Los miércoles Albóndigas

Publicado: 3 marzo, 2018 en Miscelanea, Relatos
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Antes del amanecer yo era una sombra de mí mismo. Un hombre sin nombre, un pellejo tirado en un callejón, alimentándome de pieles de plátano y meando a escondidas en cada rincón. Como un perro, delimitando mi territorio. Que no era ninguno, que eran todas partes. Entonces vi su cara y supe que la vida era justa, o tan justa como puede serlo. Allí en el comedor de indigentes vi su rostro, y sonreí.  Sonreí desde mi mesa, mientras masticaba esas albóndigas hechas con carne de rata.

A veces, tumbado en el banco, cubierto con la sección de deportes, la de política y las jodidas páginas amarillas en las que debería encontrar un trabajo pero solo veo rechazos, lo recuerdo todo claramente, como si de un sueño se tratase, o algo que me hubieran contado, algo que le hubiera ocurrido a otra persona, pues eso era yo, otra persona. Cuando lo recuerdo, y es como una puta pesadilla que vivo una y otra vez, lo primero que recuerdo es que suena un despertador.

Son las siete y media de la mañana y suena el despertador, estiro la mano hasta apagarlo. Junto a mí está mi mujer, Laura, con largos cabellos cubriéndole ojos y boca, parece ahogada entre su propio pelo, hasta que se mueve, abre los ojos y me sonríe, siempre me sonríe, solo cuando veo esa sonrisa se que todo va bien. Desayuno huevos con jamón, me meto en el coche, hace un día espléndido, apenas hay tráfico, cuando llego a la oficina, saludo a Sal, a Montse, saludo a Roger y a Clara, por algún motivo su saludo carece de sal y pimienta, lanzan palabras con poca fuerza y todas llegan al suelo antes que a mis oídos, son susurros temerosos, ¿de qué?, les digo, ¿ocurre algo?, vamos joder, ¡la vida es maravillosa!, venga Clara, ¡anima esa cara!, ¡eh Roger, tío, no te preocupes los informes llegarán a tiempo! Y le doy una palmada en el hombro. Todo va bien, con un ambiente enrarecido sí, pero bien, no como todos los días, pero bien, porque nada puede ir mal, a mí no, hasta que llego a mi mesa.  Y abro el portátil, y como accionado por éste, suena mi teléfono. Es su majestad la “Reina” y me pide que acuda a su despacho. Algo va mal, la “Reina”, está más misteriosa de lo normal, pero esta Reina no viene de ese país, y no corta cabezas por capricho. El informe, me digo, eso quiere, el que hay que entregar antes de que acabe la semana. ¡No hay problema! No, no lo hay, tengo un borrador en el ordenador, me digo a mi mismo que a la “Reina” no se la hace esperar, pero 5 minutos no es mucho,  así que me tomo esos 5 minutos para encender el ordenador y quizás otros 5 para imprimir el informe. En menos de 2 minutos más el informe está en mis manos, y 2 más dedicados a mis piernas, que avanzan decididas hasta el final del pasillo, hasta la guarida del dragón, allí donde su majestad la “Reina” exhala fuego. Llego hasta su puerta –su cueva-, respiro y estiro la sonrisa hasta que mi cara no es más que una mueca. Saludo a la “Reina” y ella, desde su trono se digna a saludarme a mí también, altiva no deja de mirarme desde allí en lo alto de su montaña. Yo le ofrezco el borrador del informe, y ella mi ofrece su mirada, una mirada que va mas allá de papeles, mirada que engancha la mía. La “Reina” levanta su cetro, me toca la cabeza con él, siento como una rara energía traspasa mi cuerpo, hace que pierda el uso de mis piernas y me siente, y cuando lo hago, en cuanto lo hago, me siento atrapado, mis brazos no se mueven, ni mis piernas, apenas mi lengua y la utilizo para preguntar qué ocurre. Lo que ocurre es un juicio que ya ha acabado y del que no he sido testigo, y se ha dictado sentencia, y la sentencia es mi jodida muerte. Me envía de un puto golpe a la milla verde, al puto corredor de la muerte, estoy acabado, finito, estoy…. Despedido. Ha habido, perdidas, dice la “Reina”, las arcas reales están casi al límite, informa la “Reina”, y aunque me  agradece los servicios prestados, ahora, ya no son necesarios, así que me insta a recoger mis cosas y abandonar su reino lo antes posible. La puta de la “Reina” mira el reloj de arena que adorna su muñeca y me dice que tengo 10 minutos para despedirme del resto de los súbditos y salir del palacio. ¿Es una jodida broma?, eso le digo a la “Reina”, desafiante, y ella niega con la cabeza y me señala su reloj. El tiempo pasa, y cuando el último grano de arena caiga, tú, dejarás de existir como empleado, ya no eres ni serás. Eso dice la “Reina”, y yo salgo de allí. Pero mi alma, aplastada, se queda allí dentro. El muerto viviente escucha palabras de Clara, de Roger, de Montse –sí, la de telefonía, esa puta nunca me cayó bien, siempre con su sonrisa a medias-, me lanzan palabras de consuelo. ¿Consuelo? El muerto viviente en el que me he convertido no escucha nada, solo camina y hace lo que tiene que hacer, recoger el equipaje, meterlo todo en una cajita de cartón pequeña –la foto de Laura, el cactus que me regaló por mi cumpleaños, sí y esa pegatina que me salió en uno de los pastelitos de la máquina de café- todo a la caja. En cuanto salgo del edificio miro la caja de cartón y miro el contenedor de basura que, desde la cera de enfrente me mira hambriento, ¡aliméntame!, me dice el contenedor. Puedo escucharlo con claridad. Lo hago, arrojo esa caja de cartón con todo lo que contiene a la basura. El contenedor, no me da las gracias, solo me parece oír una voz en su interior, una voz que dice, quiero más, más.

