La Rata

Publicado: 16 abril, 2018 en Relatos, Terror

la rata tit

-¿Lo has visto?

-¿De qué hablas?

-Lo he visto meterse debajo de la cama.

-Era pequeño y peludo, y tenia dientes.

-Yo no he visto nada.

-Claro que no, estabas dormido.

-Por dios, claro que dormía, son las 3 de la mañana. ¿Por qué no lo estas tú?

-No podía dejar de pensar en Jonathan.

-¿Tu alumno? Clara, te preocupas demasiado por tus alumnos. Deja tu preocupación para dentro de la escuela, fuera que lo hagan sus padres. Para eso están.

-Cada día le veo con moratones en los brazos y él no dice nada. Nunca dice nada.

-Es un niño, seguramente se caerá muy a menudo, en fin, jugando con sus amigos, o peleando con ellos, vete a saber, los críos son así.

-Su madre le pega Tomás. Estoy casi segura.

-Pero no tienes pruebas.

-No, no las tengo. Solo tengo a ese niño con la amargura por segundo rostro. Cualquier día le matará.

-¿Has visto a su madre alguna vez?

-La vi en la última reunión de padres. Era….alta, vestía con un pantalón de lino blanco y una camisa de color crema, tenía el pelo muy arreglado, castaño e iba ligeramente maquillada. Me quedé perpleja, parecía tener mucha clase. Yo la imaginaba, no se, una alcohólica drogadicta con picadas hasta entre los dedos de los pies.

-Ese chico, Jonathan, ¿no tiene padre?

-No, el padre de Jonathan murió cuando él apenas contaba con dos años. Un accidente de coche. El coche tomó mal un desvío, calló por un barranco. Explotó. Solo encontraron sus dientes, el resto fue pasto de las llamas.

-He vuelto a verlo

-¿A quien?

-He vuelto a ver al bicho. No se, tal vez sea una rata, deberíamos levantarnos, encender la luz y echar una ojeada debajo de la cama.

-No me digas que tenemos una rata debajo de la cama.

-No lo sé, pero no voy a poder dormir hasta averiguarlo.

-Qué bien, entre la rata y el pobre Jonathan se han puesto de acuerdo para desvelarte. Está bien. Echaremos un vistazo.

Tomás se levantó, se sacudió la cabeza como tratando de quitarse polvo de su cocorota. Torció el labio al pensar en la calvicie que le estaba empezando a invadir justo en aquella zona. Pensó en ir al médico, tal vez, tenía que haber algo que frenara aquella injusta caída. ¿Por qué a él maldición?

Encendió la luz mientras Clara le observaba desde la cama.

-¿Ves algo? -le dijo

Tomas bajó la mirada sin agacharse.

-Yo no veo nada

-¡Si ni siquiera estas a la misma altura que la cama!

Tomás soltó un suspiro de resignación.

-Joder esto es ridículo.

Se agachó. Se arrodilló, cogió la sábana de la cama y la levantó para ver mejor lo que había debajo. Vio oscuridad, vio un par de calcetines de cuadros rojos. Vio una moneda de cinco céntimos que en algún momento de descuido se les debió caer. Pensó que si encontraba un billete de 10 se lo quedaría. Si es una rata la avisa, si es el tesoro del capitán Barbanegra me quedo con el oro, las joyas y demás metales preciosos.

La vio hacer un pequeño movimiento al fondo, en el rincón de debajo de la cama. Junto a la pared. La vio. Fuera lo que fuese.

-Creo que la he visto –dijo Tomás

Clara saltó sobre la cama pegando un grito.

-¡Mátala, mátala!

-¿cómo? ¿Le pego un susto?

-Arrójale una zapatilla.

-Ay, joder.

