Émpata

Publicado: 24 mayo, 2018 en Relatos, Terror

Ana se acuclilló junto al charco rojo. La sangre era oscura incluso en la noche. Se preguntó por el misterio de su color, aquel rojo que la llamaba, que la había llamado desde siempre, solo de ver la sangre, solo de imaginarla, solo de tocarla con uno de sus dedos. Hundió la mano en el charco que yacía en el suelo y se impregnó de sangre. La vio correr por su mano, deslizarse en gruesos surcos, escurriéndose de su poder, goteando al fin y al cabo. Ella y la sangre. Se limpió la mano y caminó hasta el cadáver. Era una mujer de unos veinte años, vestía vaqueros y una camiseta rosa en la que rezaba “Besa el Sexo”, tenía el cuello cortado de oreja a oreja y toda ella estaba empapada en sangre.

-Besa el sexo ensangrentado -dijo la mujer tras observar a la víctima.

Había traído su propia cámara de fotos y cuando terminó el fotógrafo de la policía hizo trabajar el flash.

Fotografió el callejón donde había sido encontrada la mujer, un ancho, sombrío y rectangular callejón sin salida. Sus cuatro costados eran las espaldas de edificios cuya entrada estaba en la otra parte de la manzana. En aquel callejón sólo había oscuridad y podredumbre, aquel lugar había contemplado a multitud de vagabundos vivir en sus entrañas y vomitar sobre su asfalto, mear en sus cubos de basura, pero sobre todo sangrar, sangrar y morir en su inerte regazo.

Fotografió a la víctima, apaleada, ¿violada? Muy posible, tenía restos de semen en los pantalones a medio subir. Mutilada, la camiseta que llevaba prendida en sangre, se ahuecaba donde debía estar el pecho izquierdo.

Luego bajó su mirada hasta los ojos de la víctima. Azules, fijos y carentes de expresión. Esperaba encontrar una faz aterrorizada, con rasgos estirados y ojos retorciendo un grito de terror acallado. Pero no había nada, solo labios gruesos y pálidos, con conchas de sangre en las comisuras de la boca, la nariz desagradablemente rota y aquellos ojos que no dejaban de mirar a la muerte.

Fotografió aquellos ojos.

 

1

En el tiempo en que saboreó la gélida cerveza, oyó como un tipo barrigudo emitía un repugnante sonido por su garganta. Matt pensó en matarlo, trató de buscar alguna razón para acabar con la vida de aquel bastardo. Pero abandonó la idea cuando Joe el Barman cambió el canal de televisión y pudo ver el segundo tiempo del partido de fútbol de los Águilas Rojas contra los Dioses Sureños. Uno de los Águilas avanzó hasta la portería y el portero se abalanzó sobre la pelota y la cabeza del tipo rebotó en la zapatilla claveteada del Águila. Alguien grita gol mientras el portero de los Dioses se retuerce en el suelo con las manos en la cabeza, como si tratara de cerrar el paso de los sesos deseosos de salir por la brecha que tiene en el cráneo.

Pasado el interés por el partido (al contrario que los demás tipos del bar) Matt se vuelve en busca del tipo barrigudo sosteniendo su jarra de cerveza, pero no lo encuentra. Lástima, se dice, necesitaba una buena pelea. Matt gruñe, necesita descargar adrenalina pero las ideas no acuden a su cabeza.

El dolor volvió a su cabeza, un dolor que ataca a un hombre tan enorme como Matt debe ser infernal, un dolor que irrita a Matt hasta el punto de desear estrangularse a sí mismo debe ser como cien mil pares de demonios taladrándote el cerebro con pequeños destornilladores que giran y escarban, y penetran en la carne… Pero Matt sabía que el único modo de hacer pasar el dolor era transmitirlo a otros, causarlo a otros. Y fue en busca de la causa de su dolor.

