Trícia Sara Desanders

Publicado: 18 abril, 2018 en Fantasía, Relatos

Tricia tit

1

Un punzante dolor le vino en medio del área del centro comercial. Dejó la ropa que tenía entre manos y se plegó sobre sí misma. El dolor era muy intenso, nunca le había venido de esa forma, ni siquiera la primera vez. Esquivó a la gente, salió de la tienda y se dirigió como pudo hasta el lavabo más próximo deteniéndose un par de veces. Estuvo a punto de gritar de dolor. Era como tener un millón de agujas escarbándole su interior. Justo a la entrada se topó con Mentiroso, la cogió del brazo.

-¿Qué haces?

-He visto algo Melisa, joder, no te lo vas a creer.

2

Por un momento pensó que no vivía ahí, que todas aquellas cosas que había alrededor no eran suyas, cuando abrió los ojos, vio el techo con la estrella del Norte vibrando y supo de inmediato que no vivía allí. ¿Dónde estoy? Recuerdo la cueva, recuerdo la brisa del sur. Recuerdo los ojos brillando verdes y viscosos, recuerdo, recuerdo.

Se giró sobre la cama se mesó su largo cabello moreno, saltó de la cama, estaba vestida con un pijama rosa con dibujos de pequeñas niñas volantes vestidas de caramelo. Joder, pero qué es esto. En un rincón de la cama un enorme peluche peludo y azul descansaba, por un momento se sorprendió, lo agarró temerosa. Estaba suave, era agradable al tacto, lo abrazó como si lo hubiera hecho en multitud de ocasiones, aunque sabía perfectamente que era la primera vez que lo veía. Junto a la cama, una gran estantería repleta de pequeños peluches y una extraña caja con un cristal que reflejaba su rostro deformado. ¿Esa soy yo? Siguió mirando y se encontró un espejo junto a lo que parecía un armario. Se veía entre tinieblas, borrosa, su cara eran trazos de colores esparcidos en el aire. Junto a la cama, en una mesita de noche vió unas gafas. Se las colocó mientras se recogía el pelo en una coleta con una goma de pelo con forma de gato. Mucho mejor, miró a su alrededor, desubicada notó que la cabeza le daba vueltas. Se sentó nuevamente en la cama y empezó a pensar.

Pensó en la última vez que vio a John junto a las colinas de Reinolds, viajaron hacia el sur montados en los Parkas. Recordó que el de John se derrumbó sangrando por el hocico. Vieron una cueva y se refugiaron allí para pasar la noche. Fue entonces cuando vio la pierna de John. A la altura de la rodilla una herida verde y llena de pus le sobresalía como un volcán. Le miró a los ojos, John la sonrió, le quitó importancia. No era nada, le dijo. Un buen sueño, le dijo. ‘Solo necesito descansar, Cara de Ardilla’, ‘Tan solo…descansar’.

Segundos y silencio. Odió el silencio, el silenció de él, su mirada perdida. Aquella pierna que le consumía la vida mientras soñaban envueltos entre oscuridad. No dejó de hablarle, sacó algo de pan duro de la bolsa, y le obligó a comerlo, le obligó a beber. Pero John se negó. Se negó a comer y a beber, tan solo cuando ella le besó y le dio de beber de su boca, tragó el líquido. Tras ella, la cueva inmensa y abismal le guiñó un ojo. Tapó a John con una manta, cogió su carcaj y su arco y se internó en la cueva. Se sentía sucia y cansada. Estaba hambrienta y no creia que pudiera conseguir comida en aquel lugar.

En el interior de la cueva un pequeño gusano fosforescente caminó hasta una de las paredes rocosas y desapareció.

 

3

Una nueva punzada le abrasó el vientre. Mentiroso la tiraba del brazo. Le golpeó en el hombro y corrió tambaleante al lavabo, tras ella Mentiroso gritaba su nombre.