El ser arrinconado hizo un movimiento convulsivo, parecía como si alguien le hubiera soltado una descarga eléctrica. Giró el hocico en dirección a Tomás, movió sus largos y gruesos bigotes intentando captar algún olor. Sintió un ligero desequilibrio en sus genitales, los aflojó y soltó un poco de orina en el suelo, se movió para no pisarla. Olisqueó su propia orina y luego se apartó de ella como si le repugnara. Vio la zapatilla de Tomás mucho antes de que se lo arrojara, lo vio todo como en cámara lenta, el gigantesco objeto pasó volando a ras del suelo y cerca, muy cerca del ser, para acabar estrellándose en la pared, ya con muy poca fuerza.

La rata salió disparada de debajo de la cama, abrió la boca mostrando sus dos grandes palas incisivas y en sus ojos el reflejo de un hombre llenaba sus pupilas.

Tomás no pudo reaccionar, la vio venir tan rápido, no se esperaba que el ser saltara a su cara. Y desde luego lo que tampoco se esperaba es que se le enganchara de un mordisco a su mejilla derecha.

Gritó, se revolvió en el suelo como si estuviera cubierto de llamas. Clara se echó sobre él de un salto para intentar quitársela de encima, pero la muy bastarda se le había agarrado bien a la cara y no quería soltar su carne.

Pudo verla bien. Era grande y gorda, de  pelo lanoso gris y larga cola desnuda. Sus ojos eran carbón ardiendo.

Tomás estiró y estiró, hasta que se le desgarró parte de la mejilla y la rata se quedó con un pedazo de él entre sus pequeñas mandíbulas. Arrojó la rata con fuerza contra el espejo de la pared. El golpe fue certero y un millar de pequeños cristales fueron esparcidas por el suelo, todos y cada uno de ellos reflejaban el rostro de la rata, que se había quedado quieta, plantada en el suelo, como esperando un movimiento de sus adversarios.

Delante de ella, Tomás tirado en el suelo, llorando de dolor, maldiciéndola. Sobre ella, la sombra de Clara con una escoba dispuesta a atestarle un buen golpe. Pero lo esquivó. Corrió a través de la habitación, y se encontró con que la puerta, que daba al resto de la casa, estaba abierta. Pasó a través de ella mientras oía las contundentes pisadas de alguien persiguiéndola.

Tomás intentó levantarse del suelo, perdió el equilibrio al hacerlo y volvió a caer de bruces. La cara estaba chorreándole sangre y dejaba resbaladizo el suelo. Apoyándose en una silla y en la mesita de noche, logró incorporarse, cogió un pañuelo para presionar la herida de la cara y salió de la habitación en busca de Clara que había ido detrás de la rata.

DIOS.

Había una luz al fondo del pasillo. La vieron sus pequeños ojos de rata, una rendija en medio de un túnel interminable. Corrió con sus patitas. Si se daba prisa, cruzaría la meta, entraría en la oscuridad nuevamente y no la encontrarían. Una grieta, y si no la hubiera la excavaría a mordiscos.

DIOS, ¡NO!

Se introdujo en la habitación del fondo del pasillo.

Clara lo sabía, lo habían hablado un millón de veces.  Pero el cuarto estaba preparado, tenían el intercomunicador encendido toda la noche, no tenía porqué pasar nada, y si pasara, lo oirían. Debería haber estado en su cuarto, ¡debería haberlo estado!

Clara se tocó el vientre mientras corría por el pasillo presa del pánico.

OH DIOS MIO, ¡MI BEBÉ!

-¡Tomás, va hacia la habitación de Jeremy!

Tomás tenía toda la parte derecha de la cara húmeda, sentía un dolor que le empujaba hasta el abismo, aguantó como pudo el equilibrio y no resbaló. Fue hasta su mujer, y ambos se aproximaron hasta el cuarto donde estaba su hijo.

Cuando abrieron la puerta todo parecía estar en calma, el bebé no lloraba, la ligera luz de una vela que habían dejado al bebé, velaba por su seguridad como si se tratara de un faro.

