La noche en que exorcizé a Jenny

Publicado: 15 marzo, 2018 en Miscelanea, Relatos
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Te llamas Jennifer, tienes los labios más deliciosos, te espero, te abro la puerta, te veo e intento besarte porque te amo, pero lo único que ocurre es que me lanzas palabras como cuchillas y me hieres de muerte.

-Y ahora y después de pensarlo bien. Me dices que todo esto no ha merecido la pena. Todos los momentos que hemos pasado juntos no han sido más que una gran mentira. Y…. ¿qué esperas que haga?, ¿qué esperas que diga? Que diga….. ¡Bien!, ¡estupendo cariño! Tienes razón. Tal vez, tal vez, debamos poner fin a esto. A esto. ¿Ni siquiera tiene nombre? Mírame, maldición. Mírame a los ojos y repítemelo. ¡Repite que ya no significo nada para ti!

Y lo haces, me lo repites una vez más. Y yo no sé qué decir. Solo dudo y ante tu confesión mis palabras casi suenan suplicantes, pero te muestras reticente a mi último gesto de amor y me das la espalda. Y pienso en ti como una fascinante flor que va a conseguir que me desangre. Sobre todo tras ese gran portazo que das al marcharte. Me dejas solo. Y ante mi soledad, mi único consuelo es una botella de vino que guardaba para nosotros dos, aquella botella que conservaba para la noche, en que tras hacer el amor nos emborracharíamos. Así que cojo la botella.

Cojo la jodida botella y la abro sin contemplaciones, con violencia como si fueras tú, y bebo sin copa de la misma botella como insultando el poco cariño que me queda por expresarte. Y bebo, y bebo. Bebo ese vino sangriento y dulce pensando que te beso, sabiendo que no es así. Y ello lo hace aun más amargo. Y ahora, cuando apenas me queda botella por consumir miro por última vez la foto que guardo en mi cartera, la miro para después arrojarla en un cenicero y arrojar  un par de cerillas dentro. Y te veo arder. Veo tu sonrisa de amor arder. Veo como el fuego consume tu imagen, y como ese mismo fuego barre con rabia tu faz de mi mente. Ya no existes Jenny. No te conozco, y no quiero conocerte. Y cuando lo pienso, rebusco en mi memoria algún rastro de ti, pero no lo encuentro. ¡Por Dios que ya no existes para mí!

 

La noche me está matando, me quema, penetra en el interior de mi alma, intenta congelar una rabia que ya he decidido de dar por olvidado. Son las once y media de la noche, el resto es historia. Ya no importa lo ocurrido solo qué ocurrirá a partir de ahora. Y ante eso mis expectativas son extremadamente inocuas. Y pienso, y contemplo la oscuridad abrazándola al unísono. Y las ganas de correr, de huir se apoderan de mí como una sensación de urgencia que me atenaza de un modo insostenible. No lo soporto, me quiebro, rompo y me largo de mi piso. Bajo las escaleras como un tifón, choco con la Señora Tifoidea, la recuerdo, su melena, rubia unas veces, y otras morena. Tiene aspecto de asesina me digo, como una Mantis religiosa, quien sabe a cuantos incautos ha devorado después de absorber su esencia vital. Y me rió porque la imagino como un gigantesco y verde insecto moviéndose sensualmente mientras inyecta el veneno en su presa. Carcajadas de locura resuenan por el hueco de la escalera. Estoy libre, fuera, la noche se muestra ante mí, y se despliega con toda su belleza y misterio. La veo y me dan ganas de saltar intentando agarrar esa ‘nada’ que envuelve el secreto de lo oscuro. Y me lanzo en los brazos de la nocturnidad en busca de algo que me saque de mi realidad. Pero solo encuentro, y tras caminar durante casi quince minutos, un algo y un cómo. Una cafetería que me llama y un motivo como es el frío que me está poseyendo. Mi sorpresa es mayúscula cuando entro. Increíble, me faltan adjetivos para expresar mi absoluta sorpresa. La cafetería es en realidad una librería. Una librería disfrazada de cafetería o, ¿más bien?, ¿al contrario? Una pequeña sonrisa se dibuja en mi rostro, por alguna extraña razón la idea de ‘biblioteca’ me resulta acogedora y entro en la estancia. En cuanto entro, una pequeña recepción con un hombre de unos ciento doce años, me pregunta que deseo. Qué deseo. ¿Acaso es usted algún antiguo ente, algún genio dispuesto a concederme mis deseos más oscuros? No, no lo creo. Así que le pido un simple café, mientras que en mi pensamiento le pido otra cosa. Algo que no revelo, el verdadero deseo de mi subconsciente.

