Tengo Hambre

Publicado: 2 mayo, 2018 en Relatos, Terror
tengo hambre tit

Imagen: Pexels/Tookapic Photographer: Andrew Weber

Se había pasado toda la noche trabajando en la oficina. Los informes tenían que estar preparados para el lunes, así que el viernes por la noche todo el equipo del edificio 22 se puso manos a la obra, se armaron de cafés y aspirinas e hicieron un quemado de pestañas conjunto.

Pero no debía de pensar en eso. Ya era sábado por la mañana, el tráfico le estaba tocando los cojones, había conseguido llegar sin demasiados problemas hasta la avenida del Antiguo Reino, pero una vez allí una hilera de coches le impidió darse más prisa.

Miró el reloj nervioso, eran casi las 8 y media de la mañana y apenas podía mantenerse despierto. Notó como el dolor de cabeza hizo que su cerebro vibrara de un modo anormal.

No estalles, se dijo. Aguanta chico, y en nada estaremos en casa.

 

En casa.-

La mujer entró en la habitación del niño. Observó el cartel con las 10 reglas de la cortesía pegado en una de las puertas del armario ropero. Un póster del Pato Donald luchando con una espada láser contra un gigantesco y terrible yeti adornaba la pared central de la habitación.

-Vamos peque, es hora de despertarse.

Corrió las cortinas para dejar pasar la luz del día, pero lo único que consiguió es que el niño de siete años se diera la vuelta para evitar los rayos solares que pasaban a través de la ventana.

La mujer sonrió.

-Eres un remolón, tu padre estará a punto de llegar y le encantará verte levantado. Tienes que darle una bienvenida como dios manda. Venga Tomás, aaaaarriba cariño.

El lo había querido, había probado por las buenas, y como no había funcionado, no tenía más remedio que utilizar el plan B.

Se lanzó a hacerle cosquillas.

 

En la calle.-

Lleva alrededor de veinte minutos dando vueltas a la manzana. Y ni un condenado sitio. Está a punto de rendirse. Está a punto de dejar caer la cabeza en el volante. Que me lleve a dónde sea. No seas loco. No, lo no seas.

Cruza los dedos, venga, está es la última vuelta, encontrarás un sitio, alguien se irá, no se, al campo, de vacaciones, a donde cojones sea, y te dejará el hueco perfecto para dejar el coche. Claro que ahora mismo, cualquiera le resultaría perfecto. Deberían de inventar los coches plegables. Sales de trabajar, conduces, llegas a casa, sales del coche, sacas el mando a distancia, le das al botón verde -al rojo, no, nunca al rojo, es el botón del pánico-, y el coche se pliega sobre sí mismo hasta no ser mas grande que un paquete de tabaco. Lo coges, y te lo guardas en el bolsillo de la camisa. Sí, llena tu cabeza de fantasías, eso hará que no veas lo evidente, y lo evidente es que sigue sin haber un jodido sitio. Así que blasfema no una sino un millón de veces.

 

En casa.-

-¿Has ordenado tu habitación Tomás?

El niño mira distraídamente la tele. En ella,  el coyote ha puesto una complicada trampa al correcaminos, los dueños de la empresa Acme le han asegurado que con ella hoy no tendrá que cenar raíces, ni sopa de piedra al vapor, y mucho menos una insípida tortuga cuya carne es durísima y muy mala para la digestión. Así que Will E. Coyote se relame mientras une, junta y activa todos los mecanismos.  Ese será su gran día, ese….

-¡Tomás quieres tomarte el desayuno! ¡Estás en babia! Con la cuchara rozando los labios e hipnotizado por la tele como un tontolaba.

-Sí, sí mamá.

