Noche de ratas

Publicado: 4 mayo, 2018 en Fantasía, Relatos
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Imagen: Pixabay Autor: Macebo

De noche en el barrio, las ratas y los ratones salen con pequeñas linternas, las utilizan para cegar a los gatos, quienes con sombreros de copa bailan con dos Martinis en las patas.

A uno de los ratones que salen a la calle, Mervin, le espera una noche muy especial, tiene una cita con una hermosa rata llamada Dora. Dora, en el interior de su escondrijo se maquilla, le gusta Mervin, así que si se porta bien, y si se emborracha suficiente del embrujo de la luna, quizás deje que sus colas se entrelacen, que sus bigotes se froten y que sus ojos miren en la misma dirección. A Mervin le gusta Dora, así que simplemente espera que cuando la música suene ruidosa y potente en sus orejas, Dora se abra de patas y follen hasta el amanecer, o, hasta que uno de sus esos estúpidos gatos de la calle quince con la octava vengan a tocarles los huevos. Dora mira su reloj de pulsera, ya casi es la hora, coge el bolso y se despide de su compañera de madriguera, quien resfriada le suelta un ‘Shhhta luego Dora, ¡assschus!’ y le advierte de las intenciones de Mervin, no le cae demasiado bien ese ratón callejero y medio analfabeto que se las da de listo. ‘No dejes que ese ratón estúpido te lleve hasta su terreno’.  Dora le sonríe, y se despide con un ‘Mejórate y enchúfate la tele un rato, esta noche dan un maratón de pelis de Lee Marvin’.

Cuando Dora sale de su madriguera, Marvin la está esperando, le ofrece una rosa y un beso en los labios. Dora solo acepta lo primero y con un guiño se salta lo segundo. Caminan con  las colas entrelazadas de camino al festival de música del centro, podrían coger un taxi, pero hace una noche espléndida, la compañía es la adecuada y disfrutan de cada segundo que pasan juntos, así que andan con cierto ritmo, como si bailaran al compás. De todas formas, solo son dos calles más, y luego girar a la derecha, cruzar, y deslizarse por una alfombra de hierba hasta llegar a la entrada en la que tocan los mejores y más modernos grupos ratoniles de la ciudad.  Nada puede salir mal, ¿qué podría?, ¿quién podría?, ¿quizás el gato Malaquias?

Malaquias, perdió su empleo de vigilante nocturno hacía ya casi seis meses, se dormía, siempre se dormía y siempre le tocaba firmar uno de esos estúpidos partes en los que él mismo confesaba que le habían pillado durmiendo en su puesto de trabajo en vez de estar vigilante y expectante en aquella obra para que ninguno de esos puercos ratones se metiera a invadir y robar los materiales de construcción del nuevo mercado de la plaza. Malaquías era un puto desastre y después de una semana de faltas, le dieron una patada en su esquelético trasero y derrapando acabo comiendo gravilla, y poco mas quedaba ya en su nevera, no había nada, nada más que leche caducada, y un par de raspas de pescado que utilizaba para dar gusto a esas insípidas sopas que se preparaba con agua,  migas de pan y ajo. Debía el alquiler de cuatro meses y la nota de desahucio estaba colgada en la puerta de entrada de su apartamento como parte de su decoración. Aquella noche mientras esquivaba al casero quien le decía una y otra vez ‘Págame o lárgate puto vago’, decidió tirar una vez mas de su libreta de contactos y en el interior de una cabina telefónica –haciendo un empalme aquí y otro allá para no tener que pagar- empezó por la A.

Ana su ex, en cuanto oyó su voz le soltó un ‘ah, eres tú, hace meses que no veo rastro de la pensión, ¿te has olvidado ya de tus hijos? Porque tus hijos ya se han olvidado de ti’, ‘¿cómo estas cielo?, ¿mis niñitos? ¡Claro que no! Solo, solo estoy pasando por un pequeño bache, tal vez, tal vez podrías ayudarme, solo necesito una ayudita’ soltó Malaquias, y bueno, aquello no hizo ni pizca de gracias a Ana, así que aquella minina con la que pasó los mejores años de su vida, le colgó después de soltarle un ‘¿me estas pidiendo dinero? ¡Serás gilipollas!’. ‘Oh, vamos nena, pero…’ pero ya no había nadie al otro lado de la línea.

