Sara

Publicado: 25 febrero, 2018 en Miscelanea, Relatos
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La noche en que le regaló el jersey a Joanna pensó en todas las putadas que le había hecho durante los 10 años en que habían conservado, nadie sabe bien cómo, su amistad.

Recordó como le robó a su novio Daniel, o fue Daniel, el muy hijo de perra que se largó con ella el día que cumplían un año de relación. Recordó haber comprado un colgante con un medio corazón a Daniel y la cara de Daniel, cuando casi llorando, le dijo que no podía aceptarlo.

‘Así son las cosas, así es la vida, así es el amor, lo siento.’

Sara recordó como tuvo que contenerse para no lanzarle una patada a los testículos. Y encima casi lloró el muy cabrón. Al día siguiente localizó el coche de Daniel, un Ford recién comprado rojo brillante con llantas de aleación y le pinchó un par de ruedas, tras rayarlo distraídamente con las llaves de casa. Oh dios santo… si es que hay tanto vándalo suelto.

Ay, la buena de Joanna, fue divertido cuando hicieron el examen de conducir juntas y ella en el asiento detrás le susurró algo al oído, algo que hiciera que se saltara un stop y que casi atropellara a Cillian el cartero del barrio. Cillian, casado con un hijo y otro en camino estuvo a tres dedos de acabar en el hospital, desde aquel día la tez de su piel fue aún más blanca y jamás consiguió ponerse moreno en la playa. Todo un trauma para el bueno de Cillian. Ah sí, el susurro al oído de Joanna. ¿Qué le dijo? Fue algo así.

‘Anoche me follé a Dani’

¿Fue antes o después de que Sara y Dani rompieran?

Y qué coño importaba.

Aquello la sacó de sus casillas. La muy cabrona. Sara espero un par de años, el tiempo en que Joanna estuvo intentando sin remedio sacarse el carnet de conducir para vengarse. Y aquella bella tarde de verano, conociendo a la perfección la ruta que iba a seguir, Sara con descuido tropezó y empujó un carrito de compras abandonado en medio de la calzada. El carrito se estrelló contra el morro del coche y Joanna suspendió el examen. Definitivamente se sintió muy mal por aquello, por dios, podría haber matado a alguien, tan solo por una estúpida venganza. Aquello había llegado demasiado lejos y se prometió así misma que jamás volvería a cometer tan vil y despreciable acto.

Y durante un tiempo fue así.

En la navidad del 2001 Joanna apareció en su casa, con Daniel. ¿De quién había sido la estúpida idea de invitarla? Pues de su madre, claro, quién sino. La madre de Sara, Jessica, veneraba a Joanna. Mira a Joanna, es tan lista, Joanna es tan elegante, Joanna es tan moderna. Mira qué guapa va a Joanna y ¡qué tipo tiene! Seguro que todos los hombres se la quedan mirando por la calle. ¿Por qué no te tiras por la ventana junto a Joanna? Hay que joderse, y eso que era su madre. Sara adoraba a su madre, aunque fuera una gilipollas. Y aquella Navidad, la primera Navidad que a Sara le había dado por poner aquel estúpido árbol de plástico torcido a Billy, el perro del marido de su madre, no su padre, le había dado por mordisquear y roerlo hasta el tuétano. Nicolás, su padrastro, era un tipo encantador cuya estupenda afición a la bebida solía hacer que cada año acabara con un bonito vestido de volantes y cantando a voces alguna canción de la folclórica de turno. ¿Cuál era el mejor amigo de Nic? Ah, sí, Jack Daniels. Se contaban chistes de borrachos mutuamente. Un tipo encantador sin duda.

Fue un momento sublime el del pavo. Sentados en la mesa los cuatro, Nicolás había salido inesperadamente a un ‘recado’ por llamarlo de alguna forma, Sara y su madre en un lado de aquella mesa cuadrada y Joanna y Dani en la otra parte. Por su puesto el pavo en medio, incapaz de decir ninguna palabra, tal vez porque estaba un tanto muerto y horneado. El silencio rotundo se rompió cuando Dani hizo algo que como siempre no debía. Abrir su bocaza. Así que soltó algo así como…’¡Qué!…. ¿¡metemos mano al pavo chicas!?’