Will E. Coyote anuda los cables, estira la banda elástica hasta el poste clavado en el suelo, coloca la dinamita, activa el interruptor E15A y un led rojo le avisa que se aparte. Va hasta la otra parte del mecanismo situado en el lado contrario de la carretera. Apoya sus orejotas de pelo duro y canoso en el suelo. Lo oye. Oye el Beep Beep, ese maldito sonido que es su pesadilla todas y cada una de las noches. Pero hoy se acaba. Hoy el maldito bicho acaba en la cazuela, con zanahoria, cebolla, pimentón dulce y sal, mucha sal. A Will E. le encanta la sal. En su mano derecha aparece una cerilla que rasca con sus propias garras y prende la mecha en medio de una sonrisa que canta ya victoria. No muy alto, no muy fuerte, pero no puede evitar que la sonrisa emerja. Hoy es su día y esa maldita rata quemadora de asfalto no va a poder hacer nada para impedírselo.

Una voz femenina hace que el coyote se gire y le pregunte a Tomás qué ocurre.

Tomás se encoge de hombros. Le responde que no será nada importante, y le sugiere que se concentre en la trampa. El Beep Beep, se oye cada vez más cercano, debe estar atento. Sí, tienes razón, le dice Will E. a Tomás.

La voz femenina vuelve a resonar en la habitación intentando llamar la atención del niño.

-Tomás, estoy escuchando a tu padre subir por las escaleras. Y aun tienes tooooodo el desayuno. ¿Quieres dejar de mirar la tele o prefieres que la apague?

No por dios, eso no. Esa crueldad acabaría con él, no cuando Will E. está a punto de conseguirlo, lo tiene todo a punto, la sopa está dispuesta, solo le falta el ingrediente principal y está a solo dos suspiros de llegar a la meta.

Entonces oye el sonido del cerrojo de la puerta girar. Croc-Croc.

Tomás grita a Will E., le pide que espere unos segundos, ha de recibir a su padre.

El coyote mira a Tomás y sus retinas negras se transforman en un par de interrogantes. Pero el correcaminos no espera y aparece por allí como una estela huracanada, sacando la lengua y burlándose del coyote una vez mas, mientras va dejando un rastro de fuego en el asfalto. El coyote mira a izquierda y derecha, y luego abajo, ve la mecha adentrarse en el explosivo letal C543 apodado ‘El Exterminador de Dinosaurios’ marca Acme, y al mismo tiempo ve como el interruptor E15A del otro lado de la carretera cambia de posición y hace que la banda elástica se suelte y salgan disparada la dinamita. El larguirucho morro del coyote cae convertido en goma de mascar hasta tierra, e instantes después una explosión subatómica convierte a Will E., junto con las montañas de alrededor y un par de ovejas perdidas en busca de pasto, en poco más que cenizas negras radioactivas. Una gigantesca seta anaranjada cubre por completo la pantalla de la televisión. Después de todo, esta noche Will E. no cenará tortuga.

-¡Hola Papá! ¡Ya has vuelto!

El hombre le da un par de besos a su hijo.

-Si hijo, pensaba que no lo conseguiría pero soborné a un tipo para que me dejara aparcar. Era eso o el asesinato, así que opté por lo menos drástico.

El hombre besa a su mujer. Hace un esfuerzo por hacerle un breve resumen de como le ha ido en la oficina, pero lo único que tiene en mente es acostarse, arrojarse como un bendito a la cama y dejarse llevar hasta el país de los sueños.

Estás cansado y lo único que deseas es abrazar la cama, dejarte llevar por sus frescas sábanas, asegurándote antes de que la habitación quede completamente a oscuras.

Escuchas la voz de tu mujer, dice algo…. algo…se va a la calle, de compras, se lleva al chico. Sonríes. La normalidad de tu modo de vida te embriaga y te acoge con una calidez que recibes con gusto.

Entonces cierras los ojos.

Érase una vez un viejo coyote, de color gris amarillento, nacido en la pantalla de un televisor.

El televisor, cuyo cable de corriente estaba tirado en el suelo, se encendió de súbito. Del canal 33 –las noticias con Elisa Ramírez, la presentadora mas hija de puta de toda la televisión, sus noticias eran un chiste continuo repleto de socarronería y malas vibraciones. Ponía el dedo en la llaga y en el culo de todos cuantos estuvieran a su alcance. Ella era la reina y se merecía un horario mejor, eso era lo que le decía siempre al director de la cadena-, la televisión pasó al canal 5 –Jeffrey James intentando enseñar a su ya de por sí escasa audiencia, como se prepara una tarta de queso- y luego al canal 9 donde Will E. Coyote asomó su largo hocico a través la pantalla del televisor de la familia Martin.

