La Soñadora

Publicado: 30 abril, 2018 en Fantasía, Relatos
la soñadora tit

Imagen: pxhere

Todo acaba con una lluvia de fuego a su alrededor.

La mujer da vueltas sobre sí misma y el cielo furioso retumba enseñando un gigantesco puño cerrado, caen gotas que iluminan un paraje desolado, son luciérnagas ardientes expulsadas del paraíso.

Grita.

Una vez más.

Grita, porque no puede despertar. Porque no quiere despertar, no hasta encontrar….

 

Antes.

La noche ha sido perfecta, las risas en las bocas adecuadas, y unos pies congelados que luchan palmo a palmo por llevarla a casa, a su lado, la sombra que le acompaña,  la abraza para darle calor y mientras piensa en que todavía quedan kilómetros y kilómetros hasta llegar a su destino.

“No tanto Lisbeth”, le dice él, y le suelta un guiño.

“Estoy helada”

Él frota sus brazos para intentar ahuyentar el frío.

“Da saltitos, entrarás en calor”

Pasan junto a un puente, el puente está adornado con claveles, parece idílico. Cierran los ojos, ella lo hace, y cuando los vuelve a abrir están entrando en la habitación del piso. Él se acerca a la cocina, abre la nevera saca un brick y se sirve un zumo de naranja. Está sediento,  se tira en la cama y coge el mando a distancia de la televisión, el final de un programa da paso a un anuncio, en él,  un pequeño coche y una interminable sucesión de payasos saliendo del diminuto vehículo, a cada cual mas horrendo, cada uno de ellos acercándose mas y mas a la pantalla de televisión, siente un escalofrío recorrerle el cuerpo. Payasos, hay algo en ellos que le hace sentir incómodo, con esas sonrisas desfiguradas y esas bocas que podrían abrirse hasta límites imposibles, como buzones, repletos de dientes afilados dispuestos a engullirte… de un bocado. Apaga la televisión y el fundido en negro acompaña a la visión de Lisbeth caminando frente a él e introduciéndose en la cama.

Se siente el tipo más afortunado del puñetero mundo al poder contemplar a esa increíble mujer acostada junto a él, sin embargo no puede evitar recordar a los payasos del anuncio, esos jodidos payasos… con sus poses, con esa condenada y forzada manera de decirte, “ríe, ríe, ríe delfín o será tu fin” y no puede evitar dibujar una media sonrisa al pensar en tan tonta rima.

“Buenas noches Vincent”

“Buenas noches Lisbeth”

Y la media sonrisa se transforma en una media luna que lleva a ambos derechos al país de los sueños, el que los siembra guarda las llaves del reino a buen recaudo y se siente juguetón.

 

Erase una vez una mujer dormida y perdida en el interior de una casa, una casa dibujada con pequeñas velitas encendidas para indicarnos la entrada pero no la salida. Y a la casa Lisbeth entró al ver la figura de un hombre conocida, le recordó a un extraño de su pasado, y aquel extraño, que no lo era tanto, que tal vez en otra vida tuviera una sonrisa certera y palabras amables, ahora no tenía voz, ni labios, ni boca, solo unos ojos tal vez, verdes, tal vez azules, según de qué perfil le miraras, que lloraban sangre y unos brazos que se extendían con las palmas de las manos abiertas intentando atraerla hasta sus dominios. Lisbeth hipnotizada o tal vez cautivada entró en la casa del extraño-conocido, del hombre sin boca con camiseta de tirantes y vaqueros desgastados, de pies descalzos cuyas uñas se clavaban en el suelo, de aquel que conoció en otro vida, que no era ni malo, ni bueno, solo otro que pasó por el callejón de sus días.

En el interior de la casa, vieja, húmeda y decorada con telarañas, el silencio se vio embaucado por los crujidos de una pisadas que la llevaron hasta una pequeña puerta que parecía dar al sótano. Se sintió como Alicia persiguiendo al conejo blanco. Lisbeth rozó el pomo de la puerta, su metal oxidado la repelió en primera instancia pero en un segundo intento y aun notando que aquel pomo se ponía más y más caliente conforme más tiempo lo agarraba, por fin, abrió la puerta y unas escaleras bajaron ante ella. La madera seca y moribunda se quejó bajo sus pies al posarlos sobre el primer peldaño. Algo en la oscuridad la llamaba, algo en el fondo de aquel sótano que era un abismo negro pidiendo devorarla.

Todo es un sueño Lisbeth, y en los sueños, no hay reglas. Eso se dice, eso se asegura y cuando cierra su puño derecho y lo vuelve a abrir, aparece un mechero. Abre la tapa del zippo, rasca su rueda y una pequeña llama surge iluminando su rostro pero no mucho mas.

Detenida en el cuarto escalón acerca el mechero a los lados.

Nada.

Se arrodilla en equilibrio e intenta iluminar bajo los peldaños.

No hay….nada y esa nada se ríe de Lisbeth, el sonido de un grillo enfermo cantando bajo sus pies.

Solo es un sueño, se dice Lisbeth, y ya que estoy aquí, porque no bajar y explorar.

Quizás encuentre al conejo.

Y baja por escaleras que se hacen eternas, sin saber si conducen a alguna parte, continua bajando, a veces perdiendo la lumbre del mechero y deteniéndose para volver a encenderlo.