Siguió por la B.

Benito, aquel gato y él había estudiado juntos, y habían sido expulsado juntos de la universidad, lo habían pasado tan bien juntos, si hay alguien que le echaría una mano en aquellos momentos de precariedad sería Benito, Benito, aquel gato de culo gordo le ayudaría sin duda.

‘¡Benito, compadre, necesito tu ayuda ¡

¡Malaquias, tío, no pienso dejarte ni un céntimo más!

Pasó a la C.

Y Charles le dedicó un ‘ni de coña chaval’.

Llegó a la D, que le retornó un sincero, honesto y enternecedor ‘¿te atreves a pedirme hijo de mala gata? Después de follarte a mi novia en aquel contenedor de basura. Sí gato, tú dime dónde estás y verás lo que te…. ‘, y Malaquias colgó.

El resto de conversaciones no fueron mucho mejor, todas siguieron la misma pauta y los huesos del gato apenas revestidos de carne vibraron al son del ruido de sus hambrientas tripas.

La vida era una mierda y al final te mueres, eso le decía su viejo, eso le decía noche tras noche tirado en un sofá lleno de pulgas con una lata de cerveza –de la marca más barata- en una mano, pero él, Malaquias decía ‘No, padre yo triunfaré en la vida, no seré como tú, que eres un desgraciado’. Si su padre todavía viviera se habría carcajeado de él hasta perder las muelas. Sintió unas terribles ganas de acercarse al cementerio a mearse en su tumba. ‘Viejo cabrón’, dijo para sí el gato. Enseñó sus zarpas a la luna y luego la mandó a tomar por culo dejando elevada una sola de ellas. Igual había que terminar ya con todo, un fin a tiempo es mejor que un continuará sin sentido, para qué postergar lo malo, mejor acabar cuando la cosa era… era…. bueno, pero qué mierda, la cosa no podía ser peor, así que finiquitar aquello era lo mejor que podía hacer, tenía hambre, tenía sueño –siempre lo tenía- no tenía nada.

Dora y Mervin llegaron hasta el cruce, junto al cruce, en el puente había un gato, y el gato, parecía querer subirse a la barandilla, para…

Mervin hizo notar a Dora que tenía un culo espléndido y que le era impensable separar su mano de sus preciosas nalgas, estaba tan cachondo, que podría habérsela follado allí mismo, comentario que ignoró Dora al señalarle a aquel gato que parecía querer tirarse desde lo alto del puente al vacio. ‘¿Mervin, mira a ese gato?’ ‘Por qué querría mirar a un estúpido gato?’ ‘Va a tirarse del puente’ ‘¡Estupendo, pues que se tire’!

 

Malaquias ve a los dos ratones, y decide que tiene hambre, decide que ya que va a morir, porque no romper una vieja y obsoleta ley. En 1987, el ratón  Douglas Hickock y el gato Jerry E. Bigotes, decidieron firmar un tratado de paz entre gatos y ratones después de dos largos años en guerra en que las bajas de un bando y otro habían llenado las calles de sangre y violencia. Malaquías siempre pensó que era una tontería, los gatos era superiores, él era superior, y sí ese era su último día en la tierra, se permitiría romper esa estúpida ley y se merendaría a esos ratoncitos, sí, ya lo creo que sí, se los comería crudos. Así que sonríe para sí, al ver como la comida se le acerca, alegre y dispuesta y entonces uno de ellos, el ratón le suelta un…”Eh gato, espera, no te tires”. Malaquias siente un pequeño asomo de arrepentimiento al escuchar tales palabras que parecen destilar preocupación, ese estúpido ratón no quiere que se mate, no quiere que ponga fin a su vida, tal vez… tal vez… aun haya alguien en el mundo que le importe, aunque sea un mísero ratón.

Mervin rebusca en sus bolsillos y saca un teléfono móvil, activa la opción de cámara de video e insta al gato a que salte de una puta vez.

