Pentágono

Publicado: 10 marzo, 2018 en Miscelanea, Relatos
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Lado 1.

No me pidas que te mienta. No me pidas que te mate. No me pidas que te odie. No me pidas que te deje llorar. No me pidas que te ignore. Que no me lo pidan tus labios, cuando estén llenos de serpientes.

Lado 2.

Cuidó del bebé durante toda su vida. Pero no dejaba de llorar. Nunca dejaba de llorar. Y nunca crecía. Jamás crecía, y deseaba tanto que creciera que un día decidió tratarlo como un adulto, y ante sus palabras adultas, el bebé le miraba con ojos atontados. Y ante su rabia, el bebé, no lograba comprender nada. E hizo que se mirara delante del espejo, y el bebé mirándose, solo vio las luces y sombras que componían su rostro, pero no lograba entender a quienes pertenecían. ¿Era él? ¿Era suya esa sonrisa?, ¿esa mirada? Quizá era otro como él, pero no él. Así que rió, y señaló su imagen frente al espejo. Y permaneció frente al espejo, inamovible, pendiente, de las palabras de su otro ‘yo’. Aquel, que solo movía los labios cuando él los movía, que reía ante su risa y lloraba ante sus lágrimas. Una alma gemela. Un yo más cercano que Mamá, y mucho, mucho más que Papá.

Lado 3.

La noche en que empezó a ver pequeños osos de peluche debajo de las teclas de su ordenador, se dijo a sí misma, que algo en su cabeza no andaba bien.  Un buen día, los empezó a ver bajo su cama, y también los vio en la nevera, junto a las salchichas, comiéndose una de ellas y guiñándole un ojo mientras lo hacia. Los vio junto a ella, en el sofá, mientras veía una vieja película en blanco y negro en el salón y también los veía en sus sueños. Y en sus sueños, los osos, la rodeaban y al final la devoraban.

Un Martes día 15 se arrodilló junto a uno de esos ositos que correteaban por su piso y le preguntó;

-¿Por qué estáis aquí?, ¿he perdido la razón?

El osito, la miró con aire de interrogación y le respondió:

-Sí, la perdiste, y nos enviaste a nosotros para encontrarla.

Lado 4.

 Hace diez años Miguel tuvo un perro de nombre Billy, a Billy le atropelló un camión cuando se escapó e intentó cruzar la carretera. El dueño del camión, Bob, tenía una mujer y cinco hijos, su mujer se llamaba Elena. Elena dormía por el día y despertaba por la noche, veía el teletienda de las 3:45. En ese teletienda trabajaba Lola, su sobrina de 22 años de nariz arrugada y párpados caídos. Lola  vivía con Raúl, el cual trabajaba como ‘Estatua’ en la plaza del Sol. Se vestía de ‘Estatua de la libertad’ los domingos, lunes y martes y de ‘Hombre Vikingo’ los miércoles, jueves y viernes. El sábado se tomaba fiesta y de vez en cuando iba al bar del barrio ‘El Espigadero’ cuyo propietario Miguel, al parecer había tenido cerca de una docena de perros y todos y cada uno de ellos habían sufrido un destino fatal.

Lado 5.

Quiero que me escuches. Que me escuches con atención. Hay una luz que traspasa mi cabeza. He regresado de la muerte para volver a ti, cuando caigas estaré contigo para ayudarte a levantar. Cuando llores, estaré contigo para recoger tus lágrimas y conservarlas en una caja de cristal. Yo estaré allí para tapar tus heridas, para besar tu dolor, para abrazar tu rabia y desesperación, y cuando creas que el mundo no tiene sentido, yo estaré allí.

En la mesa sobre la que se haya el pentágono, hay dos copas de cristal, una en cada extremo. En una de ellas la copa está medio llena de azúcar, en la otra, cinco palabras de color rosado reposan, y según el color de los ojos de quienes las miran, su significado varía.

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