Manual de Música Moderna

Publicado: 22 mayo, 2018 en Relatos, Terror

1: El Regalo

-¿Cuánto pide por él?

Esta lleno de polvo, y esas tapas, deterioradas por el tiempo, ese libro es un viejo lleno de arrugas.

El hombre de detrás del mostrador la mira, se llama José, se ha presentado en cuanto Elena ha entrado en la tienda. Se llama José Gómez Izquierdo y está para servirla. Todo seguido de un gracias por parte de ella y un solo quiero mirar. ¡Claro, mire todo lo que usted quiera, bonita!, eso fue lo que le dijo el buen José, soltando aquel piropo mas por costumbre que por haberse fijado realmente en ella.

Y Elena entró y miró, o fingió que lo hacía pues sus ojos ya se habían fijado previamente en algo de aquella tienda, algo que, a pesar de su condición inerte, la había mirado y ella no había tenido mas remedio que devolverle la mirada. Hacía, hacía. ¿Cuánto?

Retrocedamos.

¿Diez minutos antes que se decidiera a entrar en la tienda de libros viejos? ¿O puede que fuera mas? Sí, mas, al fin y al cabo, estuvo mirando aquel libro durante un buen rato en el escaparate de la tienda: “Manual de la Música Moderna”, luego siguió su camino hasta que se paró antes de cruzar un semáforo, y retrocedió volviendo al escaparate como atraída por un imán, consiguiendo zafarse una vez mas de su influencia y dando un par de vueltas a la manzana para razonar sus ideas, para ver como enloquecida por la duda de adquirirlo regresaba de nuevo al escaparate de la tienda de Gómez Izquierda nombrada por “Libros de Usar y Tirar”, curioso nombre para un establecimiento, sí. Y entró, sí, porque se dijo, será un buen regalo para Manolo, sí y ya pronto es su cumpleaños, lo compraré, lo almacenaré y cuando quede con Victoria y Manolo, le haré el regalo, conociéndolo estará encantado por una rareza tal. Una rareza musical convertida en texto.

¿Cuánto pide por él?, insiste de nuevo Elena al ver la cara de dudas del librero.

La cifra que cae de los labios de Gómez es de chiste, irrisoria, tan nimia que Elena apenas puede contener la sonrisa, apenas puede atrapar un “Ese hombre no sabe la antigüedad de lo que tiene entre manos”. Lo paga sin dudar, y el librero cuenta moneda por moneda, tal y como le enseñó su padre cuando solo era un niño. Joselito, chico, si no cuentas te timarán, se quedarán con lo que te pertenece, tu deber es contarlo, contarlo todo.

Manual de la Música Moderna por Edgar Ray Loriga, el libro está fechado en 1713, narra la vida del propio Loriga, músico del siglo dieciocho hasta su misma muerte, se dice que el último capítulo lo escribió él mismo, ya muerto, desde el mas allá, y en él una de las mas bellas partituras musicales de todos los tiempos está plasmada: Elegía a la Muerte.

Era un dieciséis de Julio cuando Elena envolvió para regalo el libro y lo guardó en el armario del dormitorio de su casa, allí donde ella anticipaba los regalos, donde reposaban todos y cada uno de ellos para que cuando llegara su fecha indicada, fueran obsequiados. Solía comprarlos con antelación, eso, le evitaba dolores de cabeza de última hora.

Sonó el teléfono en cuanto cerró el armario y Elena se vio transportada, no inmediatamente desde luego, pero sí a causa de la llamada a un lúgubre lugar lleno de rostros compungidos y vestidos de negro. El velatorio se celebró a las seis de la tarde y apenas conocía al difunto, tuvo que preguntar varias veces su nombre, un nombre casi anónimo para ella, uno de tantos que habían cantado junto a ella en ese grupo de gente amantes de la música que al principio fueron casi una familia y luego un montón de elementos dispersos con un común denominador que se había ido desvaneciendo durante los años. Elena tuvo que hacer un esfuerzo para recordar al fallecido, su rostro ahora pálido y carente de vida había sido capaz de soltar risotadas burlescas en medio de un concierto ganándose docenas de miradas de odio, la de Elena incluida. Tuvo un extraño sentimiento de culpabilidad por no haber conocido mejor a aquel hombre. ¿Quién era realmente? ¿A qué se dedicaba cuando estaba fuera del grupo musical? ¿Tenía pareja? ¿Hijos? ¿Su vida había sido plena? Su vida había acabado, pero ¿cómo?, aunque ¿realmente lo quería saber? ¿Acaso no estaba en aquel lugar lleno de lágrimas por puro compromiso? Por dios, pero qué estaba haciendo allí.

