Las 7 Noches de Ana Lee: Noche 2

Publicado: 29 junio, 2018 en Relatos, Thriller

Noche 2. La vigilancia.

Ana Lee, comprobó el cargador de la pistola. Melvin encendió un cigarrillo dio una calada y lo arrojó por la ventana.
-Melvin, vas a provocar un incendio apaga el cigarrillo que has lanzado.
Melvin levantó la ceja derecha. ‘Si no hay mas remedio’
Ana Lee giró la llave de contacto del coche y el ruido del motor cesó. Hacía frío aquella noche, se mesó su pelirrojo pelo, el flequillo no hacía más que taparle la visión continuamente. Cogió una goma del bolso y se hizo una pequeña coletita. Le dolía la cabeza, todos los lunes le dolía la cabeza, era como si el cuerpo dijera a su mente que era un mal día. Un mal día para cualquier cosa excepto para dibujar. Ana Lee imaginó la caricatura de Melvin con nitidez, sus orejas algo despegadas de su cabeza…. si, gigantescas orejas como un par de alas tipo el elefante Dumbo y esos ojos verdes y finos como los de un gato. Le dibujaría con unas grandes mejillas llenas de enormes y rojizas pecas, como si tuviera la viruela, y su cigarrillo a medio consumir entre sus gruesos labios, tan gruesos que también le dibujaría un par de palomas y quizá un barco con los pasajeros abordo, gritando entre los labios de Melvin. Un buen tipo Melvin.

Mientras esperaban, Melvin hizo el primer turno, se dio una vuelta por los alrededores del coche y fumó un cigarrillo tras otro. Ana Lee dentro del Volkswagen pensó en sus diferentes caras, en diferentes amaneceres. Se vio de bebé, recordó brevemente la sonrisa de su madre, los rizos pelirrojos de su madre y aquellas mejillas que hacían que la más oscura de las noches dejara de cobrar sentido, brillaban como dos pequeñas y redondeadas bombillas. Recordó su candor, fue una buena madre se dijo Ana Lee y cuando murió parte de su corazón viajó con ella al mas allá. A veces, mientras hablaba con ella al pie de su tumba, creía oír a Teresa, oía sus palabras, sus alientos y sus consejos. Teresa seguía con ella y seguiría con ella hasta que por fin pudieran volver a estar juntas. Te echo de menos, madre. Pero tengo tu fuerza y sabiduría. Se vio de niña con el rojizo cabello tapándole continuamente los ojos, y vio a su padre, el tipo mas alto del universo, era tan alto que era imposible llegar hasta su mirada sin coger un ascensor. Al menos así lo veía Ana Lee cuando era tan solo una niñita. Miguel Lee Evans le apartaba lentamente el flequillo como si se tratara de una pequeña cortinilla de cerezas silvestres. Miguel Lee tenía la energía de un reactor atómico, era la persona mas activa que Ana conoció nunca, nunca cesaba de hacer cosas, adoraba viajar, adoraba conocer gente y países, adoraba imaginar, soñar y pensar que nada era imposible. No hay nada imposible mi cielo, solo tienes que tener la fuerza y la valentía de alcanzarlo. Y tú eres tan fuerte como tu madre mi cielo, nadie te doblegará. La energía de aquel tipo enorme de ojos verdes y cálidos se agotó el día que murió Teresa. Y se le agotó de una forma tan rápida y progresiva que tan solo quedó un fantasma de aquel larguirucho y delgado hombre. Se diluyó al perder el motor que le mantenía con vida. El espejo se rompió en mil pedazos y cada una de las caras de Ana Lee se juntó, pero se juntó como un puzzle viejo, tan poco ajustado que cada una de las piezas sobresalían conscientes de que no se hallaban en el sitio apropiado. Se miró las ojeras en el espejo retrovisor del coche. Tenía los ojos cansados. Un par de latigazos de dolor restallaron detrás de su ojo derecho. Maldito lunes, maldita vida de mierda. Cogió una pastilla para la migraña y se la tomó. Cogió los expedientes del asiento trasero del coche y comenzó a hojearlos con detenimiento. Observó las fotos de las víctimas, chicas de entre 20 y 25 años violadas y apaleadas brutalmente, sus cuerpos eran un amasijo de carne amoratada y sanguinolenta. Las dejaba vivas pero les arrancaba los ojos. Se preguntó que clase de enfermo podría hacer algo así. Y luego se dijo a si misma que en aquel trabajo en realidad, lo único que veía era seres enfermos día tras día y noche tras noche, veía la locura en la humanidad, todos tenían la irracionalidad dentro, solo era cuestión de tiempo el ver cuando la sacarían.
Los primeros coches empezaban a llegar por los alrededores, Melvin se reunió con ella en el coche y pusieron la calefacción. El viejo frío mostró sus afilados dientes e hizo estremecer a todos aquellos que se hallaban bajo sus dominios.

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