El blues de Lisa Escobar

Publicado: 31 mayo, 2018 en Relatos, Thriller

1

 

Estaba desesperada.

La mujer de cabello rubio y ojos castaños, estaba desesperada por conseguir un par de píldoras.

Miró el cuerpo inerte de su marido tirado en el suelo y tuvo unas ganas locas de ponerse a reír. Pero le dolía demasiado la mandíbula de los golpes que le había dado hacía tan solo veinte minutos aquel hijo de puta. Así que intentó contenerse.

Consiguió un par de calmantes en el armarito del lavabo.

Vio sus ojos amoratados y abultados, sus labios partidos y su nariz quebrada no paraba de sangrar. Se puso un par de algodoncitos para intentar contener el flujo de sangre.

Vio su cara machacada por el amor.

Vio los cortes en sus brazos y las cicatrices en sus muñecas.

Recordó la última vez que intentó suicidarse. Recordó el aliento de él al encontrarla desnuda en la bañera, diluyendo su vida por el agua.

Al atraparla, al confinarla, al encadenarla.

“Eres mi mujer”. Eso era lo que le siempre le decía.

Su mujer. Su esclava. Su víctima. Pero no su amor.

O tal vez él creyera que sí lo era. Un amor enfermizo, contaminado, corrupto.

Lisa intentó contener su sangre, sus lágrimas, su desesperación…

Buscó en sus ojos un porqué.

Buscó en el historial de su memoria la primera vez que la golpeó. ¿Fue por celos? ¿Por una mirada? ¿Por un roce? ¿Por una sonrisa? Tal vez fuera por no comprar su marca preferida de mayonesa o porque no se la chupara los miércoles o porque no dejara que la follara aquel lunes 15, en el probador de mujeres del Zara del centro comercial.

Qué coño importaba cómo empezó, sino que empezó.

Lisa se desnudó y se tomó un relajante baño hasta arriba de espuma.

Cuando salió y vio su imagen renovada, aun torturada, pero limpia y optimista, tuvo ganas de cantar.

Se sintió liberada. Liberada desde la punta de la nariz hasta los tobillos.

Notó el silencio de la casa como una pesada carga sobre su cabeza.

-Estoy pensando en comerte a besos –dijo al cadáver de su marido.

Lo dijo en voz alta, sabiendo que no habría respuesta.

-Nunca pensé que llegaríamos a esto. Recuerdo-Recuerdo-Recuerdo. Cuando tenía cinco años, aquella muñeca de ojos vacíos y traje de lunares. Ojos vacíos. Recuerdo a mi madre rezando antes de dormir. De rodillas frente a la cama. Recuerdo haber apagado el gas y haber dado de comer al perro de Marga, ya sabes, nuestra vecina del quinto. Se fue de vacaciones y no tenía con quien dejar a Doggy, así que vino, llamó a la puerta y con sus morros inflados dijo:

Lisa, Lisa

¿Qué quieres Marga?

Lisa, Lisa, me voy a las putas Bahamas y no tengo con quien dejar a Doggy.

-Mar lo siento pero a Paco no le gustan los perros.

Pero podrías vigilar que siempre tuviera comida y agua. Te lo pagaría.

-No sé Mar…. vale está bien. Pero enviame una puta postal, ¿vale? O hazte una foto para que vea lo bien que te lo pasas. Yo mientras sonreiré cuando mi marido me golpee, me viole, me desgarre, me rompa y me mate. Siempre con una jodida sonrisa en los labios. Será eso lo que tallarán en mi lápida. Lisa Escobar, Gilipollas pero sonriente hasta el final, R.I.P.

En su cabeza, una preciosa caja de sorpresas se abrió expulsando a un payaso de gran nariz, de grandes ojos, de sonrisa envenenada.

-No, si yo lo mato antes –se dijo- ¡Oh! Si resulta que ya me lo he cargado. ¡Qué dolor! ¡Qué tristeza! ¡He perdido a mi amor! Siento un orgasmo recorrerme, caguen la leche estoy a punto de correrme.

