Imaginando a Joe

Publicado: 23 febrero, 2018 en Miscelanea, Relatos
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“Me llamo Joe, tengo veintiocho años y he decidido abandonar todo lo que hasta ahora me había construido alrededor para emprender un viaje nocturno. Destino: alejarme del Gris.”

Estuvo toda la noche, pensando, meditando en lo que había representado toda su vida y en como esperaba que continuara. Y no pudo evitar sentirse mal, anodino y sobre todo sin importancia. Pensó sobre todo en su padre, Joe Callahan, un hombre duro y persistente que había trabajado durante toda su vida en una fábrica de metales. Incontables años de trabajo duro para mantener a su familia, loable tarea, la más loable de todas. Joe Callahan se jubiló a los sesenta y  murió diez años después. No era un hombre enfermo, murió de inactividad. El Gris le utilizó, le absorbió hasta que no quedó nada de él, luego le arrojó a una oscura y eterna fosa junto a miles de fosas cuyas almas contaminadas por el Gris clamaban una segunda oportunidad. Renacimiento para poder volar, para abandonar el Gris y explorar caminos nunca vistos, realidades nunca soñadas, viajes nunca realizados. Para conocer gentes, culturas, historias, lugares. Pero sobre todo historias. Así que Joe, pensó en su padre, y toda su amargura se disipó durante leves instantes. Aquel recordatorio le regaló una sonrisa y estuvo agradecido, una vez más, a su padre. Joe vio la imagen de su padre frente a él, aunque no lo imaginó viejo sino joven, tal vez de su misma edad y sonriente a pesar de que no recordaba haberlo visto sonreír más que en contadas ocasiones. El viejo Callahan había sido un hombre serio y disciplinado, dispuesto a realizar la más ardua de las tareas con tal de sostener los pilares de su familia. Joe nunca pudo darle un nieto, algo que su padre deseaba ansiosamente pues toda aquella armadura metálica que solía forjar a su alrededor se desintegraba en cuanto tenía a su alcance a un crio. Los niños rejuvenecían al viejo Callahan, Joe lo sabía y nunca pudo hacerle abuelo. Se sintió avergonzado y no pudo mirar a los ojos de la imagen que se hallaba frente a él. La imagen del joven Callahan le guiñó un ojo y luego comenzó a mover los labios, sin soltar sonido alguno. Joe no conseguía imaginarse las palabras de su padre, de hecho, apenas podía obtener una imagen clara de su mente. Se maldijo por tener que buscar una foto para poder recordar la cara de su padre con facilidad. Era una vieja foto de hacía unos diez años, Callahan estaba sentado junto a una mesa redonda, sosteniendo una gran jarra de cerveza. A su lado estaba Mickey un pequeño perro pequines, al cual tenía una adoración absoluta. Al menos no vio morir a Mickey, pensó Joe con suma tristeza. Mickey murió dos meses mas tarde de morir el viejo Callahan y Joe hizo que lo enterraran junto a su padre. Así lo habría querido él. Aquel perro fue una increíble fuente de cariño y su fallecimiento golpeó muy fuerte a Joe. Incluso, en ocasiones lo llamaba, a pesar de no estar en vida.

“Mickey, ¡ven aquí, chico!”

Apagó el cigarrillo en el cenicero y miró a través de la ventana. Miró la noche, pero la noche no le devolvió la mirada. Tal vez creyera que Joe no era nada para ella, tal vez era demasiado eterna e inalcanzable para Joe. Eterna e inalcanzable. Se preguntó cuantos kilómetros tendría que recorrer con su viejo Volskwagen “Cucaracha” para poder acariciar la luna. Valdría la pena hacer el más largo de los viajes nocturnos hasta tocarla. Seguro que lo valdría. Viajando, siempre de noche y durmiendo de día como una raza nocturna.

Súbitamente decidió dejar de fumar y la incontenible ansía que una vez tuvo por un buen pitillo desapareció. Y no volvió a pensar más en ello, nunca. Se mesó el pelo, se rascó la nariz y luego trató de imaginar una carretera solitaria y el conduciendo hacia… Y Joe imaginó a Joe, se imaginó disfrutando de la experiencia más hermosa: volar. Volar como las aves, libre de aparatos tan solo con su cuerpo falto de gravedad, agitándose y volando. Volando. Planeando sobre las calles, para volver a alzarse hasta las nubes y aún después. Bucearía entre las nubes, juguetearía entre fuertes tormentas eléctricas agitando sus brazos, sintiendo relámpagos y truenos. Cogería los rayos con ambas manos y luego los soplaría en todas direcciones.