Victoria se le acercó a las puertas del lugar en donde el difunto era recibido por un sinfín de almas que todavía podían pisar la tierra. Sintió el abrazo de Victoria y la acompañó hasta el lugar donde había dejado el coche. Respiró de alivio al dejar aquel lugar atrás junto a su amiga.

La rubia mujer abrió la puerta del copiloto y sacó un paquete de cigarrillos de la guantera, luego la cerró de un portazo. Tentó a Elena con un cigarrillo, que ésta rechazó cortésmente –como siempre hacía-, y luego lo encendió. Segundos después de pasearse el cigarrillo por las comisuras de los labios, como quien pasea a una mascota, procedió a la invitación, y aunque no era nada usual brindar una invitación para un cumpleaños en semejantes circunstancias, aquel era un momento tan bueno como cualquier otro. El sábado sería un día estupendo para ello, al comenzar la tarde, habría té, pastas y vendría la gente imprescindible, los mas cercanos, serían pocos pero bien avenidos, cantarían, contarían viejas anécdotas y se harían unas fotos para recordar tan agradable día.

Nino, ese hombre alto, de mirada seria y sonrisa difícil, que se convertía en el mas payaso de los seres humanos cuando compartía su intimidad con Elena, les enfocó mientras sonreían todos en el jardín de la casa de Victoria y Manolo. Era una tarde espléndida, el sol era suave y les acariciaba a todos y cada uno de ellos con la cálida palma de su mano. Cuando llegó la hora de los regalos y Elena le entregó el suyo, Manolo le dio las gracias, le premió con un par de amistosos besos y la solemne promesa de que disfrutaría de aquel libro hasta su última página. Eran cerca de las nueve cuando brindaron una vez mas, bebieron de la alegría de sus vasos y sobre las nueve y media las despedidas que se alargaron hasta las diez menos veinte, llegaron a su fin con Elena y Nino introduciéndose en su coche dispuestos ya a regresar a su hogar. Durante el trayecto, él bromeó sobre perderse en la oscuridad de los caminos, y ella tarareó algunas de las canciones que había disfrutado con sus amigos del grupo musical en aquel cumpleaños.

Siete días después Manolo estaba muerto.

 

2: El Velatorio.

Sentada en el sofá, las manos de Victoria hacían temblar una taza de café mientras le explicaba a Elena la causa de la muerte de su marido. Manolo había por muerto por inanición, súbitamente y sin explicación había dejado de comer, también de beber, ni líquidos ni sólidos entraron en su cuerpo durante siete largos días. Su metabolismo se deshizo, literalmente. Él era un hombre delgado de por sí, pero al negarse a comer y a beber, se fue deteriorando asombrosamente rápido, hasta no ser mas que una sombra de sí mismo, carne y huesos animados por una voluntad que se fue debilitando hasta esfumarse. Manolo sopló él mismo la vela de su vida.

Cuando Elena acudió por segunda vez en lo que iba de mes a un velatorio,  y pudo ver el cadáver, apenas pudo contener las arcadas de la terrible sensación de angustia que le produjo ver aquella carne seca embolsada en una transparente piel. Sintió el cuervo de la culpabilidad en su hombro derecho, le cantó canciones desgarradas y desafinadas, tenía la estúpida sensación que por dónde se paseaba caía la desgracia, muertes, maremotos, terremotos, enfermedades, destrucción sin mas, Elena se sintió como si fuera todos los jinetes del Apocalipsis juntos, lo cual, meditado durante unos instantes, era una tremenda responsabilidad. Luego se sintió egoísta porque su culpabilidad –esa palabra que le encantaba acunar como a un bebé recién nacido, como un vicio que uno intenta dejar y no puede, y cuyo origen ya se había perdido en la memoria del tiempo-, le robó protagonismo al auténtico invitado de aquella velada, su amigo Manolo, o lo que quedaba de él, un cascarón vacío, un fruto reseco de sabor amargo. Prendada o hipnotizada de la muerte que tenía ante sí, pasó a meditar el verdadero sentido de la amistad, ¿amigos? Bueno, quizás, era una palabra demasiado grande para su relación, ¿conocidos era… demasiado pequeña? Digamos que era el marido de su amiga. Todas aquellas divagaciones le hicieron perder la noción del tiempo y cuando Nino espantó a aquel cuervo que de vez en cuando venía a picotear en su cerebro, con sendas palmadas en su hombro, sintió que se despertara de un trance que la había tenido delante del ataúd, ¿cuánto? ¿En serio? ¿Tanto? . Las palabras “Vámonos de aquí” fueron dichas por él, quien odiaba los funerales tanto o mas que un arroz mal cocinado, y aunque pudiera ser una comparación muy frívola, aquel hombre se tomaba muy en serio ambas cosas, y huía de ellas a la menor oportunidad. Elena trató de coger aquellas palabras como si estuviera cazando mariposas que se le escapaban una y otra vez, al tropezar con conocidos, desconocidos, amigos, todos ellos parándola una y otra vez, con comentarios, besos, abrazos e impidiéndola irse de allí lo antes posible. Así que aquella frase de Nino, “Vámonos de aquí” tardó un buen rato en hacerse realidad, y cuando así se hizo y se metió dentro del coche, obligando a Nino a ponerse al volante después de un “se que no te gusta pero no me encuentro bien”, fue una vez mas interrumpida por un brazo, el de Victoria entregándole el libro “Manual de la Música Moderna” a través de la ventanilla del coche.

