Lee, no quise decir….caguen…. lo siento niña.
Ana Lee clavó la mirada en Ramón, estaba detrás de Rubi. Rubi fregaba platos y copas, y Ramón hacía muecas y burlas tras él. Linda reía sin apenas disimularlo. Rubi, un hombre alto y corpulento se había quedado deshecho tras la muerte de su mujer en un accidente de carretera. No murió en el accidente, perdió las dos piernas y un mes después consiguió una pistola y se pegó un tiro en la sien. Rubí perdió la cordura y desde entonces dejó de importarle nada excepto aquel pequeño local de copas y música nocturno. También le importaba su hija, la quería tanto, y se maldecía así mismo por la enfermedad que padecía. Al cumplir los quince años, Linda, tuvo su primer ataque epiléptico. Rubi creyó que se le moría. Linda, quedó marcada por la enfermedad por completo. Comenzó a comportarse de una forma egoísta hacia si misma y hacia los demás. Los síntomas de la epilepsia se hicieron más y más frecuentes. Linda cayó en una depresión. Y Rubi casi se arruinó con tal de curar a su hija. Ahora aquel gigante, tenía el corazón enfermo y su única distracción era servir copas y contar chistes absurdos con una falsa sonrisa teñida de tristeza.
-¿A dónde vas Ana Lee?
-Un momento viejo, ahora vuelvo.
Ana Lee se levantó de la mesa y se dirigió hasta la barra del bar. Más en concreto hacia Ramón. Ramón dirigió su despreciable mirada hacia Ana Lee. Dos minutos después Ana Lee le había agarrado del cuello con una mano, y con la otra de la axila derecha. Segundos después lo había sacado arrastras fuera del local de Rubi mientras el otro gritaba y pataleaba y Linda despotricaba insultos contra Lee.
Luego se dirigió hasta Linda se acercó hasta ella hasta que sus narices chocaron y le susurró una sola palabra al oído.
-Respeto.
Se sentó de nuevo junto a Juan y continuó con su cerveza. Al fondo, la cantante, acabó con Goodnight Moon y comenzó con Tom’s Dinner.
-Llevas razón viejo, estoy cansada. Estoy cansada de respirar ácido y de despertar entre pesadillas de algodón envenenado. Mierda Juan, necesito recuperar el aliento.
-¿Cómo llevas aquel comic que empezaste a dibujar?
Ana Lee recuperó la sonrisa, amaba dibujar, era su salida, su escape a un mundo diferente y perfecto. Su universo particular. Allí podía ser y representar cualquier persona que deseara.
La sonrisa de Ana Lee brilló en la noche. Rió e incluso soltó alguna carcajada mientras explicaba la historia que estaba dibujando. Juan, rió con ella, mostró sus escasos dientes y animó a Ana Lee a continuar con sus dibujos. ‘Tienes un don Lee’.

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