Rostro X

Publicado: 22 febrero, 2018 en Miscelanea, Relatos
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pexels-photo-356147.jpegAnoche soñé que soñaba. Y en ese sueño, una cara estrecha, fina, pequeña me rodeó por completo. Me envolvió, plegada como chicle, y se convirtió en mi propio rostro. Entonces mi voz cambió, mis manos giraron como guiadas por un titiritero y me dispuso a hacer, a decir, a actuar como alguien que ni siquiera era yo.

Y desperté. ¿Sabes lo difícil que es despertar con un rostro que no es el tuyo? No eres tú, pero lo eres.

Al día siguiente me miré al espejo, mas despacio, con timidez, ¿con miedo?, mas bien, con curiosidad. Y vi mi nuevo rostro, al principio me repugnó, me sentí asqueado conmigo mismo. Intenté arrancármelo con un afilado cuchillo de cocina, pero no me atreví a rajar el rostro, de alguna forma, extraña, ahora era parte de mi.

Poco a poco, día tras día, noté como el resto de mi cuerpo se adaptaba, mi nuevo rostro ya no me provocaba nauseas, empezaba a acostumbrarme a él, incluso empezaba a gustarme. Los ojos, grandes, la nariz extensa, las orejas abiertas y generosas, los labios finos y cortantes. ¿Era feo?¿Era agradable? No importaba, ahora era yo. Y mi yo nuevo decidió buscar un nuevo ser. Se fue de compras. Se hizo con unos dientes nuevos, de esos plateados que brillan cuando asoma una sonrisa. Y unos guantes de terciopelo negro. Los guantes me gustaban especialmente, me hacían insensible al frió y el calor rodeaba todos mis dedos, encerrados pero resguardados.  Compré un abrigo, un gran chaquetón negro con borlas en cada botón. A mi nuevo rostro le gustaban esas borlas, las miraba con atención y las sonreía con satisfacción, y mi nuevo yo quiso complacerle comprando aquel abrigo, pesado y oscuro, como una sombra empañada. Me hice con una bufanda con grabado cosido ‘Yo soy el que me mira’. Lana negra, mezclada con lana blanca, se enroscó en mi cuello como una serpiente y mientras lo hacía, mi nuevo sombrero, ovalado, como un huevo aplastado, la miraba desde las alturas y fruncía su serio ceño ‘yo en las alturas, tú, por debajo de mí’. El sombrero mandaba, la bufanda conducía y yo me limitaba a seguirles.

Pasaron los días y paseé con mi nuevo yo por las calles de la ciudad. Conocí a una mujer sentada en un banco, daba de comer a las palomas, les arrojaba pequeños trozos de tarta de avellanas, y ella con la tarta a su derecha, las llamaba. Me senté junto a ella, yo la miré, mis finos labios rasgaron una sonrisa. Ella me la devolvió, tenía el pelo rojo, ¿le ardía? No, pero daba la sensación de tener una zarza ardiente por cabello. Tembló mientras las palomas se acercaban más y más a devorar la comida que les echaba. Y entonces toqué su mano, no la sentí, mis guantes lo impidieron pero ella sí me sintió a mí. Sus ojos me enviaron docenas de preguntas que no respondí. Su faz me envió un tímido sonrojo que evité dar cuenta. Cogí su mano y paseamos por las calles en silencio mientras la noche se apresuraba a vigilarnos, a estrecharnos entre sus gélidos dedos. No hablamos, tan solo nos miramos. Y a través de los guantes de terciopelo no sentí su calidez, no sentí el contorno de su rostro, el cual recorrí como si careciera de visión. Y la toqué sin tocarla, sin sentirlo. Imaginando su calidez, imaginando una visión desconcertante de su piel. Subimos a su piso y en la entrada vi un gato negro que me miró con curiosidad, me pareció ver que me guiñaba un ojo y luego de no sentir su agradable –imagino- pelaje, llegamos hasta el interior de su apartamento. Ella encendió la luz, me despojó de mi sombrero y lo lanzó a un perchero como si lo hiciera todos los días, como si lo hubiera hecho durante toda su vida. Luego se descalzó y me ofreció un baile. La no-sentí entre mis brazos mientras dábamos vueltas, y vueltas y vueltas, y mis ojos la observaban, la admiraban, y mis manos no cejaban de acariciar su sedoso pelo escarlata, no-sintiéndolo.

Bailamos durante horas y cuando acabó la canción que solo existía en nuestras cabezas, sus manos buscaron las mías, y estas, no-sintiéndolas se rebelaron contra el resto de mi. Y ansiaron, buscaron, desearon sentir las de ella. Mis manos se despejaron de mis guantes y buscaron las de ella.

Y entonces las sentí. Entonces la sentí.

Y mi rostro se deshizo como cera caliente revelando mi verdadera yo. Y este se desnudó para ella. Un mar de sentidos me golpeó como nunca antes lo había hecho.

Fue entonces, y solo entonces, cuando volví a sentir.

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