“No podía parar de leerlo”, le dijo su amiga después de devolverle el libro que Elena había regalado a su marido una semana antes de su fallecimiento. Dijo eso y nada mas, se dio la vuelta y se fue llevada por una alfombra de lágrimas. No le dio importancia, no se la dio a aquella frase, y se limitó a dejar el libro en su mesita de noche en cuanto llegaron al piso.

 

3: La Tentación

Se despertó a eso de las cinco de la mañana, el calor era terrible, miró a Nino, quien dormía plácidamente y se levanto de la cama, sus ojos bailaron hasta encontrarse con el libro de su mesita de noche. Lo cogió y fue hasta el salón dispuesta a echarle una ojeada. Lo arrojó sobre el sofá y, descalza, primero hizo una breve visita al cuarto de baño y luego a la cocina para prepararse un vaso de leche de avena que procedió a calentar un par de minutos en el microondas. Se sentó junto al libro dispuesta a abrirlo y comenzar a leerlo, lo sostuvo en sus manos, tenía un aspecto mas bien soso, nada en la cubierta ni en la encuadernación llamaba especialmente la atención. Era delgadito, no debía de tener mas de ochenta páginas y en la cubierta únicamente el dibujo de un pentagrama y el título: “Manual de la Música Moderna”. La primera vez que oyó hablar de aquel libro fue a su profesor de Música, Juan Sebastian Rosario, hacía de eso mas de quince años, el hombre había hecho referencia de aquel libro en una de sus clases, como una anécdota simpática para amenizar sus enseñanzas. ¿Sabéis la historia del libro maldito de música? ¿No? ¿Pues os va a encantar?. Grandes risas y bromas se habían formulado en aquella clase y entre los propios alumnos a costa de aquel libro. Años mas tarde volvería a salir en temas de conversación entre los miembros del grupo musical al que Elena pertenecía. Aquel libro era como una leyenda urbana, y tuvo sus dudas acerca de la existencia real del mismo, hasta que se topó con él en aquella vieja librería. Y ahora estaba en sus manos, lo abrió por la última página y se encontró con la famosa partitura “Elegía a la Muerte”. Lo primero que pensó fue en hacer una copia de la misma, encendería el ordenador, el escanner-impresora, y haría una copia. Eso fue lo que hizo. Colocó la copia de la partitura en el piano que tenía a la entrada del salón y luego fue de nuevo hasta el ordenador para apagarlo, sin embargo, antes de hacerlo, abrió el navegador de Internet y tecleó en el buscador el título del libro. Aparecieron 624000 resultados. Cambió la búsqueda y puso la palabra “comprar” delante del título del libro. 762000 resultados. Se sorprendió al comprobar que los primeros resultados habían enlaces a anuncios en los que particulares no es que vendieran el libro, sino que lo regalaban. Avanzó la página de resultados una, dos y hasta tres veces y todos aquellos anunciantes decían regalar un libro llamado “Manual de la Música Moderna”. Se podían ver las imágenes de la cubierta del libro y parecía exactamente el mismo que Elena tenía en sus manos. ¿Tantos ejemplares había de aquel libro en circulación? ¿O era el mismo? ¿El mismo? Imposible. Tuvo una extraña sensación que le recorrió el cuerpo, como una serpiente enrollándose en su columna vertebral, sensación que aumentó exponencialmente cuando al día siguiente fue hasta la librería “Libros de Usas y Tirar” y el dueño le confesó que aquel libro se lo había regalado un desconocido que un buen día pasó por su tienda, no quiso nada por él, se empeñó, absurdamente en regalárselo.

