Acción y reacción

Publicado: 25 febrero, 2018 en Miscelanea, Relatos
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Estaban sentados sobre el capó de un viejo Volvo con el parachoques magullado. Ella mascaba chicle y él comía pipas incesantemente.

En dos días él se iría de la ciudad, y la reacción de ella ante tal descubrimiento fue el silencio y la omisión.

No me importas demasiado quería decir con ello. Debería sentir dolor, pensaba él. Pensaba que se lo ocultaba, o que tal vez, la última vez que sus ojos chocaron debajo de unas sábanas, no lo miraba a él, sino a través de él.

La chica hinchó un globo con el par de chicles que rondaban por sus carrillos. Era verde con tonos blancuzcos.

-Eres un gilipollas -soltó de repente la chica de cabello castaño y cejas rectas. Aquellas cejas estaban fijas en las dos en punto.

Él se giró. Escupió las cáscaras de las pipas que caminaban alegremente entre sus encías.

Vaya, se dijo. Después de todo… tiene sentimientos. No es la mujer de hielo.

Casi quiso sonreír, aunque no era el momento. No, no lo era.

-Eres un autentico gilipollas -repitió la chica- si crees que vas a conseguir herirme. Lo leo en tus ojos. Te preguntas si me importa un rábano tu partida. Y yo lo único que me pregunto es porque te interesa tanto saber si me duele. Así que dime… ¿eres la clase de hijo de puta que disfruta viendo sufrir? Dime, Javier, ¿lo eres?

Javier enarcó las cejas, dejó caer el resto del paquete de pipas al suelo. Las palabras se habían deslizado por su garganta como si se tratara de un tobogán.

Ella asintió con la cabeza, como afirmando a si misma que estaba en lo cierto.

Javier se apartó de su lado, bajó del capó del coche e intentó tocar su mano. Ella no la apartó, pero despedía tanto frío su piel que Javier se estremecía con su solo contacto, y la retiró súbitamente.

-Soy la reina del hielo -dijo-. Mi sonrisa son cubitos de hielo que dejaría caer con gran gusto en tus entrañas. Si me tocas te congelo, si te me acercas, haré que tu nariz se convierta en pedacitos de escarcha. Me haré un granizado de limón con tus ojos, vil hijo de puta. Así que mueve tu culo lejos de mí.

Al fin y al cabo reaccionó, pero a pesar de las amenazas, de la furia contenida. Su rostro no cambió de expresión.

Un nuevo globo de chicle ocultó las pecas de la chica. Y cuando se desinfló, Javier ya no estaba allí.

Vio un coche pararse delante del semáforo. En su interior una mujer de unos treinta y cinco años, bajaba la ventanilla del copiloto y escuchó a los ZZTOP tocar Brown Sugar.

Sacó dos entradas de cine de su bolsillo trasero del pantalón. Se quedó mirando el título de la película, absorta, ensimismada. Luego cogió una de ellas, se la puso en el interior de la boca, la mascó junto con el chicle hasta formar una bola. Y la tragó.

Si se daba prisa todavía llegaría a la sesión de las 17.

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