>Hijo de puta –susurró

Su alma y su corazón gritaron al unísono.

-¡Hijo de puta!

Se acabaron las lágrimas. Cierra el grifo nena, pasó lo peor.

Ese capítulo había pasado y ya estaba caducado.

Se hizo para cenar un delicioso arroz hervido acompañado de tomate fresco, ajos, cebolla, patata y no olvidemos el aceite de oliva y una pizca de sal. No, un buen puñado en realidad. Se lo sirvió en la mesa del salón, junto con un soberbio vino de Rioja.

Y el cadáver de su marido, de espaldas sobre la alfombra.

De todas formas nunca le había gustado esa alfombra, y la sangre es tan difícil de limpiar.

Aprovecharía para comprarse una nueva. Tiraría la casa por la ventana mañana. Día nuevo, vida nueva. Iría de compras hasta que la mañana se arrodillara ante la tarde y hasta que la tarde se estrellara contra la noche.

Mientras comía pensó en cómo sacar el cadáver del bueno de Paco del piso, ¿Lo trocea y lo mete en el cogelador? ¿Lo mete en la bañera y le da un buen baño de ácido? ¿Lo diseca y cuelga su cabeza junto al cuadro que les regaló Cristian cuando se casaron? ¿Qué habrá sido de Cristian? Hacía mas de año y medio que no veía a su hermano pequeño, a veces desaparecía, y luego te lo encontrabas en la entrada de tu casa con un aspecto diferente en cada ocasión, con una sonrisa, una caja de bombones y aquel enorme paraguas negro que llevaba a todas partes. <<Nunca se sabe cuando te puede coger una tormenta hermanita>>

Fue cuando recogía la mesa y llevaba el plato y los cubiertos –dejó el vino- a la cocina cuando se tropezó con su abuelo. Su abuelo, Velmin, murió cuando ella tenía 17 años. Cuando Velmin se enteró de que padecía un cancer, perdió la cabeza, fue hasta la consulta de su doctor y le estranguló con su propio estetoscopio. No es que aquel doctor tuviera ningun tipo de culpa, pero Velmin era un hombre que no sabía aguantar las malas noticias. Poco después de matar a su doctor, se tiró por la ventana del hospital. Velmin cayó de cabeza y se la reventó como un melón. Hizo un sonido parecido a “Pof”. Cayó delante de un niño que se hallaba paseando a su perro en aquel mismo instante. El cuerpo del niño se congeló, soltó la correa de su perro Sebastián, un viejo Fox Terrier de 8 años de edad, y Sebastián el perro, se acercó a olisquear el cadáver del abuelo Velmin.  El perro levantó la pata y meó en los restos de la cabeza del muerto.

Cuando Lisa vió a su abuelo Velmin entrar en la cocina, no se sorprendió lo mas mínimo.  Recordó la historia de cómo murió y quizá de lo único que se sorprendió es que aun conservara la cabeza. Velmin sonrió a su nieta, intentó acercarse a ella, pero Lisa lo rehuyó, era inútil saludar a un muerto. Una perdida de tiempo, era como intentar dar las buenas noches al presentador de un telediario. Velmin la siguió callado hasta el salón y miró junto a su nieta el cadáver de Paco.

-Menudo hijo de perra nena, hiciste bien en cargártelo.

Lisa no dijo nada. Tuvo un repentino mareo que le aconsejó que se sentara. Se sintió sola, en una isla desierta.

Velmin acercó sus podridos labios a la nuca de su nieta.

-No estas sola muchacha. Arreglaremos esto. Daremos de comer al gato. Levantaremos una valla. Comeremos tarta de nueces con frambuesas. Cosa hecha. Cosa hecha muchacha.