Ni siquiera había comenzado a leer el libro, tan solo había visto la partitura en las últimas páginas, la cual también le daba reparo tocar. Se había quedado absorta en ocasiones mirando aquella partitura, sentada en el taburete frente al piano, dispuesta a reproducirla, a darle vida después de tantísimos años, pero el miedo congeló sus dedos. Miedo que incluso le impedía abrir el libro y comenzar a leerlo. Pero el miedo, un miedo irracional, tuvo que combatir contra un enemigo temible, la curiosidad. Y Elena sabía que un día u otro la curiosidad, ganaría. ¿Qué podía tener que ver un libro, algo inerte, con la muerte de Manolo? ¿Un libro maldito? Qué estupidez. Vamos Elena, piénsalo bien, se dijo una y otra vez, la única maldición que tiene ese libro son las historias que se han inventado alrededor de él. Sin esas historias no es mas que un libro, viejo, sí, pero papel que arde como cualquier otro. Claro que la curiosidad debía ganar, pues era la única que podía vencer y contradecir a un miedo tonto e infantil. Así fue cómo ganó, y cómo Elena se decidió a comenzar a leer aquel libro.

 

DIA 1

 

En aquel día en que lo primero que oyó fue el despertador y lo siguiente fue el susurro de Nino para obsequiarle con un delicado “Te amo”, Elena se despertó fresca, con una sonrisa y un beso. Hicieron el amor y luego se hicieron el uno al otro un estupendo desayuno compuesto por mantequilla, mermelada y tostadas. Intentaron olvidar los trágicos sucesos anteriormente acaecidos y su cruce de conversaciones derivaron por otros derroteros, amables, simpáticos y sin importancia. Las conversaciones banales eran estupendas, maravillosas y un auténtico alivio para sus cabezas, en ocasiones, era lo mas sano del mundo. Cuando llegó el momento de recoger los platos y sus miradas y palabras dejaron de ser conducidas juntas, Elena miró el libro que había dejado bajo un cojín a su lado del sofá. Lo sacó de debajo, y se quedó mirándolo una vez mas. Por momentos tuvo la sensación de que el libro le transmitía palabras, la tentaba a que lo abriera, e incluso sensaciones, una suave corriente eléctrica que la recorría de arriba abajo. Pero no cedió, no aquel día.

 

DIA 2

 

Elena soñó que soñaba, y en su sueño había un hombre de mirada severa, era alto, vestía con una especie de blusa de lino blanco y unos pantalones marrones que terminaban en unos pies descalzos, tenía las unas de los pies largas y sucias y parecía caminar sobre el barro, como meditabundo. Se agachó en su sueño para escarbar en el barro y recoger un violín, con una agresividad fuera de lo común lo tocó y de cada nota sangre brotaba de las yemas de sus dedos. El hombre cantó el nombre de Elena, la miró como ella no fuera mas que una mera espectadora, como así era, y abrió la boca hasta que solo se vio de el la campanilla de su garganta vibrar. Elena despertó sobresaltada en medio de una gota de sudor que cayó por su mejilla, deslizándose por su blanca piel hasta caer en el colchón de la cama. Miró la hora, todavía no había amanecido, Nino seguía durmiendo, se levantó de la cama, fue hasta el sofá, y cogió el libro. Lo sostuvo mientras escuchaba en su mente una palabra una y otra vez. “Ábrelo”, decía la palabra. Al principio le pareció un libro insípido, luego quedó atrapado irremediablemente en su lectura y aquellas 80 páginas parecieron no tener fin. No lo tenían. Se quedó prendada del libro y no paró de leer hasta que oyó a Nino levantarse y soltarle un “Buenos días” entre bostezos, claro que tampoco paró de leer entonces. No podía.

