La espera

Publicado: 1 marzo, 2018 en Miscelanea, Relatos
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Sentado en la sala de espera de urgencias mira el reloj, nervioso y cansado, las horas no pasan. El tiempo parece resonar en su cabeza como un ente vivo que le recuerda constantemente que es él o ello quien manda. No tiene poder, no es más que una hormiga, un insecto y ve aparecer a Amanda por la entrada del Hospital y hace la única pregunta que, en realidad, no necesita contestación.

-¿Dónde está Michel?

Lo sabe. Todos lo saben. Michel está en el parking, encerrado en el interior del coche, con las ventanillas cerradas y dejando que el humo del cigarrillo que está fumando lo inunde, lo rodee, transforme la atmósfera de su pequeño universo. Exhala e Inhala el mismo humo, de alguna forma se está respirando así mismo, y en ese planeta habitado únicamente por él, se alimenta de esa toxicidad que nubla sus pensamientos. El viejo se muere, piensa Michel. Se muere, por fin. Quizás con un par de cigarrillos más, pueda morir con él. Uno más y se convertirá en una sustancia fea, negra y pegajosa, dos más y podrán asfaltar carreteras con su carne. Siente el calor cerca de sus labios, escucha la música que toca la muerte al aproximarse, la nota, está arriba, abajo y en todos los lados, se multiplica y golpea en las puertas blancas de cada habitación llevándose a sus ocupantes, es la perfecta casera, con su rostro amable, promete que no habrá dolor, una suave transición hacia un lugar maravilloso, pero miente, juega con ventaja, tiene todas las cartas y aun así farolea para ganar la partida,  si le estiras de la piel solo encontrarás una calavera perfectamente pelada y chupada, como un hueso de pollo. Llévatelo de una vez Parca, hazlo ya, hija de puta. Que no sufra más. Que no…. y arriba todos esperan. Y esperan. Una tormenta llegará, el cielo se tiñe por momentos de rojo porque alguien lo ha encendido y todo arde allá en lo alto, y ni un mal paraguas nos salvará de las cenizas ardientes que caen sin remisión. Podría arrancar el coche, podría salir de allí, largarse y esconderse en el agujero mas profundo hasta que todo pase. Podría…. huye cobarde, no importa lo que corras, no puedes escapar a la verdad, no puedes huir de la vida, y tampoco de la muerte. ¿No lo ves? Por eso nos da tanta ventaja. Sonríe entre toses y maldice a los ojos que mira a través del retrovisor interior del coche. Hola capullo, se dice, y en lo mas profundo del marrón de su iris solo encuentra un océano de barro en el que las imágenes están atrapadas en arenas movedizas. Pega una calada, el inicio se enciende y el fin de se apaga, su mirada va en busca de su muñeca y no encuentra allí al tiempo, lo ha dejado fuera de la ecuación. Abre la guantera y recoge un libro, es el diario de su padre, en la primera página, unas suaves líneas dejan escrito “Entre Mundos”, en la segunda recogen un “allí donde nací”, salta a la última página para ver el “aquí donde morí”. No está seguro de querer leerlo, toda una vida, reducida a un puñado de hojas de papel, que podrían tan, fácil, tan sencillo, prender, y extinguirse, como la vida de aquel que las escribió. Abre la ventanilla del coche y arroja el libro por ella, luego la vuelve a subir. En el asiento del copiloto el móvil suena, ese bicho estúpido al cual la humanidad rinde pleitesía, lo coge, observa el nombre en la pantalla durante unos segundos y espera a que deje de sonar. La música es una caída en el vacío. Michel grita en su interior y su agonía se da de bruces convirtiéndose en un viajero atrapado en otro mundo cuya salida, sus labios, están sellados y no se abrirán, no lo harán, no, hasta que todo haya pasado.

Alguien golpea en la venilla del coche, se vuelve y mira la mano, apoyada, carne blanca buscando una entrada en la cueva de Alí-Baba, vete, dice Michel, los 40 ladrones se han ido a pescar, aquí no hay nadie, vuelve mas tarde, o mejor, no vuelvas. No quiero ver tu rostro, ni tu boca, ni tus dientes. Pero insiste, y la mano da lugar a una transformación, hay orejas, y ojos, y una boca cuyos dientes relucen como perlas, la boca se abre emitiendo sonidos que chocan contra el cristal del vehículo. Mi escudo los detiene, se dice Michel, no llegarás hasta mí, mi fortaleza, mis defensas, me protegeré. No pasarás. En el exterior el rostro de una mujer cuyas surcos, cuyos rasgos conoce también como los suyos le enseña un teléfono, le dice, no estoy armada, ¿me ves?, y bajo mis mangas, no hay nada, déjame entrar. Sabe que es un ardid, sabe que es una trampa, sabe que si abre, la verdad llegará hasta él, de forma inexorable y le rebanará el corazón en dos.

La mujer en el exterior de vehículo hace sonar el móvil del interior del coche. Michel, resignado, acepta la llamada, escucha la voz, es agradable. Es cálida.

-Michel, ya está. Ya ha acabado. Lo siento hermano, se ha ido.

El hombre abre la puerta del coche, sale, y camina hasta su hermana. Se dirigen para ser consumidos por la luz del sol cuando él se detiene a la salida del parking y retrocede para recoger un pequeño libro del suelo.  “Qué es”, le pregunta ella. “Es su puño y su letra”, responde él.

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