Canicas

Publicado: 26 marzo, 2018 en Microrrelato
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Me llamo Lisbeth y hoy he pasado la mayor parte del día contando una y otra vez mi colección canicas.  Son increíbles, tenía cinco años cuando mi padre mi regaló mi primera canica, solía intercambiarlas con los demás niños del barrio, todas eran reemplazables, menos la de la lágrima roja, y al final todavía estaba allí, en el interior de esa bolsa, junta tantas otras, y ahora, después de treinta años las he sacado de ese viejo baúl que arrastré hasta la galería cuando me mudé a este piso. Por aquel entonces, yo y Malcolm éramos uña y carne. Malcolm solía decirme, “Lisbeth, te quiero, eres la sabia de mi tronco”. Dejé de ser su sabia en algún momento, poco después de que dejara de ser su amante, y algo mas tarde de que perdiera el anillo. “No se dónde lo he dejado Lisbeth, se me habrá caído, aparecerá, seguro que aparecerá”. Para mí era importante, para él un símbolo perdido que podía ser reemplazado.  Al final me reemplazó a mí, supongo que fue eso lo que pasó. Dejé de ser la exótica lágrima roja para pasar a ser, una vulgar canica marrón.

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