Metemos mano. El muy cabrón. Así que cuando Sara cogió el enorme cuchillo de trinchar el pavo y tuvo cierto pensamiento consistente en cercenar el colgajo de Dani para luego ofrecérselo a comer al perro Billy, tuvo que desistir de tan atrayente idea debido a un pensamiento no del todo equivocado. Sería una putada ofrecer tal miseria al pobre perro. Se merecía un bocado más suculento y con certeza más grande.

La cena transcurrió por lo demás con normalidad, o al menos todo lo normal que puede parecer comer con tu amiga, que te puso los cuernos con tu ex, y cenar con el cabrón de tu ex, que se folló a tu amiga, quizá por un tonto tropiezo. Tal vez si su madre no se hubiera empeñado en elogiar de continuo a Joanna tanto por sus logros profesionales como personales, Sara se hubiera podido comer con patatas toda aquella gigantesca basura que se le había venido encima. Pero no…. su jodida madre no paraba. ‘Y ¿cuántos metros tiene el piso que os habéis comparado?, ¿sí?, ¿90 metros? ¿Todo un lujo, no? Teniendo en cuenta cómo están los pisos… y… ¿es cierto que te han ascendido a directora de….?’

Directora de un jodido establecimiento de comida para perros. Así se cayera en la marmita y se la zamparan los perritos del anuncio de papel higiénico. Pagaría por verlo e incluso les compraría algún rollo que otro. Sara había sonreído con aquel delicioso pensamiento.

El temido momento llegó casi cuando la noche andaba por arrodillarse a la mañana. Nicolás por su puesto seguía desaparecido, lo más probable es que lo encontraran en un rincón de algún centro comercial con alcohol flotando por sus pupilas como un parásito que había sustituido su sangre. Nada nuevo. Jessica se llevó a Dani a la cocina y le pidió que ayudara a recoger y a fregar los platos.

Sara y Joanna se quedaron a solas.

Joanna, con su permanente sonrisa inmaculada y sus perfectas tetas de silicona, sonrió a Sara. Y abrió la boca:

‘Sabes Sara, cuando te veo a ti, y me veo a mi. Veo la otra cara de la moneda. Me da pena por ti, me gustaría ayudarte, te veo tan… infeliz cariño. Dime qué necesitas y yo te ayudaré en lo que pueda. Sé que tienes uno de esos empleos temporales en los que apenas te pagan para sobrevivir. Podría conseguirte algún puesto en mi empresa., no sé, tal vez recepcionista, seguro que te adecuarías muy bien. Creo que tienes cierto don para los idiomas ¿verdad cariño? No es que sea algo realmente útil en la vida real, pero seguro que estarías perfecta como recepcionista. Podrías incluso limarte esas uñas tan descuidadas que tienes y tal vez ligar con el chico que viene a recoger los paquetes. Es un buen chico, Sara, cariño, algo torpe sí, algo uhmmm como decirlo para no herir su sensibilidad. Lento. Lento es la palabra. Eres una mujer triste Sara, acabarás sola y desgraciada, de verdad quiero ayudarte.’

No paró de hablar. Durante cinco jodidos minutos, la muy puta no paró de largar y humillarla con sus palabras. Y durante esos interminables minutos creyó que su ceño, y sus dientes de tanto apretarlos iban a estallar, y quizá con suerte alguna astilla saliera disparada y se clavara en el ojo derecho de aquella zorra. Así tendría el placer de regalarle un bonito parche pirata por Navidad, no sin antes romperle las piernas para que pareciera una verdadera pirata, con su pata de palo incluida.

Sara se levantó de la mesa, se acercó a Joanna hasta que sus dos narices casi chocaron y le escupió cuatro palabras.

‘Fuera de mi casa’

Oh dios, cuánto deseó en aquella ocasión haberle propinado un buen puñetazo y romperle aquella bonita nariz de porcelana.

