El Novio de Penélope

Publicado: 22 abril, 2018 en Relatos, Terror
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Imagen: Pixabay. Autor: Enrique Messeguer

Escuchaba a Halle Ecleston cantando su ‘I need you every day’ en la radio de un viejo Seat Panda cuando David intentó morderle en el cuello. Al principio fue un beso, luego algo mas rotundo, un chupetón. Le dejó hacer, pero cuando notó a sus incisivos intentar adentrarse en su carne, le agarró del cuello y le empujó a un lado.

Me excitas, le dijo David con una sonrisa en la que se podían ver asomados sus, por otra parte, algo largos incisivos.

—¿Estás loco?, no vuelvas a intentar morderme, no soy un trozo de carne.

David la miró a los ojos durante un intenso segundo y sintió un remolino de colores invadirla en cuerpo y alma. Se sintió mareada y algo borracha, vio delante de ella, encima del volante del coche un pequeño perro hablarle y ladrarle, un caniche con el rabo ondulado meneándolo de izquierda a derecha.

De izquierda a derecha.

De derecha a izquierda.

El caniche saltó y se posó sobre la nariz de Penélope, le dijo algo bajito, muy bajito.

Era algo como ‘oye…. sabes… que….. los perros podemos….decir…….. Tres tristes -gatos-… sin apenas respirar’

—Son tigres —corrige a la ilusión—, tigres no gatos.

David vuelve a acercarse a ella, mas lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo para paladear, saborear, morder, comer. Y Penélope solo ve formas y colores y la música ha cambiado, le parece escuchar una canción infantil, mientras un olor avanza hacia ella y se hace fuerte, cada vez más fuerte, un olor a incienso mezclado con azufre.

David posa sus labios sobre la yugular de la chica, siente la vena, palpitante, se da cuenta de que es suya, ahora y para siempre, la poseerá, comerá de su cuerpo, y hará que el flujo vital que la llena pase a ser parte de él. Su sangre, su mente, su vida.

Penélope ve a David como un par de ojos en medio de la oscuridad, y son como mariposas, revolotean por encima de ella, se posan intentan besarla, ríen y susurran pequeñas palabritas sin sentido, y también apestan. Ese olor a incienso… le repugna, hace que sienta ganas de vomitar y es ese sentimiento primario y ningún otro el que la hacen reaccionar, despierta. Abre unos ojos que ya estaban abiertos y lo mira, por primera vez, tal vez en meses como realmente es. Un animal.

Lo aparta con rabia y miedo, David sorprendido intenta rechazar su ataque, pero ella lanza puños y pies contra el animal, retirándolo de su espacio vital todo lo que puede. Una patada alcanza la barbilla del animal y hace que salga del coche. Penélope, cierra la puerta, baja el pestillo, respira, respira, respira, como si tomara el último trago de aire, o más bien como si hiciera tiempo que no lo hacía. Fuera David intenta entrar, como una bestia embiste la puerta, consiguiendo que el coche se mueva. Es delgado, un palillo, la fuerza no viene del chico, viene del animal que hay en él, tiene hambre. Pero la puerta no cede y el coche no arranca, y la chica grita.

David para y la mira, su cara cambia, sus ojos se suavizan y suelta palabras dulces para atraparla como una mosca.

—Mi cielo, mi amor, era una broma, déjame entrar en el coche, yo jamás te haría daño. Tú lo sabes. Tienes que saberlo. Déjame entrar cariño, tan solo quiero pedirte perdón. Sólo déjame entrar mi vida.

Desde el interior del coche lo mira. Esta mañana a las 11, mientras se miraba al espejo dibujó un corazón en el cristal con su aliento. Una D grande y mayúscula en su interior. Se cruzó con su padre en el pasillo, éste la sonrió, el Gran Quin le preguntó por David, tenía un virus en el ordenador y aquel chico tan amable, tan educado siempre se había prestado a arreglárselo. Su madre le había preguntado si se quedaría a cenar y su hermana pequeña le había mandado a la mierda acusándola de haber entrado en su habitación y haberle robado el Cd de música de Kelly Rowland. ‘¡No he tocado tu Cd! ¡Y desde luego no he entrado en tu habitación!’

¡Mentira, falsa, cabrona, hija de los mil demonios!’

Hija de los mil demonios.

No dejaría entrar a ese animal al coche, ni aunque llovieran sapos con la cara del príncipe Carlos de Inglaterra.

La dulzura de David no tardó en desprenderse de su rostro al ver que Penélope no tenía ni siquiera un ápice de intención de dejarla entrar en el ‘porche de su casa’.

Vaya, he soplado y soplado pero la casa no cae, y la cerdita no quiere salir a saludar al lobo, con lo alto, esbelto, dulce y hambriento que está.

¿Esbelto?, y una puta mierda. Un palillo con dientes, así es como lo veía ahora Penélope.

Estaban en medio de ninguna parte, un descampado en un bosque, cuyo camino secreto conocía tan solo David.

Te enseñaré un lugar para soñar, veremos las estrellas juntos, cantaremos canciones de amor, recitaremos poesía mientras bebo de tus labios y tú de los míos. Estaremos tú y yo, mi cielo, mi vida, el aliento de mi alma. ¿No te gustaría? Seguro que sí, estoy loco por llevarte, lo pasaremos bien.

Lo pasaremos bien. Las palabras resonaban en la cabeza de Penélope.

Beber, cantar, gritar.

Sobre todo gritar.

Despertar. Quiso despertar. No podía estar pasando, y sin embargo ya había despertado.

Parpadeó dos veces y dos veces más hasta ver a David encaramado sobre el capó del coche, tumbado, como un león esperando su presa, la miraba sonriente, sabido de su victoria. Tarde o temprano saldrás, decían sus ojos.

Sal cerdita y te comeré.

Fue cuando vio las llaves del coche, algo tan obvio, algo que no podía pasar, pasaba. Las llaves del coche estaban puestas, lo habían estado en todo momento.

Penélope rió histérica primero y luego burlonamente, dirigiendo su mirada a David.

Capullo, susurró.

¡Capullo!, le gritó.

Los ojos de David perdieron algo de seguridad al no entender la reacción de su presa, pero empezó a comprender cuando el coche arrancó y el sonido del motor hizo acto de presencia.

¡Jodido gilipollas!, gritó Penélope. Puso la marcha atrás, soltó el embrague y apretó el acelerador hasta tocar el suelo. El coche salió disparado, giró bruscamente trazando un semicírculo y David salió volando chocando contra un árbol.

Penélope encendió los faros y apuntó al cuerpo inmóvil de David, estaba recostado a los pies de un árbol, con la cabeza torcida y los ojos cerrados. Pudo ver como la sangre manaba de su cabeza. Pero la sonrisa, y esos dientes afilados como pequeñas navajitas de afeitar, todavía podía verlos, todavía podía sentirlos.

No le pareció suficiente.

Metió la primera y embistió contra el árbol una vez, y luego otra, y otra hasta que carne y huesos fueron triturados y hechos masilla, pelo y sangre quedaron en el machacado parachoques.

Salió del coche y le miró, vio sus restos, había matado a su novio, le había convertido en papilla ensangrentada. Recordó el corazón hecho de su aliento. Una D tan grande, tan roja, tan repugnante, como el aliento podrido de un animal.

—Adiós mi cielo.

Subió al Panda e intentó buscar una salida de aquel maldito bosque del amor.

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comentarios
  1. suenminoe dice:

    Muy bueno

    Le gusta a 1 persona

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