Clara palpó la pared en busca del interruptor de la luz.

CLICK

Había vez una pequeña ratita de nombre Semilla. Semilla era soltera y sin compromiso porque así fue como lo decidió, sí, había echado alguna vez una canita al aire, pero en general le gustaba vivir a su aire, libre y sin ataduras. Vagaba, follaba, comía, dormía panza arriba y de vez en cuando se afilaba los dientes con pedazos de madera.

Había pasado mucho tiempo, se había convertido en una hermosa y gorda rata. Adulta, despreocupada y lista, muy lista. Necesitaba serlo para sobrevivir.

Cuando entró en la habitación, supo de inmediato que sus opciones se habían expandido. Podía huir sí, podía esconderse, claro que sí. También podía….

Clara vio como la rata se encaramaba a los pies de la cuna y subía con presteza hasta llegar al mismo borde.

La rata se dio la vuelta para ver el rostro de sus perseguidores, si  ahora saltaba al interior de la cuna podría darle un buen bocado a aquel jugoso cachorro que dormía sin saber lo que estaba ocurriendo.

Acercaos y saltaré, eso era exactamente lo que quería decir la rata. Acercaos y le pegaré un buen mordisco y os aseguro que si le clavo mis dientes, tendréis que arrancarme de su garganta.

Tomás y Clara, se quedaron en el umbral de la habitación sin saber qué hacer.

Está tan cerca, tan cerca. Clara alza la mano, como intentando alcanzar a su bebé en la distancia, pero no llega. Y la rata se interpone.

-No te muevas Clara -dijo Tomás-, iré por un cuchillo, mataremos a esa bastarda hija de…

-Jeremy…. ¿cómo vas a matarla si no se mueve de ahí? ¡Podrías herir a nuestro hijo!

-¡Me ha arrancada media cara joder!

-Nos ocuparemos de tu cara después de apartar a ese monstruo del camino de mi hijo.

-También es mi hijo. Pero necesitamos algo más contundente que esa escoba para matar a ese bicho.

Clara miró a su marido. Si se acercan, si la tocan con el palo de la escoba podría caer en el interior de la cuna. ¡Joder!

-Está bien, ve a por el cuchillo, yo pensaré como apartarla de la cuna.

Esto es una pesadilla, se dice Clara, no puede estar pasando. De un momento a otro me despertaré, esa rata habrá desaparecido como el romper de una pompa de jabón. ‘Pop’. Y Jeremy estará sano y salvo, sin peligro alguno.

A la mujer le late el corazón, casi puede oír su potente tambor dentro de su caja de huesos. La rata permanece quieta, al borde de la cuna, observa a la mujer y espera, tiene todo el tiempo del mundo. Esperará a que muevan ficha.

Tomás volvió con un gran cuchillo de cortar jamón y un trozo de pan. Miró a Clara, se encogió de hombros. Arrojó el trozo en el extremo opuesto de la habitación a donde estaba la cuna, junto al armario ropero, lejos de ellos pero también lejos de la cuna. No querían que la rata no mordiera el anzuelo por su presencia. Y esperaron.

Pero la rata no reaccionó, no inmediatamente. Olisqueó el pan sin moverse de donde estaba. Miró el pan y volvió a dirigir su mirada a la pareja del umbral de la puerta.

El pan duro le resultaba apetitoso y después de todo, con todo aquel ajetreo tenía algo de hambre. Pero estaba indecisa y seguía sin moverse de allí.

-No se mueve –dijo Tomás-, esa hija de puta no ha movido ni la cola al ver el pan. Debería ser un puto manjar para esos bichos y no se ha movido.

Clara no pudo esperar más, estaba a punto de estallar. Tenía un nudo en el estómago que le estrangulaba por cada segundo que pasaba. No puedo, se dijo.

-Distráela -dijo Clara.

-¿Qué?