El anciano me acompaña a través de un largo corredor amurallado con gigantescos estantes repletos de libros, y mientras camino observo todos esos títulos, algunos parecen tan antiguos como el mismo tiempo. La sala se abre ante mí, no es muy grande, ni muy pequeña, curiosamente tiene el tamaño perfecto, con sus mesas y sus ¿sillones? Sillones, me digo a mi mismo. Aquello me parece tan divertido, tan sacado de un mundo paralelo, que no puedo evitar soltar una pequeña risa de… aprobación y entusiasmo en realidad. No hay cristales al exterior, la sala está rodeada con estantes a rebosar de libros y más libros, en las circulares mesas de madera de roble un tapete de color rojo con adornos negros en forma de estrella del sur les cubren otorgándolas un curioso tono de misticismo que me parece del todo apropiado para una biblioteca. Aunque sea una biblioteca-café. Me siento, y el anciano se va, supongo que en busca de mi café. Y cuando me quiero dar cuenta…… dejo de estar solo. La mesa de al lado, en la que curiosamente no me había fijado hasta tal punto de que creí que jamás había estado allí, la mesa de al lado se ilumina con una nueva presencia. Una presencia que al parecer ya estaba allí antes de llegar yo. A pesar de que mis ojos no la vieran cuando entré. La presencia, tiene ojos de gata, puedo fijarme en ellos con descaro, no me importa mirarla. Quiero que se fije en mí. La presencia tiene la faz más mágica del universo, su nariz puntiaguda y pequeña parece ser parte del cosmos, como un punto de equilibrio entre universos, y su cabello que cae por sus fascinantes hombros, es negro como la misma noche, a la que yo pretendo abrazar con tanta pasión como me sea posible. La gata deja el libro que está leyendo con tanta atención y me mira. Es entonces cuando me atrapa por completo en su red. Sus rojos labios pronuncian un nombre que apenas escucho y que se que recordaré hasta que se expire mi luz. El nombre congestiona todos mis sentidos y los enloquece hasta tal punto, que mi ser se hace casi etéreo como el de un fantasma. Catherine conoce mi nombre. Me conoce y yo no a ella. Los ojos de Catherine se tornan tristes, me cuentan que me ha estado esperando mucho tiempo. Mucho tiempo esperando que cruzara el umbral para llegar hasta ella. ¿Me esperabas? ¿Cómo es posible si no te recuerdo?, ¿si no te conozco? Y ella asiente y mientras lo hace su cara se derrumba sobre la mesa. Y tose, y por su boca un pequeño hilo de sangre se deja ver. Y eso me atenaza, me horroriza. Sobre todo porque no es más que el principio. Sigue tosiendo, y cada vez escupe más sangre, sangre que impregna la mesa, la alfombra que recubre toda la sala, sangre que me salpica. Me levanto con el miedo en la garganta, pero mi control vuelve y me acerco a ella intentando ayudarla. Ella me aparta entre toses ensangrentadas y yo intento levantar su rostro, un rostro que parece súbitamente reflejar el deterioro de la vida. Sus manos ya no me apartan, ahora se aferran a mi camisa roja, color ensalzado por la sangre que derrama sobre mí. Y entonces oigo sus palabras llegar hasta mí, en una especie de pausa. “Tienes que llegar hasta mí”, me dice. “Sigue mi voz”. Su cuerpo se disuelve ante mí, pero no sus palabras. Y las sigo a través de un amplio corredor claro-oscuro. Camino siguiendo una voz desconocida y limpia, amplificada a veces y otras entrecortada como si fuera emitida desde el otro rincón del universo. Y entonces mi mundo se torna en una oscuridad sin sustancia, líquida y repugnante, pierdo mi norte y caigo durante varios kilómetros al vacío. Mi mente enloquece en un clímax de vertigo infinito.

 

Y cuando abro los ojos lo primero que veo es mi cuerpo, dormido en la cama Pero, ¿entonces? Y siento frío, frío, mucho frío pues me doy cuenta que mi esencia había dejado mi cuerpo. El terror se apoderó de mí, y fue ese miedo a morir lo que me llevó a regresar a mi cuerpo. Y como si mi cuerpo fuera una vulgar vestimenta, me introduje en él. Y volví a abrir los ojos pero esta vez de una forma más física, más sudorosa, y con una sensación de vértigo que me hace desear vomitar. Mi cabeza se vuelve del revés y caigo de la cama de una forma estúpida y estrepitosa. Esto hace que me despierte del todo. Abro totalmente los ojos y veo una botella hecha trizas a un par de metros de mí.

-Joder, jodido vino.

Me encamino al lavabo a lavarme la cara y cuando situo en el espejo mi cara de fracasado me doy cuenta de que mi cara está ensangrentada y chorrea sangre. Me apresuro a lavármela temiendo padecer algún tipo de herida pero el agua no se lleva la sangre porque no hay nada, solo espejismos sin sentido que parecen querer involucrarme en una locura que desde luego, aunque reconfortante, no busco de ninguna forma. Necesito aire fresco, eso es precisamente lo que necesitó.  Me siento en el suelo esperando algo, cualquier cosa, un suceso, un sonido, un temblor, una acción que rompa mi estado de confusión y quietud. Me siento tentado de coger su raqueta de tenis preferida la cual está colgada justo encima de la tele, en hacer una fogata con ella y celebrar lo que maldita sea. Sí, con la fogata haría unas cuantas señales de humo dedicadas a Jenny,….. ‘Jenny cariño, vete a la mierda tú y tu jodida raqueta.’ Pero tampoco hay que ser rencoroso así que probablemente guardaría sus cenizas en un tarro de cristal para regalárselo en su jodido día de cumpleaños.  Feliz cumpleaños cariño, feliz cumpleaños. Te quiero, aunque me hayas roto el alma. Te quiero.

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