Nino se despertó sobre las diez de la mañana, buscó a Elena con la mano y luego con la mirada, luego se levantó, intentó centrarse y decidió que lo mejor para ello era una buena ducha y un buen vaso de zumo de naranja. Descalzo salió de la habitación y se fijó en que Elena estaba sentada en el sofá, con las piernas recogidas y sumida en la lectura de un libro. La hizo saber de su presencia y luego se fue al cuarto de baño. Cuando salió, Elena seguía leyendo, le preguntó si había desayunado a lo que esta sin pronunciar palabra negó con la cabeza, la siguiente respuesta a su siguiente pregunta fue un escueto “no, no tengo hambre, gracias” y siguió leyendo, mientras Nino se preparaba el zumo con tostadas. Se sentó junto a ellas, le lanzó un par de palabras mientras devoraba las tostadas, palabras que fueron contestadas con gestos, con asentimientos o negaciones y sin apartar la mirada del libro. La mujer pasaba página tras página y absorta en la lectura no pronunciaba palabra, solo leía. Debía ser un libro cojonudo, pensó Nino.

Elena no podía moverse, debía leer y leer, y eso fue lo que hizo durante todo la mañana y cuando llegó la hora de comer, decidió hacer caso omiso de las súplicas de su pareja por llenar combustible en sus estómagos, pues el hambre no la invadía, tan solo unas terribles ganas de leer aquel libro, además, ya quedaban pocas páginas para acabarlo. No se trataba de un libro especialmente bien escrito, pero había algo en él, que la condenaba a leer sin remedio. Y aunque Nino terminó por hacer la comida y le puso un plato delante, decidió que lo único que podía hacer, era seguir leyendo.  Tuvo una extraña y corta discusión con Nino, sobre el libro, sobre que parara ya de una puñetera vez y comiera algo, pero la olvidó pronto y siguió leyendo. Lo hizo durante el resto de la tarde y continuó por la noche, no se acostó, y no cedió ante las protestas de Nino.

 

DIA 3.

 

Eran las ocho de la mañana cuando Nino obligó a Elena a pesarse en la báscula, pues cuando los ojos del hombre se posaron en los hombros de la mujer, solo vieron dos palillos puntiagudos.

Todavía tenía el libro entre las manos cuando se levantó de la cama, se desperezó, y soltó un rutinario buenos días a una presencia que ni siquiera estaba allí, no la encontró a su lado, ni escurrida bajo las sábanas, tuvo que salir de la habitación y verla absorta en la lectura de aquel dichoso libro, era como si estuviera en trance, se acercó, la tocó, la delgadez de sus hombros, de sus brazos, era extrema, haría un par de días que su apetito se había estancado en una carretera perdida de su mente, pero aún así, parecía que se estaba consumiendo a sí misma, y por estúpido e imposible que pareciese, todo había empezado al comenzar a leer aquel condenado libro, tan ligero y aparentemente tan interminable y a cada pregunta de “¿Por qué página vas?” las respuestas variaban en un adelante y atrás sin sentido e imposible de definir. Ahora por la página 49, dentro de media hora por la 30, dentro de dos horas por la 75 –sí, a punto de acabar, pues no debía de tener mas de 80-, pero a los cinco o diez minutos la respuesta volvía a retroceder y situarse en la página 20 y así, atrapada en una especie de día interminable en el que la lectura era su único sostén. No solo olvidaba comer, sus conversaciones se reducían al mínimo por no decir que eran ya inexistentes y se limitaba a responder escuetamente a las preguntas de Nino de forma automática y cuasi robótica, sino que prácticamente había borrado de su programación biológica toda necesidad fisiológica que pudiera tener. Fue él quien de alguna forma le recordó que debía ir al baño, y quien la obligó a pesarse en la báscula para que viera ella misma hasta qué punto había perdido peso de una forma absolutamente anormal. Y lo hizo, sí, hizo ambas cosas pero lo hizo sin abandonar el libro ni un solo momento y desviando la mirada solo lo justo y necesario para tales tareas.

“Me estoy consumiendo”, y ese primer pensamiento lúcido fue el inicio de una lucha por el despertar. Lucha que no ganó inmediatamente.

Se negó a comer y a beber durante aquel tercer e interminable día, en la que escenas ridículas en las que Nino intentaba forzar a Elena a comer introduciéndole a la fuerza en la boca cucharadas de arroz tuvieron lugar y se repitieron con insistencia, y en la que el histerismo y las peleas se elevaron hasta tal punto de que el hombre la obligó a beber por la fuerza en determinados momentos en que la rabia, impotencia y desesperación podía con él.