Salió del bar conteniéndose a duras penas para no reventar a todos aquellos mamarrachos y caminó a lo largo de la avenida hasta la primera intersección. La cabeza le ardía horrores. Alguien se la estaba pateando con insistencia. Cruzó la calle y siguió atravesando un pequeño parque, a un lado en un banco había una pareja besándose. El llevaba una camiseta del canario piolín con su enorme cabezón amarillo (parecía reírse de él) “Me pareció ver a un lindo gatito, ¿y a ti Matt?” y ella ¿qué llevaba ella? Matt siguió por el parque hasta encontrar un banco vacío. Y cerca de noventa kilos de robustez se desplomaron sobre aquel pobre banco de madera. Estaba anocheciendo y en la cabeza de Matt, un tipo con una botella de ácido sulfúrico, se había unido a la fiesta para joderle bien. Se agarró la cabeza fuertemente, como el portero de los Dioses, sí recordó a aquel portero de fútbol, tratando de impedir que sus sesos impregnaran el césped. Lo recordó revolcándose en el barro del campo soltando sonidos guturales, intentando gritar… sin conseguirlo. Matt también sintió ganas de gritar, pero su cabezonería se lo impidió. Frunció el ceño, torció la boca y emitió un gruñido animal, totalmente animal. Se recuperó en un par de minutos cubriendo el dolor por un manto artificial fabricado por él mismo en su cabeza. Y volvió a emprender su camino.

 

2

A George, le molestaba la cicatriz, le había estado molestando durante todo el maldito día y eso no había mejorado en absoluto su humor. Se levantó de la cama y miró a la chica tirada en un rincón, tenía el pelo castaño revuelto a pesar de su intento de moño, estaba pálida y unos enormes moratones adornaban horriblemente ojos y rostro. Estaba descalza, tenía cortes en pies y manos y la rasposa cuerda que apretaba sus muñecas no mejoraba nada el asunto.

-¿Sabes con qué he soñado, nena? He soñado con Dios y te diré una cosa, él se arrodillaba ante mí. Creo-creo que mas que un sueño ha sido-ha sido una ¿revelación?

George, un tipo cuyas venas eran tan visibles en su cuerpo como su sonrisa llena de malas intenciones, sonrió, forzando a su flacucho cuerpo a estirar la piel lo suficiente como para que aquella sonrisa se asemejara a algo de este mundo, sin conseguirlo apenas.  La chica fijó sus legañosos ojos en el yonqui, vio su enorme rostro alargado y deforme lleno de arrugas y cicatrices, y su brazo cubierto de pinchazos llegar hasta su cabello. Y estirarla. No gritó ni luchó cuando la arrastró hasta la cama cogiéndola del pelo, al fin y al cabo, el dolor se había convertido en un compañero muy habitual en su cuerpo, demasiado conocido y fuerte como para poder rechazarlo, pero ya no le importaba, solo deseaba que se fueran todos sus sentidos al carajo sobre todo aquel maldito dolor que la mantenía consciente. Tal vez, esta vez le pondría una dosis suficiente como para acabar con ella. Rezó por que así fuera. Pero sus plegarias ya no tenían la fuerza que habían tenido las primeras semanas de su “estancia” en aquel estercolero, aquel infernal piso donde la habían llevado, raptado, drogado, apaleado…y aunque una vez pensó que la violarían no fue así, estaba claro que a aquellos colgados no se les ponía tiesa.

George le enseño la jeringuilla goteante.

-Te gusta esto verdad, nena. Sí, ya lo creo que sí.

Desearlo, nada más lejos de la realidad. Solo deseaba paz. Paz, ¿era tan difícil conseguirla? Una palabra tan sencilla y tan complicada al mismo tiempo. La paz de una quietud, la paz de una sonrisa sincera y tranquilizadora, la paz refrescante y serena de la felicidad, la paz inalcanzable de la realidad.