Cuando llego a casa, Laura no está, todavía no ha llegado de trabajar, así que sólo, me siento en el sofá con una cerveza en una mano y el mando a distancia en la otra. En la tele salgo yo, yo soy el protagonista en todos y cada uno de los programas de la jodida tele y en todos caigo, como un bebé que aprende a andar, caigo una y otra vez. Caigo, y no tengo un trozo de madera al que agarrarme, porque estoy jodidamente despedido, bienvenido al país de los parados, no necesitas pasaporte, ni carnet de residencia, aquí somos todos bienvenidos, pero tío, aquí no hay bebidas gratis, ni comida, no hay nada, porque este país en sí, no es mas que una gran nada que tarde o temprano acabará alimentándose de ti.

Después de eso, bueno, todo se precipita, de algún modo, en algún momento, mi mujer ya no lo es, y la casa que solía ser mía, tampoco lo es, alguien me quita las llaves y me encuentro solo abrazado a una farola con una bombilla mal enroscada, que me da luz solo a ratos, entonces las nubes, como el resto de la humanidad, se alían contra mi, y me veo empapado de calamidad. Pongo un nombre a todas y cada una de las gotas que caen sobre mí. Camino por las calles y cuando me quiero dar cuenta esas mismas calles, frías, oscuras, duras, son mi nuevo hogar. Los lunes se puede pedir en la entrada del supermercado que hace esquina con la calle Merchant, los martes si acudes a la iglesia del Señor Paolo, te da pan y huevos, los miércoles se puede comer en el centro de indigencia de la calle Naranjo, allí haces cola durante cuarenta minutos y te dan primero, segundo y postre, pero te aconsejo que no pruebes las judías, no las pruebes, esas jodidas judías las ponen solo para reducir la población de pobres de esta mierda de ciudad. En cuanto a las albóndigas, no lo dudes, joder, no lo dudes.

Y es un miércoles, sentado en la mesa junto a tantos, y comiéndonos las albóndigas cuando la veo, la veo en la cola, la veo recoger la bandeja con comida y la veo girarse y mirarme. La reconozco y ella me reconoce. Joder que sí. Allí está la puta de la “Reina”, sus ojos ya no brillan, ya no hay cetro, ni trono, sus vestidos son harapos y su pelo parece peinado con resina de árbol viejo. No puedo evitar que una sonrisa de rencor invada mi rostro, me levanto, me acerco a ella, me inclino, y le susurro con mucha suavidad al oído.

-Bienvenida a mi reino hija de puta.

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