El coyote tenía hambre, había pasado la práctica totalidad de su existencia con una hambruna tal, que su estómago podría con toneladas de carne sin alterarse.

Will E. vio la sala de estar de la familia Martin. Vio el sofá de cuero, vio las dos altas lámparas custodiando ese mismo sofá, vio la gran mesa redonda de madera justo en frente del televisor, y sobre ella un cesto con algo de fruta. Y además vio que si estiraba el brazo lo suficiente, podía atravesar la pantalla del televisor y llegar hasta la fruta.

Will E. pegó un salto y se plantó en casa de los Martín, erguido, estiró la cabeza y olisqueó alrededor suyo. Su oreja derecha –de la izquierda andaba algo mas sordo, estaba casi muerta de tantos accidentes a lo largo de su vida, o tal vez fuera de aquella vez en que intentó arrojar una roca del tamaño de un camión a la maldita rata quema asfalto y de un modo totalmente estúpido acabó aplastando al pobre Will E.- se puso derecha al escuchar un sonido cercano. Parecía, sí, era un ronquido. Los ronquidos venían de una estancia cercana. Miró la fruta de la mesa, cogió una de las manzanas y la engulló de un solo bocado, luego fue caminando hasta llegar a un pequeño pasillo con cuatro entradas, los ronquidos venían de la última de ellas.

El coyote tenía hambre. Estaba famélico. Caminó acompañado por su pequeño rabo, se movía a izquierda y derecha a la vez que sus huesudas patas. Olió a carne fresca y cruda y abrió la puerta donde yacía un hombre acostado y durmiendo como un tronco. Will E. pensó que el tipo tenía la suficiente chicha como para satisfacerle, y desde luego, tenía mucha más que aquel maldito pájaro quema-asfalto. Al cual, pasara lo que pasara, un día u otro cazaría, y llegado ese día, se divertiría torturando. Veríamos como haría el Beep Beep, con un tenedor clavado en sus redondos ojos. Sí, veríamos. Y el solo pensamiento hizo que un poco de baba cayera de sus fauces al piso. Miró su baba, y le pareció, que era más…’real’ de lo que lo había sido nunca. Real. No entendió la palabra del todo, pero estaba claro que en aquel lugar, todos sus sentidos estaban alterados y también potenciados.

Su atención volvió a la gran bolsa de carne sobre la cama, vio su pecho subir y bajar. Pensó en lo gustosas que estarían aquellas costillas y se relamió con solo imaginar el corazón del humano entre sus colmillos. Se tapó la boca con una de sus patas para impedir una leve risita. Que delicia, por fin podría alimentarse a placer. Devorar, masticar. Sí. Su larga y rojiza lengua se le caía por momentos.

Pero necesitaba algo con qué trincharlo. Se había fijado que al principio del pasillo había una estancia repleta de instrumentos para cocinar. Fue para allí, moviendo con cierto ritmo hombros y patas, parecía que sus articulaciones habían sido moldeadas con chicle, y si hubiera estado sonando una canción en aquel momento, tal vez algo como ‘Let’s Cook’ de Billy y Charles Decrowe, hubiera parecido que Will E. Coyote bailaba a su son.

Abrió todos los cajones de la cocina, -despacio, despacio, no despertemos a su pavo- y localizó un par de cuchillos, uno bien grande, con ese podría cortar hueso sin problemas, y uno un poco mas pequeño y manejable para poder cortar piezas de carne. También un tenedor y agarró una cucharita de tarta para vaciar las cuencas de los ojos. Comer ojos siempre era una delicia, era como el postre y siempre lo dejaba para el final. Vio que en la parte central de la cocina, bajo los quemadores, había un horno. Abrió la puerta, había un par de sartenes de diferentes tamaños y un plato lleno a rebosar de harina. Midió el tamaño del horno con sus grandes y tostados ojos, luego con sus garras, contó las pulgadas de anchura y altura. Y llegó a la conclusión de que aunque entero no le cabría, al menos sí la cabeza. Podría abrirla, extraer el cerebro y rellenar la cavidad con cebolla, zanahoria y…. ¡oh sí!, ¡le había parecido ver una piña en la cesta de la mesa del salón donde estaba la televisión. Unas rodajas de piña le darían un toque muy exótico.  Will E. paseó la serpiente que tenía por lengua de un lado a otro de su mandíbula, mojando las comisuras con un incontable caudal de baba que empezaba a manchar el piso por donde quiera que fuera.