George la aupó sobre la cama y se echó sobre ella. Sobre la chica zombie. Respiraba, su corazón latía pero no parecía dar mas muestras de vida. Le mostró la aguja oxidada, con una sonrisa entre los labios, pero la chica no se inmutó al ver la jeringuilla. Pensó en atravesarle el globo ocular, tal vez así, le prestaría más atención, le acercaría la pequeña aguja hasta el iris de unos de sus ojos y lo punzaría, y lo punzaría hasta que aquella estúpida gritara. Unos gritos de súplica o de horror serían música para sus oídos. En los años en que había estado practicando aquellos “juegos” secretos jamás encontró a nadie tan resistente como aquella chica. Los primeros días después de cazarla en el metro y llevarla hasta su guarida, la golpeaba durante horas atada a una silla mientras Jeffries la amenazaba con un revólver “Si gritas zorra, eres cadáver” en aquellos días gemía de dolor y sus lágrimas abrillantaban su voluptuoso cuerpo. Luego cesó de exteriorizar el dolor, incluso cuando le permitieron gritar, no lo hizo, siguió aguantando las palizas a la que la sometían sin emitir el menor sonido, sin manifestar gesto alguno. Aquellos días que tanto placer proporcionaron a George, aquellas primeras semanas en que la chica se resistía le había administrado pequeñas dosis de droga para mantenerla despierta “todos tenemos derecho a divertirnos” decía con su voz gruesa y rasposa. Pero todo aquello pasó y aunque llegó a pensar que su juguete la palmaría en la segunda semana, como había ocurrida con las otras, no sucedió y el placer que proporcionaba a George golpearla y a Jeffries mirar cómo lo hacía, pasó a ser odio. Aquel odio había quebrado un brazo a la chica y roto un par de costillas. Pero ella seguía viva y George estaba cansado de aguantar su impasividad. Esta vez lo que sus golpes no consiguieron lo conseguiría una buena dosis de veneno ardiente y corrosivo en sus venas. Y la vería, sacudirse, tragarse la lengua, sangrar por su puerca y testaruda boca y morir. Para George eso sería el éxtasis definitivo, estaba deseando penetrar la piel de la zorra y acabar con ella pero decidió esperar a que Jeffries volviera.

 

3

Jeffries acababa de dejar el cuerpo inerte de Cristal en el contenedor de la esquina cuando se tropezó con el hombre grande.

Cristal era una pequeña perra de raza pequinesa que había comprado hacía un par de años en una tienda de animales de la calle Pensinton. La tienda se llamaba “Perrolandia” y era un lugar bastante reducido y sucio propiedad de un tipo calvo, bajito y regordete que respondía por Mázius. Mázius se las daba de entendido en lo que se refería a canes y convenció a Jeffries para que se quedara con aquella pequeña pequinesa. “No encontrará un perro como éste, amigo. Si lo que busca es una fiel compañía, amigo le contaré que…” Y así podía seguir el tipo durante horas hasta que uno harto del pesado o compraba o se largaba para siempre jamás. Jeffries fingiendo atender a todas las razones que Mázius exponía, asentía de vez en cuando pero en realidad le importaban una mierda las razones del tipo y todo su parloteo superficial y vano, a fin de cuentas, él había venido a comprar un perro para hacerle compañía, tanto daba uno que otro. Y eso fue lo que hizo, se agenció a la pequinesa y se alejó de aquel odioso tipo que le despedía prometiéndole “un nuevo mundo en compañía de su fiel amiga”

Lo primero que Jeffries hizo con la perrita fue marcarle su inicial en la piel con un cristal roto. Una “J” ensangrentada que casi acabó con el cachorro de grandes y oscuros ojos. “Cristal” le pareció un nombre como otro cualquiera y así fue como la presentó a sus conocidos. La enseñó a no ensuciar con el piso a basa de jarabe de patadas, solía llevarla de un rincón al otro de la casa a puntapiés o golpeándole en el morro hasta que sangraba. Jeffries estableció como dieta principal para Cristal, cucarachas. Por lo que fuera, su piso era propenso para que las cucarachas acudieran en hordas y uno de los pasatiempos favoritos de Jeffries era acabar con ellas, ya fuera envenenándolas o pisándolas con sus pies. Adoraba aquel “crunch” que hacía la cucaracha al reventar bajo la presión de su pie. Cristal estuvo semanas sin comer hasta que accedió a comer los cadáveres de cucarachas que le arrojaba Jeffries sobre su cuenco. “Come” gritaba Jeffries y disfrutaba mientras Cristal devoraba aquellos bichos y luego la golpeaba en el hocico solo por alimentar su retorcido y cruel sentido del placer.

Y así siguió durante mucho tiempo hasta una mañana en que Cristal simplemente, hizo un crujido final.  Aquella mañana Jeffries la había estado golpeando con un martillo en la cabeza mientras reía a carcajadas. “Crunch”.