 

DIA 4

 

“Mi nombre es Elena y ya no puedo dormir, las yemas de mis dedos están peladas de pasar páginas y páginas, interminables párrafos que no dejan de desfilar frente a mi y que no consigo descifrar, es como si se borraran de mi memoria nada mas leídos, y como si volvieran a ser reescritos al pasar una nueva página. Jamás llego al final del libro, jamás llegaré y Edgar Ray caminará sobre mi tumba con sus pies descalzos sin piel y sangrantes, y reirá borracho mientras toca su canción prohibida con sus podridas manos repletas de muerte y podredumbre.”

Son cerca de las cinco de la mañana cuando, sin soltar el libro, camina con mucho esfuerzo, pues sus fuerzas han sido mermadas al no ingerir apenas alimento, hasta el cuarto de baño. Se mira, sus manos tocan su desdichado rostro, los huesos de las mejillas le sobresalen, su piel caída parece querer desprenderse de una escasa carne que ya no es capaz de sujetar apenas nada. Está más muerta que viva y sus dientes perlados visten unas minúsculas encías a punto de desaparecer. Mueve sus huesos hasta la báscula que apenas la siente. Levanta el libro delante de su mirada hueca y sonríe. Intenta una breve carcajada, pero el esfuerzo solo la hace toser, y aunque se tapa la boca para impedirlo, en la palma de su mano ahora halla pequeñas gotas de sangre expulsadas de su cuerpo moribundo. “Eres un cáncer y me estas devorando”, le dice al libro entre toses. Gotas de sangre caen sobre la portada del libro y llevada por un extraño instinto de protección, las limpia con un trozo de papel higiénico. Después regresa apoyándose en las paredes de la casa nuevamente a la cama, se recuesta y continúa con la lectura. No puede dejarlo, no debe dejarlo. No lo hará.

A eso de las diez se despertó Nino, a su lado estaba Elena, estaba desnuda y sus costillas marcaban su presencia de fino papel de estraza, tenía los ojos abiertos e idos y la lengua fuera con hilos de baba cayendo bajo su cara demacrada pintada de muerte. Sostenía aquel condenado libro, por supuesto, y con violencia se lo quitó de las manos. Ella apenas pudo replicar, no le quedaban fuerzas. Gotas de vida caían por la comisura de los labios de la mujer, líquido que recogió el hombre que estaba a su lado, que preservó cuando, sumida en la oscuridad tan solo fue capaz de escuchar los sonidos de una ambulancia.

 

4: Renacer

El fin de los días y el comienzo de otros nuevos.

Elena, con sus propias palabras:

“Pues ahí se acabaron y empezaron de nuevo. Alguien ha puesto en marcha mi reloj, me encuentro de nuevo en el útero de mi madre, intento respirar, me cuesta, pero lo intento, mis pulmones brotan de la nada y saboreo mi primer par de alientos, disfruto del aire, la delicia de la vida brota por mi cuerpo y se con seguridad que de nuevo estoy viva.

Y eso solo son palabras que mezcladas con el tiempo, no mucho, no tanto como cabría pensar, aunque una eternidad para mi y para esa alma que parecía agotada, que lo estaba, y que inesperadamente recibió una segunda oportunidad antes de quedar fuera de juego por completo. Todas esas palabras cuyo significado solo me llevan, de nuevo a emerger de entre los muertos, a respirar de nuevo el aire y a ponerme delante del piano de mi propia casa para tocarlo de nuevo, para sentir las teclas y dejar que la música aparezca a mi alrededor como surgida de una dimensión a la que solo puedo acceder con la llave que es mi piano y en ocasiones también con la contraseña de mi propia voz.”

 

Y aunque la vida le fue devuelta, y su cordura reinstaurada, Elena, no dejó de tener pesadillas, no dejó de soñar con el marido de Victoria, con el nombre de Manolo resonando en su inconsciencia, encerrado en aquel sótano de la casa de ambos, leyendo sin parar aquel libro, soñó con sus dientes encadenando la cerradura de su libertad en aquel estudio de ultratumba que él mismo había adecuado a sus intereses, a su pasión, a esa música, que tocaba, cantaba y coleccionaba. Ese Manolo onírico que arrancaba trozos de partituras y las servía de un alimento inexistente, ese hombre obsesionado con acabar un libro interminable, inabarcable, mágico, embrujado y hambriento de sangre musical. En aquel viaje fue Manolo, delgado, salivando energía, arrodillado frente al toque del músico Edgar Ray, erguido frente a él, con sus antiguos ropajes y saboreando toda la vida que el hombre hechizado le estaba proporcionando. Manolo se convirtió en Elena en aquel sueño, y, ya de pie, contempló los ojos de Edgar Ray hundiéndose en su interior como dos dedos afilados rebuscando entre sus entrañas. Gritaba, claro, gritaba tanto, y lo hacía de tal forma, que podía oírsele en toda el ala del hospital. Sus gritos, se repetían, noche tras noche, llevada por otro tipo de maldición.