‘Es importante’

‘La he visto’

Joder, sea lo que sea que espere. Cuando llegó a las puertas del lavabo para chicas, la cola doblaba la esquina. Maldita sea. Un huracán, un jodido huracán que se las lleve volando como Dorothy al país de Oz, que las engulla un armario parlante, ¡que se larguen coño!

 

4

Cuando abrió el armario de la habitación, una tonelada de peluches y ropa cayó sobre ella atacándola sin piedad. Los apartó y rebuscó algo. Sí, allí estaba, junto a un peluche con forma de mapache y enormes ojos altones vio el arco. No sabía cómo había llegado allí y no le importaba. Si ella estaba, lo más probable es que él también lo estuviera. Miró debajo de la cama, apartó un par de cajas llenas de lo que parecían revistas con trasparentes fundas de plástico y encontró el carcaj dorado con las flechas de punta de estrella de Rahn. Sacó una de ellas y la sopesó sobre su mano. Sus ojos color avellana brillaron, recordó cuando John despertó, en la cueva en medio de un mar de sudor, gritando. El dolor le consumía, la pierna vomitaba la pus, se le descomponía por momentos. Tenía que cortársela o moriría, y quizás ni si quiera eso… John tosió, escupió una bocanada de sangre. ‘Estoy bien, Cara de Ardilla, pero tal vez deberías irte, El, debe de estar cerca. Muy cerca. Vete Cara de Ardilla’. Y una mierda. No se iría. No le dejaría. Eso jamás. No después de los abrazos y las noches. No después de la tarta de limón junto a Tía Jess, no después de los besos, de sus labios, de cristal infinito. Sabes a limón, le había dicho después de quitarle un pedacito de bizcocho de entre los labios con un beso. Sabes a verdad, la única verdad que quiero y anhelo. Quiero sentirte Cara de Ardilla, le había dicho mientras sus ojos se cruzaban y sus almas se chocaban, estallando y volviéndose a unir como un remolino de sentimientos y deseos, un ser mejor y único formado por ellos dos. No, no permitiría que muriera. ¡No!.

‘¡Trícia lárgate!’

‘No.’ Se reafirmó.

Trícia Sara Desander sacó una daga sujeta a una cinta de cuero de su muslo derecho y contempló su brillo inmortal.

‘Tú no morirás hoy’

 

5

Pasaron casi diez minutos hasta que pasó el dolor, Melisa salió del lavabo y vio a Mentiroso que no hacía más que hacerle gestos.

‘Tienes que ver esto’

Fueron hasta el pasillo central del centro comercial, repleto de gente, se zambulleron entre un mar de empujones y codazos, entonces Mentiroso se la señaló.

‘Mira eso’

La vio caminar entre la multitud con una decisión pavorosa, aquella chica daba miedo, pero lo que de verdad le parecía absolutamente aterrador o cómico, según como se viera era su aspecto mezclado con su determinación. La chica no debía de tener más de veintidós años, era morena de metro sesenta y tenía recogido el pelo en una coleta con una goma del gato Félix.

Aquella chica, que llevaba unas gafas de pasta azules, iba vestida con un pijama rosa, unas zapatillas de deporte, un carcaj lleno de flejas y un arco. Avanzaba con rapidez entre la multitud, parecía saber perfectamente a donde se dirigía.

Melisa alzó las cejas hasta casi verse transformada en un dibujo animado.

‘Se dirige al parking del centro comercial’

 

6

Vio como los ojos de John le gritaban su amor, le suplicaba que no continuara, le pedían, le rogaba que se fuera.

‘Tu vida por la mía. Vete Cara de Ardilla’

Desander le ignoró, apoyó la daga a la altura del muslo izquierdo y se dispuso a cortarle la pierna gangrenada.

John cogió una de las flechas de Rahn y la mordió.

‘Oh Dios mío, por el amor de dios John, aguanta’

Se aseguró de que estuviera bien fuerte la cinta de cuero que le había atado en la pierna y Trícia comenzó a serrarle la pierna.