Lisa abrió la boca, como para coger una bocanada de aire, se quitó los algodones de la nariz, apenas podía respirar con ellos y de todas formas ya había dejado de sangrar. Ignoró a Velmin, pero esté siguió soltándole palabras, hablaba sin parar, como si quisiera recuperar todo lo que no había podido soltar por su boca desde su muerte.  Vió a su difunto abuelo acercarse al cadáver de su marido, lo observó con curiosidad. Velmin tenía pegada la sonrisa en los labios, le divertía la situación.

-Vaya tipo –dijo Velmin- tiene los ojos blancos como un par de canicas. ¿Tú que crees muchacha?

En la cabeza de Lisa tenía 15 años, estaba en su habitación mirando un poster de Bon Jovi, junto a él uno del Drácula de Bela Lugosi. Se vió cantar y bailar delante de su espejo. <<Quiero que me abraces, que me enseñes a bailar, a caminar, a amar>>

Lisa se levantó y fue hasta el armario trastero que se hallaba al fondo del pasillo, junto a la serie de cinco grandes estanterías que guardaban la entrada del dormitorio.  Del cuarto trastero sacó una silla de ruedas, la desplegó y la llevó hasta el salón.  La voz de Velmin parecía un eco en su cabeza. <<No recuerdo el sabor del chocolate>>, le decía una y otra vez.

-Abuelo déjame en paz –le dijo por primera vez.

Velmin se calló como si las palabras de su nieta fueran cordeles atando sus labios.

Como pudo incorporó al cadáver de su marido y lo arrastró hasta la silla de ruedas. Velmin señaló los pies descalzos del cadáver. Le pareció cómico.

Todo había sido tan cómico. Como una obra de teatro incompleta.

-Vino, ginebra, alcohol a mogollón. Compremos gorros de colores, bombones de sabores, ¡vamonos de fiesta joder! –dijo Lisa.

Vamonos de fiesta, ¡joder!.

 

2

 

Eran 20 minutos pasada la medianoche y se hallaban esperando al ascensor. Lisa, Paco y Velmin. De los tres, tan solo Lisa podía presumir de poder respirar. Una oscura gorra de los Indian Reds con su visera tapaba el rostro muerto de Paco, en cuanto a Velmin, chasqueaba los dedos intentando sacar la melodía de una vieja canción de Marvin Gaye.

Cuando Lisa llegó a la calle, no halló mas que serenidad. La luna, majestuosa dominaba el mundo. La miró durante segundos, y antes de parpadear dos veces la vió cubierta de sangre. Vió su boca amarillenta, y sus dientes roidos y gastados, vió sus ojos, sus ojos eran los mismos que los de su marido. Eran mármol mortecino. Desvió la mirada en busca de su coche.

Velmin le señaló la esquina de la calle. Ahí estaba el Toyota.

Lisa empujó la silla de ruedas hasta el Toyota, miró a Velmin.

Velmin dirigio uno de sus dedos muertos hacia el maletero del coche, pero Lisa negó con la cabeza. Tenía una manta en la parte trasera del coche. Lo pondría detrás y lo taparía.

“Me llamo Lisa Escobar, la noche es mía, he decidido poseerla, meterme entre sus sábanas, acariciarla, hacerla sudar, quiero que grite, que aulle, que me sienta y que quiera mas de mí, que pida más de mí.”

Condujo por los brazos de la oscuridad, su mirada, tensa, caminaba por la línea recta de la carretera. El silencio de los muertos la acompañaba. Velmin intentó acercarse a ella un par de veces, intentó rozar su cabello castaño, su piel descolorida por la amargura, pero notó el rechazo de su nieta a dejarse tocar.

“Si no me llegas, no te siento, si no te siento, no puedes dañarme.”

