El duende de Todd E. Emerich

Publicado: 28 febrero, 2018 en Miscelanea, Relatos
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Todo el mundo necesita a alguien.

A alguien que amar, que besar, que abrazar.

Y si piensas que no es así, amigo, ya estas mas que jodido.

Me llamo Todd E. Emerich. Anoche me desperté solo en mi habitación de diez metros cuadrados, me di la vuelta y me pareció ver a un duende de orejas puntiagudas, y sonrisa desplegada de oreja a oreja.

Hoy le he vuelto ver, parece tener una extraña obsesión en mí. Será que le gustan los desgraciados.

He visto tu foto cerca de doscientas veces y en cada una de ellas, cambia de expresión como si estuviera viva. Como si estuvieras viva. Apenas ya recuerdo tu nombre, en otra vida estuviste a mi lado. Pero eso fue en otra vida, fue un recuerdo inventado, insertado por algún científico loco en mi memoria. Como lo coja al muy cabrón, le contaré lo mucho que duele y lo arrojaré por un barranco con un ‘Adiós amigo, no vuelvas’.

El duende me esconde los calcetines, los rojos, supongo que bajo la cama o puede que en el segundo cajón de la cómoda. Junto a la baraja de póker, esa que tiene tantos comodines como dedos mis pies.

Me hace una señal, me pide que le siga, y él va pegando saltitos, como bailando una melodía que solo él conoce. Me señala la ventana del salón, da a la calle, mi calle es una serpiente con tortícolis, una culebra incapaz de dar marcha atrás. No tiene ni un solo trozo recto. Es el sitio perfecto para los tropiezos, los accidentes de tráfico, los esguinces, las escayolas y para jugar al yoyó. Cuando era niño se me daba bien, podía hacer incluso el truco del perro.

Mirad. Mirad. ¿Me estáis viendo? Joder soy la leche con el yoyó.

El duende me señala a través de la ventana, se saca una especie de sombrero de su chaquetita amarilla, lo sacude y forma un cono rojo que se pone en la cabeza.

Mira, me dice. Mira a través de la ventana.

No sé que quieres que mire, en mitad de la calle veo coches aparcados, formando filas y filas. En la otra mitad, están las obras del metro. Jodido metro. Media ciudad paralizada por un montón de agujeros hechos para un gusano mecánico. La ciudad convertida en un parque de atracciones. ¿Queréis ver las mejores vistas del infierno? Pues subíos al metro. ¿Queréis gozar del olor a cloaca? Pues subíos al metro. La imagen de una foca desollada me viene a la cabeza.

El duende insiste en señalarme la calle. Esta claro que ha salido del interior de una lata de cerveza, las compro demasiado baratas, el óxido me ha descosido el cerebro. Y yo, no soy muy bueno remendando. Debería, debería, volver a la cama. Me masturbaré mientras pienso en que necesito dormir. Eso me relajará, aliviará tensiones. Y además necesito sentir algo parecido al placer.

Alguien debería cortarme los hilos de la existencia. Y el puto duende sigue sin dejarme en paz, se pone a bailar claqué delante de mí. ¿Pero qué clase de zapatos lleva?

Muy bien joder, iré a ver. Bajaré a la calle, miraré a izquierda y derecha y luego me dejaras en paz. ¿Vale pequeño?

El duende me asiente con la cabeza, se ha puesto más contento y rebota por las paredes como si sus pies fueran muelles. Quizás lo son, no me he fijado demasiado.

Necesito una cerveza, o dos, o tres. Necesito una ducha de cloroformo, un trago de ginebra, un bocado al limón que tengo por cogote.

Me pongo un par de zapatillas de ir por casa. Mi camiseta de Garfield ‘Quiero Lasaña Jon’, y unos pantalones cortos. Tienen una rotura en el trasero. Espero no cruzarme con la señora Sara del 3B, seguro que le daba un ‘patatús’ al ver parte de mi peludo trasero. Y me niego a hacerle el boca a boca. Ya sé que sería denegación de auxilio. Pero que quieren que les diga, uno tiene sus limitaciones. Todos somos malos en algún aspecto. Yo soy tan bueno como el que menos y tan malo como el que más. O tal vez sea porque es lunes y siento tanto calor que no me encuentro la lengua entre mis torcidos dientes.