Se sintió navegar en un mar de sangre, una tormenta de sangre y carne que la empapaba en cuerpo y alma, allí en medio de una tempestad enfebrecida de dolor, plantó cara furiosa a aquel momento de histerismo desquiciante que la atacaba, que la forzaba a perder la cordura. Los borbotones de sangre tintaron el blanco vestido que le había regalado Faemir hacía tan solo dos primaveras. Mientras, los aullidos de dolor de John se habían apagado. Probablemente había perdido la consciencia. Mejor así. Se había topado con el hueso y no conseguía atravesarlo. El jodido hueso era duro de pelar. Apretó los dientes, maldijo a las jodidas siete serpientes de Ares y por fin traspasó el hueso. La pierna cayó a un lado hueca, pie y pantorrilla parecían despedir gritos como un bebé recién nacido bañado en sudor y sangre.

Sacó la daga mientras trozos de carne y sangre se desbordaban por su filo.

John seguía sin conocimiento, se acercó a su pecho. Vivía.

‘Sí mi amor, sigue así, aguanta’

Debía quemar el muñón o se desangraría. Se oyó a si misma rezando y suplicando por John. Lilandra, mi diosa, haz que John viva. Debe vivir, se oyó, y también oyó una respiración pesada y entrecortada detrás de ella, olió el aliento a azufre. Se giró.

 

7

Corrieron tras ella, sorteando a la marabunta de personas que invadian el ancho pasillo del lugar, la chica bajaba por las escaleras mecánicas.

‘¿Tiene un Gps en el trasero?’, dijo Mentiroso, ‘va lanzada.’

Melisa y Mentirosa la vieron bajar a la planta baja, donde estaba el supermercado, vieron como giraba a la izquierda por donde estaba aquella tienda donde vendían cojines en forma de corazones y lámparas con olor a cerezas. Pasó de largo por la tienda de animales mientras todas la miraban, un guardia de seguridad la miró atónito y comenzó a seguirla también mientras hablaba por el walkie.

Trícia Sara Desander llegó hasta el final del pasillo y bajó, rápida y segura de si misma, las escaleras hasta el parking subterráneo del centro comercial.

 

8

Salió de la habitación, no había nadie en aquella casa, revisó varias habitaciones pero no encontró a nadie, enseguida se relajó al comprender que aquel lugar no era extraño para ella. Era su casa, pero, no lo era. Todo le resultó familiar, el ordenador de su habitación, los posters de películas de animación japonesas, la enorme cara de un cojín con cabeza de gato y cuerpo de autobús. En el salón de la casa, la televisión estaba en marcha, mostrando un reportaje con simpáticos pingüinos saltando y bailando claqué.

‘Pingüinos’, se dijo. Le gustaban, le resultaban agradables, familiares, aunque no estaba segura de porqué, ni recordaba con claridad donde los había visto antes. Mostró una clara y limpia sonrisa al verlos. Pensó en algo, pensó en alguien. Recordó nuevamente la cueva, y a John. También recordó el Keblar.

El Keblar soltó una traviesa carcajada al verla arrodillada junto a John, susurró algo al vacio. ¿Un hechizo? No, un Keblar no sabía de magia, solo de muerte. Sonrió y dejó mostrar un par de colmillos puntiagudos que amenazaron con su brillo las vidas de John y Trícia. Al Keblar le pareció divertido y triste, casi sintió ganas de llorar, se sintió un tanto descorazonado al ver que finalmente les había alcanzado. Casi deseó no haberles dado alcance, pero, esa era su suerte, ese era su destino, morir con sus gargantas desgarradas por sus manos. Jamás nadie había escapado de él. Ellos le habían desafiado, habían demostrado valor, pero no habían llegado mas allá. Les procuraría una muerte rápida, y luego los devoraría a ambos.

Desander agarró la daga ensangrentada y plantó cara al ser mitad cerdo mitad hombre. Le miró desafiante con unos ojos que despedían fuego y rabia por igual. El Keblar blandió su espada y sonrió con malicia.