 

5: Los Mensajes

Elena con sus propias palabras:

“Todavía me cuesta incluso escribir, a pesar de que han pasado cinco días desde mi ingreso en el hospital. Me han dado papel y boli. Han sido considerados. Escribir me ayuda a poner en orden mis pensamientos. De alguna forma. Hace cinco días que no veo a Nino. Cinco días que no viene a visitarme. Tengo el móvil a mi alcance. Hago algunas llamadas. Nino no responde. Envío algunos mensajes, Victoria no responde.”

Abrir Programa de Mensajería.

A: Victoria

De: Elena

Necesito saber kmo estas. Lo que le pasó a Manolo. Ahora lo entiendo. Tgo que hablar ktigo.

A: Victoria

De: Elena

Querida, necesito que hablemos.

 

A: Nino

De: Elena

Cariño, llámame. No me coges el teléfono.

Cerrar programa mensajería.

 

“Cierro los ojos. Me dicen que pronto podré salir del hospital. Unos días mas. Me digo que tal vez sea tarde si mis temores son ciertos. Espero equivocarme. Espero…”

 

6: Con un Pie Fuera.

El calendario ha ardido desde que la ingresaron y ahora sale renovada del hospital. Se pone las gafas de sol y se ajusta la mochila, en cuanto pone un pie fuera del hospital, Elena, se introduce un caramelo en la boca y sorbe ese aire libre que ya necesitaba desesperadamente. Pero, se dice, no es momento de distracciones. Hay prioridades, hay… Toca en el interior del bolsillo derecho de sus pantalones vaqueros una llaves. Aprieta las llaves de su casa. Un escalofrío le recoge de arriba abajo, como una pequeña hormiguita introduciéndose en su piel, allí donde no puede alcanzarla.

Cogió un taxi apenas cinco minutos después de que sus pulmones fueran inflados con nuevos aires de libertad. Se sorprendió al ver el género del conductor, no era habitual y resultaba agradable comprobar que los tiempos estaban cambiando para las mujeres. La taxista le dedicó media sonrisa y acto seguido de preguntarle por la dirección destino, siguió cierta norma no escrita e intentó darle algo de cháchara a Elena. No funcionó. Apenas si salieron un par de frases de su boca y el trayecto se volvió aunque rápido, muy muy silencioso entre ambas desconocidas. No tenía por qué ser de otro modo.

 

Sale del taxi, se siente extraña al pisar tierra de nuevo, insegura e intenta corregirlo poniendo el segundo pie con mas firmeza sobre el asfalto. No está allí para echarse atrás, venga repítetelo Elena, no, no lo estás. Se despide de la taxista con un sencillo “buenos días”, y con un cincuenta por ciento de seguridad en su carnes se encamina hasta el portal del edificio. Introduce las llaves y entra. Bien chica, ya has traspasado la primera, lo demás es pan comido, venga cielo, no tengas miedo, no hay nada que temer, puede que tan solo un libro que te espera para devorarte nuevamente. ¿Estás preparada?

 

Cuando Elena abrió la puerta de su piso, se tropezó con un fuerte olor a cebollas podridas y un sonido tan rotundo y poderoso que no se atrevió en primera instancia a romper. Encaminó sus pasos al salón, vacio y desordenado. Algo inusual, inusual para Nino, un hombre para quien el desorden era algo insoportable. Paso a paso por fin de encontró delante de la puerta del dormitorio, cerrada. Cerrada. Cerrada. Tocó el pomo, frio, inerte, notó como si su mano ardiera por aquel frio tan intenso y tuvo que apartarla con rapidez. Las segundas veces siempre son un reto, puso la mano de nuevo y la giró sin pensar. Esa era la clave, sin pensar. Abre la puerta, venga, ahora. ¡Ábrela¡ Tiró del pomo y la puerta vomitó un sonido de protesta.