“El viejo Gulliver ha irrumpido en las calles de mi mente y ha soltado su más potente bufido limpiando  todo el Gris y añadiendo colorido a mi imaginación. Me ha dotado con la habilidad de perder la cordura y romper las cadenas que me atan a la realidad.”

Cogió el teléfono y llamó a Melissa.

Eran las tres de la madrugada y por supuesto la pelirroja mujer estaba durmiendo, pero Joe insistió hasta despertarla.

Melissa descolgó a tientas, y aún con los ojos cerrados preguntó:

—¿Quién?

—Soy Joe, me voy de la ciudad.

Su voz sonó clara y ruidosa en la cabeza de Melissa. Debía estar soñando y resultaba un sueño molesto. Pero la voz persistió en molestarla.

—He decidido que quiero algo más, así que mañana por la noche emprenderé mi camino. Sólo quería despedirme. Te deseo lo mejor. Adiós.

Y colgó.

Melissa, adormilada, colgó el teléfono y metió la cabeza bajo la almohada.

 

Al día siguiente Joe arregló sus asuntos. Se despidió del trabajo, aquello no sentó muy bien al gris de su jefe y entre gritos e insultos le pidió mil y una explicaciones pero Joe no quiso perder el tiempo con aquel Gris. Sus compañeros, con los cuales había compartido años de experiencias laborales, al no entenderle le dieron de lado, despreciándole, ignorándole. Fue un día amargo para Joe, esperaba la incomprensión por parte de sus compañeros pero nunca el desprecio. Tal vez no les conocía realmente. A continuación fue al banco y liquidó su cuenta, por supuesto allí tampoco comprendieron su actitud, pero al fin y al cabo era su dinero y no le hicieron mayores preguntas al respecto. Saldó sus deudas con el panadero, Nicolás el mecánico y el tipo del ultramarinos de la esquina. Luego volvió a casa, debía de hacer el equipaje. Aunque tras pensarlo dos veces, lo puesto y algo más  era suficiente. Se proveería cuando lo necesitara realmente. Buscó una mochila en el armario y dentro puso un par de jerseys y otro par de pantalones, una cazadora y un par de guantes de lana azules. Joe se imaginó una pequeña mochila, de la cual no paraba de extraer objetos y ropa, y más ropa e incluso dos pequeños gnomos escondidos y hartos de verse atrapados en semejante agujero negro.

Sonó el timbre de la puerta y Joe fue a abrir sin importarle quien fuera. Aunque imaginó que era Melissa.

Una mujer pelirroja, de metro sesenta y facciones deliciosas entró en el piso como una tromba, haciendo a un lado a Joe con sonada mala uva.

—¿¡A dónde rayos se supone que vas!? —dijo Melissa.

—Aún no lo sé —dijo Joe secamente.

—¿Creí que éramos amigos?

—Lo somos –afirmó Joe— por eso te llamé para despedirme.

Melissa se llevó las manos a la cabeza. No podía creerlo.

—¡No puedo creerlo! Eres irreal.

—Pretendo comenzar a serlo —dijo por primera vez sonriendo. No deseaba darle explicaciones a nadie, de hecho estaba completamente harto de hacerlo, no quería justificarse ni pretendía que sus acciones parecieran justificables. Sencillamente quería dejar de ser coherente con el resto de la sociedad y si era posible también dejaría de serlo consigo mismo. Sin embargo y a pesar de todo, necesitaba expresarse ante aquella mujer. La quería, la quería tanto como la muerte a la vida pero nada ni nadie le detendría hacia su viaje impulsado por su propia imaginación. Así que le relató brevemente el cómo pero no el porqué.

—¿¡Que has dejado el trabajo!? Pero-pero-pero, ¡tú has perdido la razón! Estabas fijo en esa empresa.

—Era un sitio gris y aburrido. Odiaba ese trabajo y lo dejé. Estuve cinco años preso de aquel lugar.

—Chico, sinceramente, estás para que te encierren. No volverás a encontrar un trabajo como ése. ¿Te das cuenta de lo que has hecho? ¿Te das cuenta de que en menos de 24 horas has tirado tu vida por el retrete? ¡Joder! Incluso has tirado de la cadena. ¿De qué vas a vivir? ¿Del aire? ¿Cómo piensas pagar el alquiler del piso?

Joe decidió seguir sonriendo como si la felicidad le hubiera invadido espontáneamente y sin aviso, como si lo hubiera hecho con tal magnitud y tal pureza que incluso sus ojos chispeaban.

—Ya te dije que me iba.

—Bueno, pero pensarás regresar.

Joe no contestó.

—¿O no?