‘Vas a morir chica’ dijo el Keblar.

‘Tú primero cerdo.’ le retó Desander.

‘Vais a morir ambos, suplicareis por vuestras vidas mientras mastico vuestras entrañas’

Vio los ojos inyectados en sangre del Keblar, intentaron dominarla de mil formas y de mil formas cayeron derrotadas ante la voluntad de Trícia. Los ojos se acercaron a ella y la espada. Su cuerpo se movió, esquivó el golpe del cerdo a duras penas y notó la calidez de la sangre resbalando por su brazo. Giró sobre sí misma y agachada le clavó la daga en el vientre al Keblar. Éste aulló de dolor y rabia, un torrente de sangre brotó de la herida y empapó rostro y cabellos de Trícia. La agarró del cuello y la levantó del suelo, miró los ojos del cerdo, rectos y perpetuos, miró los largos y babeantes colmillos del ser y entonces se abrazó a él y, soltándose de sus garras clavó sus dientes en el cuello del Keblar, los hundió y arrancó un pedazo de carne de éste, luego cayó al suelo y rodó ágil hacia John. John tenía los ojos abiertos, pero apenas era capaz de articular palabra y menos de moverse. Cogió el arco y lo tensó con una flecha dispuesta a acabar con aquel bastardo.

Fue más o menos entonces cuando ocurrió.

No supo muy bien lo que era, nunca lo supo en realidad, ni siquiera años después de que pasara por todo aquello, cuando su vista viajaba al pasado no supo encontrar respuesta. Porque no la había. Tan solo un cúmulo de pequeñas bolas trasparentes y líquidas que volaban y saltaban, derrochando pequeñas gotas de sustancia estelar. Las bolas surgieron del interior de la cueva, parecían tener vida propia, la tenían. Les rodearon tanto a John y a Trícia como al Keblar y ninguno de ellos pudo moverse encadenados por la acuosa energía que desprendían las bolas. Las esferas cantaron con voces desafinadas como armónicas roídas y oxidadas. Los sonidos se hicieron más y más fuertes y lo último que pudo ver Trícia fue la sonrisa del Keblar. ‘Esto aún no ha acabado pequeña’, parecía decir la sonrisa del Keblar. Eso fue entonces, antes de abrir los ojos, antes de despertar.

Poco después lo sintió, su mente lo vio con total claridad. Sabía dónde estaba, y le estaba esperando. Trícia salió de la casa.

 

9

Se internaron en el parking, la seguían de cerca y tras ellos un par de guardias de seguridad no paraban de hablar por los walkies tratando de avisar al vigilante del parking.

Entonces la vieron pararse y prepararse. Delante de ella un tipo enorme, calvo, con gafas de sol vestido con traje oscuro y corbata parecía esperarla armado con una sonrisa tan extrema que parecía desgarrar el rostro del individuo. Junto a él un hombre mutilado de una pierna se hallaba postrado en el suelo.

Fue como el caos, como un coagulo de ideas enzarzadas en furiosa batalla contra sí mismas, la mayor parte del duelo se dio durante la mirada de ambos. La chica no cedió un palmo, tampoco el hombre. Nadie pudo hacer nada, porque el tiempo se detuvo.

El cerdo rugió mientras desenfundaba su espada y amenazaba con atravesar a John.

Trícia Desander antes de que el cerdo parpadeara una sola vez mas, soltó la flecha y está atravesó la garganta del Keblar. Éste, sorprendido, tosió y borbotones de sangre surgieron de su deformada boca y cuello.

Y allí acabó todo. Un segundo después y mientras Trícia mostraba su más esperanzadora sonrisa, desaparecieron sin más. Tan solo quedó el cadáver del hombre cerdo con una flecha atravesada de parte a parte.

Dos figuras bailaron entre tinieblas y encontraron el haz de luz que les encaminaría hacia su destino.

 

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