 

4

Matt se acercó hasta la fuente de su dolor. Había observado como aquel hombrecillo arrojaba a una pequeña perra dentro del contenedor y ahora lo tenía ante sí. Conocía a aquel hijo de puta, lo había visto a través de los ojos del animal durante los últimos días, las últimas horas en que su cabeza había estallado en un infernal y agudo dolor. Aquel dolor acabaría con él si no acababa antes con su origen. Cristal había estado clamando venganza durante todo ese tiempo a través del dolor que llegaba hasta Matt. Y él no podía defraudarla en absoluto. Así que para empezar le partió los dientes. Matt sintió reducirse la intensidad de su propio dolor. Su cabeza ya no estallaba pero aún emitía alaridos de dolor. Le pateó el estómago y aquellos gritos que le estaban friendo el cerebro pasaron a ser mas pausados. Se acuclilló junto a un lloriqueante Jeffries y comenzó a golpearle en la cara sin prisa pero sin pausa y tan fuerte como sus propios huesos resistieran, lo hizo hasta que no hubo mas que pequeñas chispas de dolor en su cabeza. Se sintió aliviado y asqueado al mismo tiempo de toda la sangre que había despedido aquel tipo. Sacó a Cristal del contenedor y antes de irse agarró la cabeza de Jeffries y la hizo girar  180 grados. Para acabar con su dolor… el de ambos.

Matt sonrió cuando vio levantarse a Cristal del suelo. Sintió la alegría de la pequeña pequinesa, sintió su bienestar como ella sintió el de Matt.

-Hola, preciosa, bienvenida a la vida. Tú la mereces mas que este bastardo hijo de puta.

La perrita se acercó hasta Matt, quien tendió sus dos enormes manos, y se las lamió agradecida. Matt la acarició suavemente mientras comprobaba que sus heridas habían dejado simplemente de existir, y aparentemente todo estaba bien excepto algo. Una de sus patas traseras cojeaba. Matt tornó su faz seria y miró atentamente a los ojos de Cristal para tratar de averiguar si alguien mas la había maltratado.

La sensación de mareo repentino volvió a invadir su mundo como tantas veces lo había hecho en los últimos días, se encontró sin equilibrio, inmerso en torbellino de imágenes, de estallidos de luz, de desconocidos mostrándose ante él como en una vieja película en blanco y negro excepto que el protagonista no era Humphrey Bogart sino un vomitivo elemento llamado George McReady que al parecer compartía la misma afición de proporcionar dolor a sus semejantes para su propio disfrute que aquel Psicópata cabrón de Jeffries, incluso se conocían. Y mientras el archivo mental perteneciente a George McReady pasaba de Cristal a Matt, éste sintió como su propia pierna crujía, sintió retorcerse su pie y volver al sitio. Vio al tal George patear a Cristal y pisarla a conciencia en medio de una risa enferma. Aquella absurda carcajada inundó los oídos de Matt y le hizo gritar de dolor, un dolor que atravesó todos los poros de su piel, un dolor que no era solo de Cristal, había alguien mas que sufría… trató de acceder a ese otro ser a través de Cristal y un nuevo tornado de secuencias pasaron ante él. Y un millón de mundos gritaron ante aquel nuevo y desgarrador dolor que hizo llorar a Matt.

-Vamos, Cristal, llévame hasta ella -susurró entre sollozos.

 