Se armó con el tenedor y el cuchillo y fue hasta la habitación de su futuro manjar.

El manjar se había dado la vuelta en la cama, había dejado de roncar  y se hallaba en una postura un tanto ridícula. Estaba en posición fetal, acurrucado, pero tenía las piernas estiradas y cruzadas, como formando unas tijeras.

Will rodeó la cama hasta tener de frente la cara del manjar. Entonces agarró bien fuerte el gran cuchillo de cortar jamón que había obtenido de la cocina y lo acercó lentamente hasta el cuello -se mueve, respira, con mucha lentitud, pero… por poco tiempo, un zis-zas y ya no se moverá más-, sí, hasta el cuello de su manjar.

-Esperrro que esterrrr teniendorrr bonitorrr sueñorrr, porrrrque voy a comerrrlos.

Por primera vez, el Coyote habló. El sonido de su voz era el mismo que el de una sierra oxidada. Y su manjar despertó, lo hizo apenas un segundo antes de que Will comenzara a cortar la carne.

El hombre abrió los ojos y soltó un grito que hizo temblar las ventanas, lo hizo al ver al gran coyote erguido delante de él, como una persona, sujetando un cuchillo de gran tamaño y dispuesto a cortarle en pedacitos.

Will E. se quedó plantado y congelado al ver que su manjar se había despertado y apartado de él, gruño y se auto culpó con un golpe en su cabezota. Si no hubiera hablado….

Se maldijo y se dio otro golpe mientras el manjar lo miraba con una enorme incredulidad pintada en su rostro.

No paró de gritar, era como una alarma continua, una sirena de bomberos alocada y el Coyote siguió plantado sin saber qué hacer, no hacía mas que mirarle, sosteniendo el cuchillo y un ¿tenedor? No podía creerlo. Tenía que estar soñando. Se pellizco un par de veces, y el dolor le hizo sentir todo aquello muy real.

Will se rió al ver a su manjar pellizcándose, era bastante cómico después de todo.

-Q-qué qqqq-quieres-dijo el manjar.

-Tengorrrr hambreerrrrrrr-fue todo lo que dijo el Coyote.

El coyote se disfrazó de resignación, el manjar estaba despierto, era grande y parecía fuerte. Él sin embargo, hacia tanto que no comía algo con sustancia, estaba débil, muy débil para intentar pelear. Dejó caer los cubiertos al suelo, sacó una lengua de burla a lo que había estado a punto de ser su plato principal y paso a paso, haciendo sonar los cascabeles que eran sus huesos, salió de la habitación del hombre.

Will E. llegó hasta el salón, agarró la cesta de fruta que había sobre la mesa y volvió a introducirse en el interior de la televisión, mientras el hombre lo observaba muy por detrás de él. Hasta que llegó al salón y lo vio desde el sofá -no se atrevió a acercarse mas a la televisión-, vio al coyote de dibujos animados sentado sobre una roca en medio de una carretera devorando su cesta de frutas. Y cuando Will E. terminó la última pieza, la televisión se apagó perdiendo toda la vida que hubiera podido poseer.

El hombre se acercó hasta la pantalla de cristal y la tocó. Seguía inerte como siempre lo había estado. Fue hasta el cuarto trastero y sacó un carrito con ruedas, lo llevó hasta el salón y puso la televisión encima. Luego abrió la puerta principal del piso y dejó fuera el aparato. Cerró con llave y volvió a la cama.

No podía dejar de pensar en las palabras del coyote.

Tengorrrr hambrerrrrr.

Resonaban en su cabeza una y otra vez.

 

 

 

 

 

 

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