Hasta que llegó y pisando el último peldaño se giró y vio que no había camino de vuelta, pues su rastro, y las tablas y todo aquello que podía servirle de referencia para volver (¿pero acaso había algo?) había desaparecido, la nada había dado cuenta de ello. ¿Y delante de ella? ¿Había camino? No lo parecía, Lisbeth no alcanzaba a ver nada y de repente se vio sostenida en el aire por un pedazo de rama que por momentos se quebraba, así que saltó. Porque…. ¿qué podía hacer si no?

Un salto de fe, y como tal, cerró los ojos para hacerlo.

Cuando los vuelve a abrir grita y pequeñas lágrimas se deslizan por su rostro, también el alivio al comprobar que está despierta.

Venga Lisbeth, ¿de veras?, ¿tan pronto? Aún no hemos empezado a divertirnos.

Son palabras que resuenan en su cabeza, burlonas, tratando de atrapar de nuevo un terror que parecía haberse desvanecido al despertar, puesto que todo fue un, estúpido y maldito…. a su lado no está.

No lo ve, no lo siente, él no está y grita su nombre.

“¡Vincent!”

Se levanta de la cama y busca por toda la casa; en la cocina, en el lavabo, en el interior de la bañera, bajo la cama, en el despacho, en el balcón, en el salón y devuelta a la habitación, donde la televisión que cuelga de la pared, ahora encendida, suelta el zumbido de un mosquito. Zumbido que aturde a Lisbeth pues su sonido es más y más fuerte.

Copos de nieve inundan la televisión.

Copos de nieve y un zumbido que cobra más sentido al escuchar su nombre una y otra vez, es una llamada de auxilio, lo nota, lo sabe.

“Lisss”

Susurra su nombre como una garganta intoxicada.

“Lissss… beth”

La voz viene del interior de la televisión. Pero… no puede ser, está despierta, ¿lo está?

Coge el marco de la televisión, lo descuelga de la pared y coloca el aparato en el suelo. No está enchufada a corriente pero, cobrando vida, cambia de un canal a otro, como sintonizándose a sí misma. Esa carne de metal palpita en el suelo y parece arrastrarse como un gusano en dirección a la puerta de la habitación. Lisbeth da dos zancadas y cierra la puerta impidiendo su salida. En la pantalla del televisor el cristal líquido ondula, vibra contrariado.

Qué locura, piensa Lisbeth

Y sabiendo que es una locura grita a la pantalla de televisor, que en el suelo parece estremecerse ante la potente voz de la humana.

“¡¡Vincent!!”

Lo ve, lo ve en la pantalla cuando la imagen se aclara, lo ve saliendo de un coche, en un desierto de arena amarilla, y sobre él un sol de justicia que parece abrasar por momentos. Él mira hacia arriba, parece gritar su nombre pero apenas le llega, apenas un seseo que se retuerce sin lograr llegar hasta sus oídos.

“Esto es un sueño”, se dice Lisbeth, “Y en los sueños…”

…NO HAY REGLAS.

Lisbeth introduce un pie en el interior de la pantalla de televisión, luego el otro y se zambulle en el mar de imágenes hasta caer, de pie, como una gata sobre ese paisaje desértico, y junto al coche en el que estaba él. Pero…. ¿dónde está? No lo ve.

Alza la mirada hacia ese sol que parece ocupar todo el horizonte y que parece hacerse más y más grande hasta explotar.

 

Ahora.

Lisbeth grita. Exclama su rabia y sus puños retan a lo que quiera que sea que los tiene atrapados en esa pesadilla interminable.

“¡Tú!, ¡seas quién seas!, ¿¡Acaso crees que volveré sin él!?”

Lisbeth transforma su ira en serenidad, se sienta en el árido suelo, cruza sus piernas y junta las palmas de sus manos.

“Estas…”

La tierra tiembla.

“…muy…”

La lluvia de fuego que la rodea formando un cerco cada vez más estrecho, cambia, ahora son gotas de rocío y caen en la tierra mojando su dureza.

“….¡¡equivocado!!”

El cielo, el mundo que los rodea se convierte en una bola de cristal, en su interior un mujer lucha por un hombre, en su exterior el Rey de los sueños, disgustado, contempla como todo se retuerce en su reino, el dominio de esa realidad que solo le pertenece a él y a nadie más, parece plegarse y replegarse como una hoja de papel, los sueños de cientos, de miles, de millones de personas son alterados, son derribados como castillos de arena bajo el poder de una sola alma rebelde, y por fin el Rey dice….

¡Basta!.

Y todo para.

Lisbeth todavía sentada, ahora en un suelo de hierba fresca, se detiene al oír la palabra del disgustado ser que gobierna esa onírica existencia.

Del coche blanco, roído por el tiempo, sale un hombre, sus piernas, largas y delgadas parecen palillos a punto de partirse, lleva unos vaqueros desgastados, y su torso enfundado en una sucia camiseta amarillenta de tirantes aparece también poco a poco, es como si alguien tirara de él, o de ello mas bien, y ese hombre sin expresión y cuyos ojos parecen ser una miscelánea de colores tira a su vez de una sombra y pegada a ella un cuerpo. Un hombre aturdido se ve arrastrado fuera del pequeño coche. El ser deja a Vincent en el suelo, la mira, una mirada de desprecio, de derrota, y se retira de nuevo al interior del coche, unas viejas puertas se cierran tras de sí.

Unas palabras tan viejas como el tiempo son pronunciadas desde ningún lugar.

Ahora iros, se acabó el recreo por hoy.

Amanece.

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