—No. De hecho me gustaría encontrar un pueblecito perdido con alguna vieja mansión, preferiblemente encantada. Repleta de fantasmas y espíritus funestos, perversos, esquizofrénicamente terribles. Aunque no estoy seguro si los entes paranormales pueden sufrir de enfermedades mentales. Me pregunto si hay algún libro sobre esto. ¿Conoces a alguno?

Melissa no reconocía al hombre que tenía ante sí. No cesaba de hablar incoherentemente acerca de tonterías y de un modo tan extraño como enrevesado. Y esa sonrisa tan extrañamente turbadora y sin embargo totalmente inocente. Ese no era Joe. Porque Joe era un hombre sencillo, trabajador y muy, muy serio. Era un hombre sincero y amable pero sobre todo juicioso. Ese no era Joe. Era, era… Y Joe respondió a los pensamientos de Melissa.

Y Joe imaginó que no era Joe.

Imaginó algo brillante y delicioso, un diamante, un helado de fresa. Imaginó que era posible apretar un “reset” y comenzar de nuevo su vida. Qué haría si volviera a nacer, supuso que esa era la pregunta más desafortunada que se había hecho nunca. Nacer, ¿dónde?, ¿cuándo? Pero sobre todo, ¿de quién? Pensó en un horrible lugar lleno de nómadas y en medio él, Joe “el tipo que va de un lado para otro, sin rumbo”. Largo apodo.

Miró a Melissa débilmente en busca de algún tipo de apoyo pero no lo encontró. No hubo más palabras entre ellos, tan sólo, un desagradable adiós dicho con una miradas amargas y tristes al mismo tiempo.

El ruido de la puerta al cerrarse hizo que un terrible escalofrío recorriera el cuerpo de Joe. Se sentía como un niño, un niño confundido y sin rumbo al que agarrarse. Pensó en ir tras ella. Luego desechó la idea. Cavando mi propia tumba, un destino ruin e inmundo. Violentamente aburrido, aterradoramente ligado a perder la cordura, sin remisión. Alguien debería darnos un manual de instrucciones al nacer. Capítulo 456 ¿Qué futuro deseas realmente? El capítulo estaría en blanco dispuesto a ser mancillado por un bolígrafo creativo, una pluma inteligente, energética y con las cosas bien claras. Pero y si no era así. Supongo que entonces pasaríamos al Capítulo 678 ¿Ayudando al capullo a elegir  su futuro? Y una vez leído, aprendido y asimilado iríamos hasta el Capítulo679: Ayudando al capullo a conseguir el futuro deseado.

Joe abrió la nevera y mientras cogía una lata de cerveza se preguntó acerca del futuro. Futuro. Pensó en algo que no ha ocurrido y que tal vez ocurra. En realidad, no es más que una palabra sin sentido alguno, ni explicación, inventada por algún desdichado ser que no tenía presente. Joe se imaginó haciendo una fotografía del presente. Y llegó a la conclusión de que era imposible hacer una foto del presente, pues una vez hecha pertenece al pasado. Pensó en el pasado, y no vino más que oscuridad a su interior. Pasado y muerte se parecían bastante, tal vez fuera lo mismo. Y sin embargo el pasado no es más que uno de los más vastos dominios de la muerte. Le dolía la cabeza. Se dijo que el mañana era una ilusión y el hoy un imposible. Un imposible bastardo lleno de gusanos malolientes que te corroen hasta que no eres mas que pasado y una vez que te miras, una vez que tu alma, si es que existe sale del cuerpo y ves la muerte tal y como es: el vacio absoluto. La contemplas, y te ríes de ella, te burlas, le sacas la lengua con aires de payaso de circo. No es mas que una carroñera. Y yo, yo soy libre. Y en mi libertad decidiré, decidiré si quiere visitar el plano onírico o el espiritual. Decidiré si visito los sueños de los “vivos” y me burlaré de ellos, pues no son más que esclavos de los días a día y de alguna autoridad o situación que odian profundamente.

El dolor de cabeza se le había intensificado notablemente. Abrió el congelador y metió la cabeza en el interior…esperado encontrar un pingüino que le sonriera, le diera la mano y le dijera algo así como: Eh, Joe, bienvenido al nuevo mundo. Te estábamos esperando. Joe sonreiría y dejaría llevarse por la corriente invernal. Encontraría, un país, el país eternamente blanco, repleto de muñecos de nieve y pequeños personajillos vestidos de etiqueta para bailar un vals. Un vals con la imaginación, el viento y la ilusión del imposible. Luego la cara se le quedó completamente helada  y la sacó del frigo.

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