Velmin vio a traves la ventanilla el interior de un cajero, a través de sus puertas de cristal pudo reconocer a un anciano de unos 70 años de edad durmiendo en su interior. Estaba tirado en el suelo del interior del banco, recogido sobre sí mismo y con los ojos pegados al abismo de su miseria. Reconoció a aquel hombre, aquellos rasgos, ahora viejos, una vez suaves, sonrisa amplia, tan amplia que era imposible borrarla.  Velmin era tan solo un niño, buscó entre los cajones de su memoria, buscó en la A, en la B, fue directo a la Z, abrió del todo el cajón y comenzó a ojear las fichas. Zach. Zach, tenía quince años, ibamos juntos a clase. Joder Zach…..nunca creí que volvería a verte. No así Zach, no muerto en vida.

3

 

Dame algo de amor, muñeca. Así decía la canción.

Lo enterraron bajo el puente de James Tibody. Tibody, el arquitecto, también fue enterrado cuando murió al pie de aquel puente, el cual hubo un tiempo que cruzaba el caudal del rio Merkel. Ahora, en el antiguo caudal, había un gigantesco e interminable parque que cruzaba la mayor parte de la ciudad.

Lisa lo enterró en el propio parque, bajo uno de los arcos del puente. Y una vez acabó, Velmin la miró sonriente.

-Has hecho un buen trabajo muchacha. Pero la noche no ha acabado. Dime pequeña, ¿te irás a casa a descansar, a dormir, a soñar con los angelitos? Sabes que no. Aun no. Necesitas recorrer el camino de espinas, para que tus pies dejen de sangrar.

Lisa levantó la mirada hasta las estrellas, esperó una señal, un guiño, de aquella, de la que estaba arriba, a la derecha, esa que brillaba de forma intermitente. Y cuando la vio fija, una pequeña pelota de golf cayó en el interior de su cerebro. Sus ojos se entrecerraron y una sonrisa loca la poseyó. Rió. Soltó la carcajada mas endiablada de toda su vida, y Velmin la acompañó. Ambos rieron, y el sonido de sus risas era de dos cuchillos afilándose.

 

Fue algo, inesperado, y de alguna forma retorcido. Un toque en la espalda que interrumpió ese extraño momento de euforia incontrolada. Fue un grito real no muy lejos de allí, un quejido y una agonía cosidas a mano, formando el mismo jersey.

Lisa miró a Velmin. El anciano difunto se encogió de hombros. Aquella noche no hacía mas que depararle sorpresas.

-Pero qué coño…. –dijo Lisa reteniendo cada palabra un segundo entre sus dientes.

Avanzaron caminando con rapidez a través del sendero del parque en busca de las voces, no parecían provenir de muy lejos. Hasta que llegó un momento en que dejaron de escucharlas. Lisa y Velmin se pararon. Vieron un par de bultos a unos diez metros por delante de ellos, sobre la plataforma de césped que dividía los dos senderos del parque.  Uno de los bultos se movía, y estaba sobre el otro. El otro permanecía inmóvil, quieto. Vieron como se levantaba. Era un hombre, no pudo distinguir muy bien su rostro. Parecía corpulento, de pelo largo y rizado y no debía de medir mas de metro sesenta. Era un jodido cubo de corcho con la melena al viento.

El hombre miró a Lisa. Una sonrisa burlesca parecían dominar los labios de aquel hombre. Le espetó a que se largara de allí.

-Largo puta –dijo la voz cascada – Largo puta –repitió la voz rellena de alfileres.

En la mente de Lisa hubo un Big-Bang, una explosión nuclear, un estallido cósmico, un jodido terremoto a gran escala. Cientos de diminutas Lisas surgieron de las grietas de su mente. Y cada una de ellas le sugirió, le indicó, le ordenó…. <<Mátalo Lis>>…. <<¡Máta al perro Lis!>>…. <<Está rabioso Lis, deberías matarlo>>… <<¡Retuerce su asqueroso pescuezo!>>…<<Corta su cuello de gallina>>.