Así que bajo a la calle, no me cruzo con nadie al salir del piso. Llamo al ascensor, un trueno sacude el edificio. A eso le llamo yo una caja de pino. A mí que me entierren en el jodido ascensor, al fin y al cabo pago su mantenimiento todos los meses. Con puntualidad. Toda la que me permite mi escaso sueldo.

¡PING!

¡Qué les parece! El ascensor llegó. Y cuando se abre, veo un gato negro que tiene aspecto de no haber comido en años. Mas que un gato parece una alfombra de huesos. Me toco la frente instintivamente. Joder, un gato negro, da mala suerte, aunque con lo famélico que está éste, dudo que pueda despedir maldición alguna. Está más en el otro mundo que en este. Decido no molestarle. No me importa su presencia y no parece importarle a él la mía. A eso lo llamo convivencia y cordialidad. Nunca me gustaron demasiado los gatos, pero éste me cayó bien al primer vistazo. Quizás me vi reflejado en él. Cansado, hambriento, con los huesos estirándose a punto de romper la piel. La barrera de la humanidad.

El duende se ha ido. No ha entrado en el ascensor conmigo. Me pregunto si por fin me habrá dejado en paz. Una media sonrisa se dibuja en mi rostro, casi triunfal. Casi…. estúpida…. lo vuelvo a ver cuando el ascensor llega al planta baja. Se abren las -¿abren? y un cuerno, abro, ya es una suerte que el trasto me haya bajado 3 pisos sin explotar- puertas. Le veo, ahí pequeño, verde, feo, joder, muy feo. Con esa tonta sonrisa, de veras que no se qué cojones le parece tan encantador como para tener los labios pegados con superglue.

Le sigo hasta la calle y veo… bueno, no veo nada, es de noche y no hay alma, fantasma, ser vivo o inerte que se mueva por allí. Ni siquiera está el vigilante de la obra del metro. Habrá ido a por tabaco, o estará follando con su novia en uno de esos túneles a medio construir. De un momento a otro empezaré a oír jadeos secos y contundentes, qué mierda. Dibujo una media sonrisa en mi rostro.

El duende me pide que cruce la calzada y se sube al techo de uno de los coches aparcados en la cera de enfrente. Es un viejo Mustang, supongo que hace años fue blanco, ahora es color ocre, por no decir otra cosa….

Me siento en medio del asfalto. Siento que me pesan las piernas y de sentarme paso a tumbarme. Está duro, está frío y mi cabeza se resiente del contacto con la dureza de la esperanza llamando a mi puerta con un martillo neumático. TOC TOC. ¿Hay alguien? Alguien no está. Alguien está comiendo. Alguien está viajando en coche, hacía… yo que coño se. Alguien se ha perdido por no llevar un mapa de carreteras.

Veo el cielo nocturno por encima de mí. Una estrella me guiña el ojo. En realidad me lo guiñó hace un millón de años. Así que es evidente que no fue a mí, y si no fue a mí, qué sentido tiene ver su rostro, su nariz cuadrada-blanca-pálida que puede olerme incluso en el pasado.

No sé que pensar de todo esto. Creo que tal vez, si me quedo un rato más tumbado perdiéndome en el firmamento logre sacar algo en claro. Un batido de nata, un par de huevos revueltos, una partida de billar repleta de cosquillas.

No sé que quieres decirme. Sí se que todo cobra sentido cuanto menos lo tiene.

Me muero de ganas de tocar el piano. Hace años que no lo toco.

¿Qué canción podría tocar? Alguna llena de falsas notas. Alguna que tuviera que acercarme mucho para escucharla. Alguna solo para mí, y para quien quiera escuchar.

Me pregunto si hay alguien mas escuchándome, si alguna vez lo hubo, si lo habrá.

 

Busco esa sonrisa dentro de un millón de años. Le guiño el ojo y pienso que puede que nadie me vea ahora, pero sí quizás en un futuro, puede que un día me de la vuelta y alguien me devuelva el guiño y fabrique una nueva forma de sonreír solo para mí.

Quisiera acostarme y dormir. Tengo sueño, tanto sueño.

Creo que voy a cerrar los ojos y dejarme llevar por mis sueños más locos.

Merece la pena probar. Merece la pena tanto como degustar unos labios.

Miro a la noche y busco esos labios. Si están escondidos los encontraré. Y los guardaré en el pequeño cajón de mi alma.

Hace una noche particularmente hermosa después de todo.

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