“Eh gato, ahora, ya te puedes tirar, tío”

Dora grita a Mervin recriminándole la actitud incívica, ¿cómo se atreve a filmar la muerte del pobre animal? ¡Eres un bestia!, le dice indignada. El ratón se carcajea mientras se acerca al gato intentando coger la mejor toma posible. Cuando salte, se acercará para filmar los sesos desparramados del gato sobre la tierra, todo un espectáculo, lo colgará en internet y  recibirá visitas de toda la comunidad ratonil, se hará famoso.  Mervin se imagina en la entrega de los Oscars, ¿películas de arte y ensayo? Vean mi obra, ¿realidad o ficción? Joder pues realidad, la sangre es mas roja si es verdad, la muerte se teme más cuando ves su toque en directo. Sí, hoy será un gran día, muerte y sexo todo junto, no hay nada mejor.

Se le fue la sonrisa cuando vio como el gato se le acercaba a cámara mas y mas, hasta que lo que era grande se convirtió en gigante, y los dientes –los pocos que le quedaban- parecieron apuntarle directamente como si se tratara de una pistola bien cargada –o a medias en este caso-.

Malaquias saltó de la baranda sí, pero saltó en dirección a aquella mierda de ratón que estaba a punto de filmar su último momento de intimidad entre burlas y risas continuas.  Después de todo, su primer pensamiento respecto a aquellos ratones, no había sido tan mala idea, así que abrió la boca y enseñó los dientes, algunos brillaban, otros no.

Dora gritó acojonada al ver al gato acercarse con cara de pocos amigos, los bigotes del animal parecían agujas afiladas, podría atravesarles como si fueran floretes y ellos un par de manzanas maduras. Esa especie de viento huracanado en forma de grito que salía sin parar del fondo de su garganta –no recordaba haber gritado tanto desde que estaba en sexto curso,  cuando Marla, aquella tonta rata de ojos caídos se le acercó con una enorme cucaracha entre los dedos, besa la Chacha Dora, le dijo, besa la Chacha- fue barriendo el suelo hasta toparse con el oído de Mervin quien, parecía de algún modo divertido al hecho de que aquel gato hubiera encontrado cierto valor para enfrentarse a él, porque qué pensaba hacer, ¿comérselo? Venga, vamos, ¿y qué más?

Dora sintió como un rayo de iluminación llegaba a su cerebro y le mostraba la cruda realidad. Mervin era estúpido.

Venga, vamos, ¿y qué más?, pensó Mervin al ver al escuálido gato amenazarle con sus huesos y sus pulgas.

Malaquias se abalanzó sobre el ratón, con la boca abierta y las garras sacadas –sí vale, una de ellas astillada- se arrojó sobre aquel cabronazo esperando encontrar carne y sangre, encontrando sin embargo aire y vacío.

Mervin se escabulló y con una risa continua –era como el chu-chu de un tren en marcha, como el correcaminos pasado de anfetas y soltando un beep-beep sin puntos y aparte- esquivó al gato, vio la baranda por la que el gato había pensando en arrojarse y tuvo una idea. Escaló la baranda, se quitó la camisa y retó al gato con un patético aire de torero.

Malaquias se giró y vio a aquel hijo de mala rata, le vio sacudiendo aquella diminuta camisa de seda blanca. ¿Pero qué mierda está haciendo ese puto…?, se dijo.

 

“¡Eh gato, Eh!”, exclamó Mervin. Y Malaquias saltó una vez más.

La caída fue de puta madre, hubo un sonido como el de un globo y una burbujita explotando al unísono.

Media hora más tarde Dora regresó a su escondrijo. Un par de estornudos la saludaron. Su compañera de piso estaba tirada en el sofá tapada con una suave manta de terciopelo marrón. Estaba absorta mirando la tele, echaban los Doce del Patíbulo. Vio a Dora pasar junto a ella, tenía los ojos rojos, envueltos en un cascaron de lágrimas.

La rata resfriada soltó una risilla por lo bajini, “sabía que el capullo de Mervin la cagaría, ese ratón de mierda…. siempre se las apaña para caer bajo”

Bajo el puente, los sesos de Mervin despachurrados se mezclaban con los de Malaquias en un extraño y desagradable cocktail.

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