5

Phillis J. Dunahiart había estado en aquel pudriento trabajo durante más de diez años. Había soportado a tipos de todas las calañas, desde prostitutas hasta viajantes en busca de éstas, pasando por estudiantes o turistas en busca del hotel más barato de la ciudad. Phillis era el recepcionista de uno de los hoteles con mayor población de ratas de toda la ciudad y en cierto modo estaba orgulloso de ello, y es que el hotel “3 Sirenas” el lugar donde había estado trabajando desde que le echaron de la empresa de Automóviles “Dilmore”, era el más incómodo, maloliente y ruidoso con diferencia al resto de los hoteles de la ciudad. Se sentía cómodo sentado tras su pequeño mostrador, con su pequeña tele portátil  y la vista de una casa de citas frente al hotel. Gracias a las puertas transparentes de cristal de la entrada había podido comprobar día a día la cantidad de variopintos personajes que entraban en aquel viejo prostíbulo. El edificio estaba bastante maltrecho y Phillis pensaba que si aquel lugar no lo habían demolido era porque era visita habitual de algún pez gordo del gobierno. Una vez incluso vio al famoso comentarista de radio Roberto Castilla entrar allí, un tipo que se había hecho famoso por meterse contra todo bicho viviente de la ciudad. Phillis recordó haberle oído en un programa de madrugada llamado “La hora muerta” en el que arramblaba contra las prostitutas metiéndose con ellas a más no poder, ¿que dijo al terminar el programa?, se preguntó Phillis, “…y recordad si queréis que os apeguen alguna enfermedad ¿qué tal el Sida? o echar vuestra vida a perder, iros de putas, id a que esas vagas os follen hasta partiros el alma…” Phillis no le dio mucha importancia a aquello, a fin de cuentas, muchos políticos también habían venido al hotel mas escondido de la ciudad sólo para poder engañar a sus mujeres con tranquilidad o mantener sus particulares perversiones al día. A Phillis no le importaba demasiado lo que ocurriera en las habitaciones lo único que le interesaba era cobrar a final de mes para poder ir de vez en cuando a ver algún partido de fútbol. Era un fanático de los “Dioses” el equipo local y aunque en los últimos partidos las cosas no les habían ido muy bien, Phillis confiaba que con la nueva adquisición de Miguel Breinard, el delantero de los pies de fuego, las cosas cambiaran radicalmente. ¡Qué joder, el club había pagado cuarenta millones por aquel fichaje! Y si el chico no respondía lo más correcto sería arrojarlo a las masas para que lo colgaran de un árbol. Una idea atrayente pero a Phillis no le pareció probable que ocurriera algo así, aunque pudiera ser divertido. No, si Miguel Breinard no funcionaba lo más seguro era que lo vendieran a otro equipo y santas pascuas. Phillis esperó que el jugador de los cuarenta millones valiera la pena por que la alternativa era que el mismo se le acercaría y le reventaría los cojones de un balazo, no importaba que le pillaran, la satisfacción merecería la pena.

Pero todo y nada era lo mismo comparado con la visión de aquel tipo entrar por las puertas del hotel secundado por un pequeño perro pequines, que por otro lado le resultaba de lo más familiar. Era un tipo enorme de cabello corto y moreno, poseía una frondosa barba negra como el carbón más puro tan solo blasfemada por unas cuantas tiznas blancas a ambos extremos de la barbilla. El tipo, que avanzó hasta Phillis con gran decisión tras el perro, poseía el más extraño e inquietante dibujo de Mickey Mouse hubiera visto nunca, plasmado en una camiseta negra, con letras blancas y gelatinosas que expresaban: Amaría a la Muerte si tuviera rostro de mujer. El Ratón despedía sangre por la boca y los ojos parecían caerse de sus cuencas, era como si Mickey el Ratón hubiera estado en Hiroshima cuando lanzaron la gran bomba.

-Mire amigo -le dijo Matt- no me voy a andar con rodeos, dígame la habitación donde se encuentra un tal George McReady o usted y yo tendremos un serio altercado.

Phillis le miró intrigado. Y como si sus pensamientos hubieran sido empujados hasta sus cuerdas vocales…

-¿Va a matarle?

-¿Cómo?

E insistió…

-Solo quiero saber si lo va a matar. Apostaría mi sueldo a que así va a ser.

Matt sonrió.

-¿Acaso tengo cara de asesino? -fue su única respuesta. Y Phillis la entendió como tal pues no tardó mas de dos segundos en facilitarle el número de la habitación y el piso donde se encontraba.

-Puede coger el ascensor si quiere aunque no se lo recomiendo, el Miercoles pasado se rompió el cordón umbilical en el cuarto piso con un tipo dentro. No murió, pero se cagó en los pantalones. Desde entonces el tipo vomita en cuanto oye la palabra “ascensor”. Resulta inquietante cómo puede afectar una palabra a alguien ¿No cree?

Matt se limitó a mirarle, divertido por la extraña disposición de Phillis para indicarle el camino. De todas formas la perra decidió por él, apresurándose por las escaleras.