Velmin se acercó hasta aquel hombre, y vio lo que en realidad era el otro bulto. Se trataba del cuerpo de una mujer. Tenía sangre en la boca y los ojos pegados al cielo. Se fijó en el pecho de la mujer. Parecía no moverse, tal vez estuviera muerta. El abuelo cerró los ojos y negó con la cabeza, levantó la mano e hizo un gesto para que Lisa se acercara mas.

<<Si me acerco…. por Dios que si me acerco mas, tendré que matarlo o me matará él>>

Velmin la miró con ojos desafiantes.

-Muchacha, –dijo el abuelo- tú eres ella. No tiene tu rostro pero eres ella, el color de tus ojos es diferente, eres mas alta, algo mas delgada, vistes diferente, pero eres ella. Esta noche, podrías haber sido ella. Así que dime hijita, ¿qué piensas hacer al respecto?.

Todavía llevaba la pala con la que acababa de enterrar a su marido en la mano. Todavía conservaba la rabia. Le sudaban los manos, le rechinaban los dientes, tenía unas ganas locas de reventar a aquel hijo de mala madre. Y no se lo pensó dos veces, no esperó la señal de salida, ni el 3-2-1, despegó derecho a aquel tipo, de ojos cada vez mas abiertos. La mujer, una vez indefensa, agotada, maltratada y cuyo espíritu creía destruido, sintió unas terribles ansias que necesitaba saciar.

<<Pongo mi alma en manos de Dios, que sea él quien la sostenga, que sea él el que la ponga en la balanza. Hoy he cruzado la línea, he masticado esa línea y la he escupido. Miro a mi Dios y le pido, le suplico, le ruego que se tape los ojos. Lo siento señor, pero juro por mi vida que voy a volver a matar esta noche.>>

El hombre se abalanza sobre Lisa antes de que tenga tiempo de reaccionar. Caen rodando en la tierra.

Lisa ve su cara, es agradable, casi perfecta. Ve sus labios, son finos, de reptil. Ve sus ojos, le pinchan con la mirada. Siente sus rodillas sobre su estómago.  El hombre la coge del cabello y estrella su cabeza contra la tierra una y otra vez. En su cabeza la salsa está a punto de salirse de la batidora. Pero el suelo no es tan duro, no ése. El césped amortigua el golpe ligeramente, lo suficiente para que no pierda la consciencia. La cree acabada. Estira sus brazos de forma estúpida, proclamando su victoria, como si fuera un juego, una competición. Pero no es un juego, no para Lisa. Reacciona y con el puño golpea al hombre en la garganta. Éste se queda con la boca desencajada. Lisa vuelve a golpearle en la nuez, y el tipo cae. La pequeña torre se derrumba y aprovecha para clavarle una patada en la boca del estómago. No es un juego, no lo es. Lisa tiene sed, y aquel pequeño y malvado duende la saciará. Coge la pala que había soltado con la primera embestida y se acerca hasta la sombra negra y caída. La pala cae con fuerza describiendo un semi-círculo.  La sangre del hombre salpica el césped. La pala cae una vez mas provocando que cabeza y cuerpo se separen.

Lisa Escobar clavó la pala en la tierra y recogió del suelo la cabeza del hombre que acababa de matar. Miró a sus ojos muertos. Eran de color marrones, tenía la boca abierta con la lengua colgando.

-¿A quién llamarás ahora puta, eh nene? Mi nombre es Lisa y tú estas acabado.

Soltó la cabeza y la cordura al mismo tiempo. Ambas cayeron.

Lisa se acercó hasta la mujer caída, e intentó escuchar su corazón.

Dos latidos le confirmaron que estaba viva. La mujer vivía pero parecía estar en estado de shock.

Velmin le sugirió que intentara incorporarla y fue exactamente lo que hizo Lisa.

La apoyó en el lecho de un árbol y en cuclillas la miró fijamente.

Intentó transmitirle su empatia, su comprensión, intentó disculparse, intentó decirle tantas cosas con la mirada y a la vez ninguna palabra era posible, ninguna era palpable, solo sonidos, todos ellos dolorosos.