El hombre estaba ahí, el tipo que había sido su pareja durante, bueno, quizás no tanto. Estaba casi consumido con un libro en la mano. Le miró con horror primero, el horror se derrumbó adquiriendo halos de tristeza pasando por una culpabilidad que intentó cepillarse de sus hombros pues no le correspondía aceptarla. Acercó su oído a su pecho. Su latidos llegaban de un lejano país. Todavía vivía. Le quitó el libro con suavidad, apenas hubo resistencia. Luego salió de la habitación y se acercó al piano del salón. Se sentó y comenzó a tocar una melodía, una melodía creada por un demonio y tal vez nunca tocada. La música tenía la maestría de recorrer todos y cada uno de los sentidos, llegaba a todas las emociones, ponía un piececito en tu dolor, otro en tu placer, provocaba tu sonrisa, te desgarraba el alma, fascinaba tu carne y hacía que tu ser temiera que pudiera acabar, que debiera acabar. Elena notó como una fuerte tensión se apoderaba de su cuerpo, notaba un millar de sentimientos golpearla desde dentro, para luego salir y volar a su alrededor como pequeños ángeles con algo mas de buenas intenciones, primero riendo, luego llorando, y luego mostrando unos dientes prestos a destrozar su garganta. Debía sonar. Era una oda a la reconstrucción, a la resurrección, el retorno a la vida de su compositor, de su artista, de aquel cuya carne y sangre estaba brotando tras ella, a partir de un charco de sangre surgido de la nada, y desde ahí, huesos, venas, arterías y músculos formándose, emergiendo, construyendo un ser musicalmente maldito. Edgar Ray Loriga se alzó detrás de Elena, su desnudez abarcaba una inexistente piel. Rodeó a Elena por detrás haciendo que parara de tocar. La atrajo así y la besó con extrema violencia, paseó su lengua por el interior de la boca de Elena. Luego la apartó de sí y caminó con torpeza hasta el dormitorio donde se hallaba Nino, y a cada paso que daba la sangre le seguía. Elena sintió espasmos en su estómago, limpió de sangre sus labios y escupió el beso del muerto recién nacido. Edgar Ray observó la carne casi desecha de Nino, su piel fláccida convertida casi en un sacio vacio. Lo devoraría. Comería de aquellos restos para recuperar algo de fuerza. Y luego buscaría a otros, ella lo ayudaría.

Se equivocaba. El músico venido del infierno se equivocaba de pleno. Para matar a un fantasma primero conviértelo en carne, o al menos ese razonamiento afilado llevó a Elena a tal propósito. Sí, Edgar Ray estaba jodidamente equivocado.

Elena fue hasta la cocina, cogió un cuchillo. Cogió al músico por detrás, de improviso, sin palabras, le rebanó su descarnada garganta. El muerto en vida cayó sin saber muy bien qué estaba pasando. Palabras ininteligibles trataron de gorgotear por su cortada garganta. La mujer cogió al muerto de los pies y lo sacó del dormitorio, lo arrastró hasta el cuarto de bañó, lo levantó como pudo y lo soltó en la bañera. La violencia de su acto que ni ella misma comprendía, la llevó a verse asaltada por intensas sacudidas de su estómago. Se acercó al lavabo, abrió el grifó y vomitó. Se lavó mientras de reojo contempló el cuerpo del músico que todavía intentaba salir de la bañera. Cogió una toalla pequeña y se secó la cara con unas manos que no cesaban de temblarle. Luego fue hasta Edgar Ray y le hundió el cuchillo en el pecho al ritmo de una terrible melodía compuesta por gritas de rabia y desesperación. Lo hizo hasta que el cuerpo maldito dejó de moverse. Salió del cuarto de baño. Un silencio abrupto se hizo durante tal ausencia en el que los ojos de Edgar Ray parecían moverse con timidez. Parpadeó una vez. Una sombra negra aterrizó sobre su carne, lo conocía, tenía nombre, se burló de él con su lengua de alquitrán al creer que podría escapar de allí de donde venía. Parpadeó por segunda vez y la borrosa imagen de Elena vino a él de nuevo. Llevaba su libro. Llevaba su partitura. También llevaba una pequeña lata de queroseno. Le abrió la boca hasta desgarrársela, introdujo el pequeño libro enrollado de nombre Manuel de Música Moderno y las partituras de aquel hombre maldito, lo apretó y empujó hasta que parte de aquellos papeles invadieron la garganta de Edgar Ray. Luego le sirvió algo de bebida para ayudar a pasarlo. Remojó los papeles con el combustible y encendió una cerilla acompañado por un ‘consúmete tú, jodido cabrón’ escupido a la cara del muerto.

Edgar Ray ardió en agónico silencio, y mientras lo hacía, Elena sentada al piano, tocaba una suave melodía de Beethoven.

 

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