 

De camino estuvo pensando en lo inquietante que resulta pasear por las madejas del destino, alterándolo de un lado u otro según su designio que no era mas que el designio de otro ser cuya fantástica procedencia le era absolutamente desconocida, cómo lo había sido siempre, ya que, por fortuna o no, no estaba seguro de que su debilitada mente pudiera aceptar más sorpresas como la de los últimas semanas. Así pues lo único que le había quedado era resignarse y jugar con las cartas que tenía, que no eran muy buenas dado que no tenía ni la más remota idea de cómo acabar la partida, pero siguió jugando por la sencilla razón de que la situación le obligaba a ello. Pero las malditas cartas no se acababan desde que empezó a jugar con el rostro de un niño de cinco años en su cabeza llamado Nicolás, al que no conocía de nada en absoluto, pero que conoció por entero durante una pesadilla en la que dos gigantes le ponían un ojo morado y le partían la nariz. Cuando Matt despertó de aquella terrible pesadilla, apenas podía respirar y su nariz rota “espontáneamente” tenía parte de culpa, y el ojo izquierdo totalmente cerrado y amoratado no le tranquilizó lo más mínimo. Aquello solo fue el principio de una extraña y enfermiza locura que se había apoderado de Matt súbitamente. Como si se trataran de recuerdos implantados artificialmente, toda la vida de aquel niño llamado Nicolás pasó por delante de sus ojos, una vida corta, llena de maltratos y abandonos por parte de sus padres. El dolor de Nicolás fue el de Matt y algo le impulsó a llegar hasta él, a encontrar a los  padres del crío y …. a enviarlos al hospital de una paliza. En un principio no se sintió bien, cuando llegó hasta la casa de Nicolás y comenzó a golpear y golpear a sus padres pero luego… luego fue como si se hubiera bañado en la fuente de la juventud. Se encontró increíblemente bien, el dolor pasó tan repentinamente como había comenzado y su nariz rota se arregló inmediatamente, también la de Nicolás. Pero las cosas no acabaron ahí, no, no podía ser tan sencillo como una pasajera experiencia extraña, no, el dolor de otros siguió conectándose a su sistema nervioso, a su mismo cuerpo, a su psique y siempre, siempre la respuesta era devolver ese mismo tormento a la causa misma, a la fuente, al ser que lo había producido o lo seguía haciendo, por cruel o ¿poético? que pareciese.

Cristal se detuvo delante de una puerta y comenzó a gruñir. Al parecer, ni siquiera habían hecho falta las señalizaciones del conserje.

-No nos demoremos más, pequeña.

Matt balanceó la pierna derecha y le dio un puntapié a la puerta.

-Toc-toc.

 

6

Reguló la intensidad de las  lámparas de un modo que sus ojos pudieran soportar la luz. Dejó las gafas oscuras sobre la mesa, se sintió extraña al hacerlo, parpadeó varias veces hasta que sus ojos se sintieron cómodos y aún así los mantuvo entre abiertos como si se tratara de una miope intentando enfocar la visión.

Era mas de medianoche y comenzaba a sentirse bien, la noche estaba con ella mirándola fríamente como siempre lo había hecho. Odiaba el día por su falsedad, su hipocresía. Amaba la noche por su sinceridad, por su gélida y cruel sinceridad. En la noche se revelaba la verdadera naturaleza de la humanidad, su verdadera condición, la bestia que todos llevamos dentro y nos negamos a aceptar como una enfermedad contagiosa. El salvajismo, los crímenes, la sangre… todo surgía en la noche con más claridad, eso lo tenía muy claro. “Mírame en la oscuridad, y dime si miento.”

Se preparó un zumo de tomate y se descalzó. Miró la cinta de video que había dejado sobre la mesa. Resopló fingiendo soltar humo por la boca. ¿Por qué no? Cogió impulsivamente la cinta y la introdujo (con fuerza) en el video. Encendió la tele y se hizo con el mando a distancia.

La carta de ajuste dio paso a una habitación semivacía excepto por una mesa y un par de sillas a ambos lados de la misma. Era una sala de interrogatorios. La imagen tembló unos instantes, quedó bloqueada por una cortina de nieve para luego, segundos después, volver a la imagen de la sala pero esta vez con la faz de una mujer enfocada con un zoom amplio. Luego el zoom se acortó revelando una segunda presencia en la sala, pero de esta última tan solo se podía ver la espalda de una mujer, de traje gris y cabello moreno corto y rizado.

-Soy una raza nocturna -se identificó después de dar un sorbo de zumo..