-Hazme un favor cielo,-dijo Lisa a la mujer- coje la pala y entierra mi pecado. Arrastra a tu bastardo y entiérralo junto al mio, ya sabes, para que se hagan compañía en el infierno.

Lisa señaló en dirección a la base del arco del puente Tibody.

-La noche se acaba, y por hoy, ya he bailado suficiente –dijo antes de irse.

Velmin y Lisa se marcharon por donde habían venido. Algo mas ligeros de equipaje.

 

4

 

El banco era de madera, vieja pero segura. Se tumbó en ella hasta que sintió el amanecer resbalar por sus mejillas.

Cuando abrió los ojos, vio a Carlos abrir su bar. Esperó diez minutos antes entrar y pedir un sándwich de queso y un café. Bebió el café y volvió con el sándwich al banco de madera.

En realidad no tenía demasiada hambre, se sentía llena, tenía la sensación de haberse pasado la noche comiendo.

Vio un periódico sobresalir de una papelera a un par de metros de ella. Se levantó a por él y volvió a sentarse en el banco.

 

“22 de Diciembre.-

Un hombre entra en una cafetería y dispara cuatro veces contra su exmujer, luego se vuela los sesos.”

 

Desvió la mirada del periódico al escuchar a una pareja discutir en la acera de enfrente. Salían de un portal, él llevaba una maleta gris, traje y corbata marrón. Ella sujetaba a un pequeño perro pequinés. Se fijó en los ojos del hombre, sintió haber visto antes unos ojos como esos. Vio un millón de tonalidades oscuras en aquellos ojos.

 

“23 de Diciembre.-

La mujer está sentada en el sofá de su casa. Oye ruidos. Se acerca a la puerta de entrada del piso. La abre. Él está borracho, le recrimina, la insulta, la golpea, finalmente la mata clavándole un destornillador en la cabeza.”

 

Lisa miró a la mujer con la cabeza agachada cuando el hombre del maletín la empujó contra el coche. Oyó alguna palabra suelta. Algo como…. Inútil, estúpida…. algo como …. ¡No vales para nada zorra de mierda!… Se preguntó así misma si no se había vuelto loca, si ya no era capaz de escuchar otra cosa que locura. Consiguió distinguir los ojos de aquella mujer y vio amor.  Vio que amaba a aquel hombre de cara chupada y ojos vidriosos. Lo amaba a pesar de todo. No se preguntó como era posible, sabía perfectamente que lo era, lo sabía mejor que nadie.

 

“24 de Diciembre.-

Un cuarto piso vuela por los aires. Una mujer y dos niños de dos y cuatro años mueren calcinados. Horas después se entrega un hombre que decía ser su marido. Tenía una orden de alejamiento. “

 

Pensó en librar a esa mujer de su miseria.  Se acercaría a cinco centímetros de la nariz de aquel hombre, solo para ver como de grasienta era su alma.

<<Hola cariño, he visto la muerte en tus ojos. Permíteme que te ofrezca la muerte en los míos>>

Pensó en lo rápido que entraría una bala en la enjuta cara de aquel hombre, y en lo rápido que saldría.

Menudo agujero joder. ¿Se vería a través de él?

<<Mi locura está tres pasos por delante de mí. He avanzado dos y estoy pensando en saltar al abismo. Se que la sinrazón me recibiría con los brazos abiertos, un sorbito de champán y un canapé de caviar.>>

Dio un mordisco a su sándwich de queso mientras veía a la gente pasar.

Conocía un barrio donde……dicen que ahí….. un tipo bajito y encorvado, con aspecto de cucaracha estreñida…. las vende.

Sí, se dijo. Una de esas pistolas automáticas, pequeña, ligera y plateada.

Tal vez vaya, tal vez compre una. Tal vez luego vaya a por aquel tipo, el de la cara de judía, el de los ojos empañados de rencor. Tal vez le haga una visita. Y si lo hace, ella será lo último que vea.

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