Después de aquello no volvió a saber de Joanna durante un tiempo. Jessica se cabreó con ella con resultado: Jessica 1 – Sara (que te jodan Mamá, me voy de casa) 2.

Sara se buscó un pequeño estudió en el centro de la ciudad, consiguió un empleo en que le pagaban un sueldo al menos digno, con el cual incluso llegaba a fin de mes.

A medianoche de un martes 15 de un mes 2, Sara, se cepilló los dientes con tesón, se puso la crema de la cara, esa de color verde que hacía que le brillara la cara por la noche como si se tratara de un fantasma errante. Tres años después tendría una cara más bien parecida por una indigestión con kiwis. Treinta años después tendría una cara similar debido en gran parte a insatisfacciones personales. Pero aquella noche, Sara y su cara de kiwi se encaminaron al balcón a ver como Carlos paseaba su perro. Carlos era un tipo curioso, trabajaba en ‘Fox’ la horchatería de la esquina, de camarero. El tipo de las mil sonrisas, tenía una sonrisa para cada pedido y dos para cada cliente. Carlos siempre guardaba una sonrisa especial cuando Sara aparecía por allí y le pedía el batido de chocolate extra, pero nunca le decía nada, tan solo le dedicaba su sonrisa especial, le servía e iba a la siguiente mesa. En cuanto salía del trabajo sufría una metamorfosis. Carlos el sonrisas, se transformaba en Carlos el taciturno y parecía dedicarse por completo a su perro Terrier de 14 años cuyo pelaje blanco tenía más que ver con su edad que con su verdadero color. Hubo una época en que Patas, el Terrier de Carlos, tiraba de él con fuerza, dando la sensación de que era el perro quien paseaba a su amo. Pero eso pasó tiempo atrás, y ahora era Carlos quien prácticamente tenía que arrastrar a Patas para que se moviera. El perro se quedaba parado rueda si, árbol no, le miraba, casi suplicante para que le llevara de vuelta al calor de su casa.

Carlos siempre miraba hacia arriba en busca de Sara, la veía todas las noches asomarse al balcón y observaba. En realidad se observaban mutuamente y mutuamente lo disimulaban. Carlos era un tipo tímido pero había algo en él que atraía a Sara. O quizás fuera el chucho que continuamente se paraba, terco, cada dos pasos, miraba a su amo y le pedía que le cogiera a brazos. Algo a lo que Carlos, acababa accediendo. Aquella sonrisa especial, la de los reflejos, esa tan ancha que prometía algo verdadero y sencillo al mismo tiempo. Le gustaba a Sara. ‘Una sonrisa te salvará la vida’, se decía.

‘Una sonrisa nos salvará a todos, si somos capaces de encontrar a la persona que nos la dedique.’

‘Quiero ser salvada y quiero salvarte a ti’

‘Quiero mirarte a los ojos y que surja de ti la mas espontánea de las sonrisas.’

Pero nunca iba más allá de observarle, y a Patas.

Nunca a excepción de aquella noche. Pasó algo, quizá fue el Kiwi o tal vez fuera Patas que se había plantado en medio de la calle con aire distraído, mirando a un lado y a otro y esperando quien sabe qué, ¿un toque de inspiración? O tal vez fuera Carlos que esta vez había disimulado algo menos al mirar hacia el balcón de Sara. Casi pudo saborear el color de sus ojos. O imaginarlos llenos de destellos, como si fueran piedras preciosas.

Así que cuando Carlos se encontró con aquella chica con la cara cubierta de una repugnante plasta verde con aroma a kiwi fresco saliendo del portal y dirigiéndose a él, lo único que se le ocurrió decir, lo único que se le ocurrió hacer, fue acercarse a ella y con un pañuelo, quitarle algo de la crema que se acumulaba alrededor de los ojos.

‘Mucho mejor’, se limitó a decir.

Mucho mejor.

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comentarios
  1. Angel dice:

    Gracias por leerlo.

    Me gusta

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