El objetivo volvió a adueñarse por completo de la primera presencia.

Es una mujer de unos veinticuatro años, metro setenta y pelo castaño recogido en un moño. Sus facciones son lisas y suaves, tiene los ojos marrones, los labios generosamente rojos y una nariz que conjuga extrañamente bien con el resto de su rostro. No está triste en absoluto. Las ropas que lleva no son suyas, se las prestaron el hospital dado que cuando llegó vestía tan sólo harapos empapados en sangre reseca. Sin embargo ella no tenía ni un solo rasguño, al contrario que su agresor, a pesar de que la sangre  del vestido identificada en los laboratorios de la policía pertenecía sin duda a la mujer. El problema es que a ella no le quedaba cicatriz que diera fe de un posible maltrato y sin embargo… El agresor por el contrario presentaba evidencias más que palpables, de hecho, alguien le había roto todos los huesos del cuerpo y lo había rematado arrancándole la nuez de la garganta. Y si había sido ella, no había dejado huellas que lo demostrara.

En la sala de interrogatorios, la detective de homicidios Ana Lee Carpenter puso en marcha la grabadora.

-¿Cuénteme lo que ocurrió Srta Madison?

-¿Ha tenido alguna vez la sensación de morir para luego volver a nacer?

Sara Madison dejó un breve espacio de tiempo para dar opción a la respuesta. Luego prosiguió.

-Yo sí, y le aseguro que es una experiencia renovadora. Una cosa con forma de hombre me raptó y maltrató por puro placer durante un tiempo que no quiero ni recordar ni precisar…

“George Mcready, repasó mentalmente Ana,  un psicópata que disfruta causando daño”

-… pero llegó alguien, no sé, una sombra azul y a rayas, una forma grande enorme que mandó a ese… a ese ¡hijo de puta! al infierno. De donde probablemente provenía -dijo más serena- le envió de una patada en el culo de vuelta a su “hogar”.

-¿Cómo explica que no tenga ninguna herida o contusión?

Sara sonrió alzando los hombros al unísono en señal de duda.

-¿Qué puedo decir? “El” me curó.

-¿Instantáneamente?

-Una locura, desde luego, tal vez los ángeles existan, los ángeles vengadores y yo fui rescatada por uno de ellos..

-¿Y cómo…cómo era ese “ángel”?

-¡No lo sé, mierda! No consigo recordar su aspecto, recuerdo a ese monstruo a punto de matarme cuando la puerta del piso se hizo pedazos…

 

…El Monstruo me arroja de la cama y me golpeo la cabeza contra el suelo. Pero no estoy inconsciente. Puedo oír, oigo un ¿ladrido? sí, y luego un gruñido salvaje, es el ángel gruñe porque siente el dolor ajeno en sus entrañas y necesita exterminar el foco para poder curar. El es un Sentiente, sí, y el sentiente se arroja con ferocidad sobre el monstruo. Oigo los golpes y el crujir de los huesos, y el gemir del monstruo que se echa a llorar ante la descomunal furia del ángel vengador. Piedad, grita el monstruo, piedad, te lo suplico. Así grita el monstruo mientras el Sentiente golpea su impuro cuerpo una y otra vez, desparramando su sangre por toda la habitación. Y ¿sabe qué? Ahora soy yo la que me crezco ante el dolor del monstruo, mis costillas y huesos se sueldan y reconstruyen, todo mi cuerpo se restablece como bañada por una luz celestial y me siento cojonuda. Oigo la respiración del monstruo, yace en el suelo, jadeante, incluso parece que le cueste toser, está muriendo por el tremendo castigo del Sentiente. Luego un desgarrón, resulta un sonido asqueroso, mezclado con un chapoteo. ¿Es una locura, no cree? ¿Cree usted en Dios? Yo no creía, pero he cambiado. Ahora creo en un Dios vengativo, un protector de los inocentes con muy mala leche.

Ana Lee no hizo el menor gesto de asombro, no dejó asomar ni la más mínima señal de desconcierto, por mucho que lo estuviera.

-Eso es todo por ahora, Srta Madison -se limitó a decir.

Desconectó el video y apagó la televisión. Se recostó en el sillón entre un montón de cojines y cerró los ojos. Era una noche hermosa, tan hermosa.

 

 

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