El Regalo

Publicado: 18 junio, 2018 en Relatos, Thriller

Se arrastra por el fango y no piensa en nada más. Sus sentidos están abotargados. Apenas le queda sangre en el cuerpo, pero se sigue arrastrando y cuando consigue llegar hasta el coche, se introduce en él, arranca y conduce.

Conduce por un camino oscuro, y mientras lo hace ve imágenes de su vida, gentes, sonrisas. Ya nada importa, ya nada existe. Las sonrisas se distorsionan, las gentes se pudren, las imágenes desaparecen. Y solo queda su rostro, el rostro de ella. Lejano, borroso, pero permanece en el camino, se refleja en cada cartel, en cada lugar, como un fantasma recurrente. Dónde estas.

Pasa una gasolinera, gira a la izquierda por un camino de tierra. El coche bota, su dolorido cuerpo también. Dónde estas.

Poco después de amanecer, su cara era más clara, recordaba incluso sus ojos, y sus dulces mejillas con tendencia a sonrojarse. Su voz, limpia y cristalina, aún resonaba en los recovecos de su mente. Ahora estaba desapareciendo todo eso y mucho mas, en el recuerdo y no podía permitirlo. Dónde estas.

Llegó hasta una oculta cabaña, en medio de la noche, parecía abandonada. Sin luz, sin rastro de habitantes. Perdida en un sueño.

Dejó el coche en un claro, bajó, o más bien cayó, falto de fuerzas y probó el sabor de la tierra. Se retorció de dolor, escupió sangre y su mente obligó a su cuerpo a levantarse. Lo hizo con gran esfuerzo y tras una dura batalla contra si mismo. ¿Estás ahí?, se preguntó.

Camino hasta la vieja cabaña de madera, tronco sobre tronco, no parecía demasiado estable. Se sintió un poco como el lobo que busca a los cerditos. ‘Soplaré y soplaré’. Abrió la puerta fácilmente, vio una pequeña mesa de madera en un rincón, había un gran cuchillo de madera en vilo, clavado en medio y manchado de sangre.

Locura incierta, no pienses, no te muevas, no respires. Ahora, solo hay un camino, una salida, cruza la puerta, cruza el umbral. No tienes nada que temer, no tienes nada que perder. Ya perdiste lo más preciado de tu vida. La perdiste. El resto no importa. Si tienes que hacerlo, lo harás. Si tiene que ser…. Pero no, aún no, primero piensa. Piensa.

Se acercó y agarró el cuchillo ensangrentado, luego se agachó y vio el pequeño acceso subterráneo que había en el suelo de la cabaña. Lo abrió. Estaba oscuro. Inmerso en la oscuridad qué salida habrá cuando no haya esperanza. Vio unas escaleras de madera para poder bajar, no parecían demasiado estables. Comenzó a bajar.

Ahora, en ese momento, nada en la vida importa, estás metido en una pesadilla. Real. Quién podría culparte si hicieras… Abajo no había nada, excepto suciedad y telarañas. Pero estaba todo tan oscuro, no estaba seguro. Vio unos ojos al fondo, los vio en claro contraste con la noche, eran blancos, eran marrones. Parpadearon, se torcieron, desaparecieron y luego al momento volvieron a aparecer. ‘Ven’ le dijeron aquellos ojos, ‘Ven’. Empuñó el cuchillo bien fuerte y fue hasta los ojos. ‘Ven’, le insistieron.

La encontró atada y desnuda. Sucia y llorosa, su boca, amordazada, temblaba. Toda ella temblaba. Cogió el cuchillo y le cortó las cuerdas. La cogió en brazos y procedió a subirla por las escaleras.

Sus ojos hablaron sin pronunciar palabra. ‘Tengo miedo’, dijeron los ojos de ella, ‘¿estoy muerta?’.

‘¿Está?’, preguntaron los de él.

‘No, pero volverá pronto.’

Salieron de la cabaña y la llevó hasta el coche, sacó una manta del maletero y se la puso por encima.

‘Espera aquí’

‘¡No!’

‘Confía en mi, voy a hacerte un regalo’

Aguanta, aguanta solo un poco mas. Un último esfuerzo, una última cosa y podrás descansar, aún no está a salvo, aún no. No mientras…

Lo encontró cerca de la cabaña, en la orilla de un pequeño lago. Tenía la mirada perdida en el cielo, desnudo, con los brazos en alto. Parecía gritar en susurros, maldecir a quien quiera que le hubiera convertido en lo que era. Y lo que era, era impronunciable. Las palabras resonaban en su garganta pero no reproducían sonidos, eran como gárgaras.

Era moreno y corpulento, parecía un atleta suplicando a los dioses un gran triunfo.

Ahí estaba, lo único que tenía que hacer era matarlo como el animal que era.

Le abriría la garganta con su propio cuchillo y disfrutaría mientras toda su asquerosa vida iba desapareciendo poco a poco. Deseó golpearlo hasta que le suplicará clemencia.

Pero… se contuvo. Pensó en el regalo.

Se acercó con sigilo por detrás y lo dejó inconsciente golpeándole la cabeza. El hijo de perra casi se le ahogó en el agua cuando cayó. Déjalo, se dijo. Que se pudra. No. Lo arrastró fuera del agua, lo ató con las mismas cuerdas que la había atado a ella y lo arrastró como pudo hasta llegar al coche.

Se introdujo en el coche y le dio el cuchillo ahora.

Ella le miró con un sonrisa de agradecimiento, abrió la puerta del coche y miró a su agresor. Al hombre que la había atacado, secuestrado y golpeado día y noche. La golpeaba y la rajaba mientras se reía, aquella risa, aquella risa tan salvaje e inhumana, de hiena.

Esperó a que se despertara y luego se acuclilló, le agarró del cuero cabelludo y cuando el hombre abrió la boca para gritar, le atravesó la garganta con el cuchillo.

Volvió a subir al vehículo, serena y tranquila. Lo primero que sintió fue frio, se abrazó a si misma enfundada en la manta y sus ojos volvieron a hablar al hombre que la había encontrado.

‘Gracias por mi regalo’

‘Vamos, te llevaré a casa’

 

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