-Ve hacia la izquierda, y haz como si te acercaras muy, muy despacio, yo iré por la derecha.

-¿Estas segura?

-¿Se te ocurre alguna otra cosa?

-Ahora mismo lo único en lo que puedo pensar es en Jeremy.

-Ya somos dos.

-Intentémoslo.

Cuando Tomás se dispuso a avanzar hacia la derecha, Clara interpuso su brazo.  Este la miró, y se encontró con sus ojos verdes, suplicándole, rogándole….

-Deja el cuchillo, no me arriesgaré a que hieras al niño.

Tomás asintió.

-Lo dejaré en el suelo.

Déjame qué piense. Déjame que admire. Si hay algo que no puedo soportar, son las esperas largas e intensas.

Tomás da un paso.

Largas e intensas. Esperas que alguien dé comienzo a la función, esperas que salga el maestro de ceremonias a la pista de circo.

Clara da un paso más.

Que se abra el telón. Que los actores salgan a escena. Que la cola de personas empiece a aligerarse, a moverse.

La rata huele a ambos, y los huele en estéreo. Huele a Tomás dirigirse hacia el armario, donde cayó el pedazo de pan. Huele a Clara ir por el extremo opuesto, va muy lentamente, como si se moviera por arenas movedizas y no deseara hundirse mas, ahogarse en el barro.

Acercaos, venga, atreveos.

La rata se gira y mira al bebé. Mira los ojos cerrados del bebé.

Tomás coge el trozo de pan del suelo y hace un gesto, como ofreciéndoselo a la rata.

-¡Eh, hija de puta!, toma, ven a cenar.

La rata le ignora y mira las pequeñas manitas del bebé y sus piececitos. Mira las orejas y esa barbilla redonda, sin forma aparente, solo un círculo cubierto de piel y carne.

Clara da un paso mas, esta tan cerca, ve como la rata ha vuelto su cabeza y está mirando el interior de la cuna, ve como sus desnudas patas están a punto perder el equilibrio. Están tan cerca. Tan cerca. Solo un paso más, tal vez dos.

Tomás vuelve a arrojar el trozo de pan, esta vez va a para al pie de la cuna. La rata lo huele, le llama la atención. Claro que también le llaman la atención los ojos del bebé.

Y de repente piensa en comerlos.

-¡No! ¡Va a saltar!

El grito de Clara lo precipita todo.

Tomás corre hacia la cuna. Clara salta directamente hacia la rata, esta cae en su interior, a los pies del bebé, el cual se despierta y al notar que algo no va bien, comienza a gritar y a llorar. La rata asciende rápidamente por los pies del bebé, por el cuerpecito del bebé, abre su boca. Está dispuesta a saborear la calidez de la sangre, llenará su garganta, su cuerpo se caldeará, y aunque la atrapen, podrá volver a escaparse con energías renovadas.

El mordisco es consumado. Pero algo se ha interpuesto entre la garganta del bebé y los dientes de la rata. Es la mano de Clara.

Clara dibuja una mueca de dolor en su cara. Ha llegado a tiempo para evitar que muerda a Jeremy. Coge a la rata con la otra mano. Esta se revuelve pero no permite que se escape y la saca de la cuna.

La rata la muerde una y otra vez, le deshace la mano a mordiscos y ella aúlla de dolor. Pero el dolor no le importa. Delante de ella ve a Tomás, ha recogido el cuchillo del suelo y se dispone a clavarlo en el cuerpo del animal. Clara aparta la cara y Tomás la ensarta. Ni siquiera así el roedor suelta la mano de Clara. La vuelve a atravesar con el cuchillo y esta vez la rata se suelta y Clara la deja caer en el suelo. La mano le sangra a borbotones. El monstruo está inmóvil en el suelo, muerto,  y lo único que quiere es correr hacia la cuna y comprobar que su hijo está bien.

Lo está. Oh Dios mío, lo está.

 

 

 

 

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