La Montaña

Publicado: 22 febrero, 2018 en Miscelanea, Relatos
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Quiso construir una catedral con sus propias manos. Quiso aprender a amasar pan, aprender filosofía, aprender tantas cosas que en tan sólo una vida no podría hacerlo realidad. Nació humilde, se crió humilde pero con mucho cariño. Ilusiones aplastadas, ansias de aprender, ansias de sonreír, te lo impiden, te lo impiden. Necesidad de tantas cosas y tan pocas encontradas, necesidad de tantas sonrisas y tan pocas vistas ó dedicadas. Decepción y frustración ambas palabras resonando y rebotando por las paredes de su mente. ¿Y ahora qué? Quiere gritar al mundo, ¡felicidad, eso deseo! Y en susurros… malditos hijos de perra, acaso no sabéis cual es el verdadero sentido de la vida. Si he de decírosla yo… es que no estáis vivos. Sentir no es apagar emociones, comprender no quiere decir ignorar asintiendo.

El bar estaba prácticamente vacio de gente. Se estaba cansando, por dios, hacía más de diez minutos que había pedido la cerveza, y seguía sediento. Aviso al camarero con la mano, luego con palabras amables, luego con miradas rotundas. Pero seguía sediento. Incluso vio llegar a John, su hermano, atravesar la puerta del bar con su eterna sonrisa made in ‘no tengo preocupaciones y me importa una mierda lo que hagas, no vas a conseguir que las tenga’. John se acercó a la barra, llamó al camarero y le pidió una cola. El camarero se la sirvió en el acto. Luego se acercó a su hermano, le guiñó un ojo y le dio una ‘palmadita’ en la espalda. Se sentó y pegó un largo sorbo de aquella refrescante y sabrosa cola. Aquello era lo último, la rabia aumentó, cambió las miradas de rabia por las palabras, se acercó al camarero y le dijo algo así como q se metiera la cerveza por cierto lugar oculto en el trasero. El camarero le dijo que se largara del local. John se acabó rápidamente la cola y salió detrás de su hermano. Volvió a darle una nueva palmada en la espalda, seguía sonriente e intentó hablar con su hermano, le contó un chiste malo, le habló de sus ligues e incluso se ofreció a llevarle a un local en el cual le servirían una cerveza bien fría antes siquiera que pronunciara palabra alguna. Pero no tenía ya sed, más bien deseaba una montaña, gruesa, escarpada, subir por ella, sudar andándola, gritarla y luchar contra ella. Eso hubiera estado bien, y si no tenía montaña entonces echaría a correr, el sitio no importaba sólo el viento fresco sobre su cara. John comenzó a correr detrás de su hermano, pasó junto a un pequeño perro Yorkshire ladrándoles a ambos, siguieron corriendo, no iban demasiado rápido pero si ligeros. Cruzaron la calle, se saltaron un semáforo en rojo y varios coches les pitaron furiosos y rugientes, siguieron corriendo, John ni siquiera se molestó en preguntarle a su hermano por qué corría, simplemente corría junto a él. John era su apoyo, su segunda ala, no tenía que decir nada para que supiera que estaba ahí. Corrieron por una gran avenida, vasta y ancha repleta de coches y gentes, pero ellos volaban por encima de ellos, corrían ignorándolos, seguían corriendo, esquivando, respirando rítmicamente por sus pulmones gritando con su acto, ansias de libertad. Al pasar por una esquina John se cruzó con su última novia, Penélope, le vio, la vio. Penélope le preguntó a dónde iba, John sencillamente le dijo que se uniera a ellos. Y Penélope comenzó a correr detrás de ellos, corrió hasta ponerse a la altura de John y le preguntó una vez más. John se limito a sugerirle que lanzara su mochila de trabajo por los aires y que siguiera corriendo con ellos. Penélope lo hizo, soltó una carcajada y lanzó aquella mochila a los mil vientos. La mochila voló unos metros hacia atrás, chocó contra un semáforo y luego la aplastó un coche. Polvo al polvo. Corrieron, corrieron sin parar a través de calles, avenidas y parques, y en un banco de uno de los parques el hermano de John vio a Verónica, una vieja amiga del instituto, Verónica les preguntó a dónde iba y John le dijo, únete a nosotros. Verónica cogió el periódico que estaba leyendo y comenzó a correr hasta alcanzar al hermano de John y le preguntó, éste tan sólo le dijo, arroja el periódico y corre con nosotros. Verónica lanzó el periódico hacia atrás, y le cayó encima de un hombre de sombrero raido y patillas largas, el hombre se quitó el sombrero dejando mostrar su calvicie a relucir y gritó; malditas almas libres. Fue entonces cuando despegaron los pies del suelo. El hermano de John saltó y John saltó con él, volaban y todos aquellos que corrían con ellos saltaron y volaron también. En medio de aquella calle intoxicada de coches, ruidos y humos tan oscuros como el alma del hombre, ellos volaron y mucha gente quiso unirse a ellos, pero primero tenían que correr. Y lo hicieron, comenzaron a correr detrás de ellos, que se alzaban y cabalgaban sobre los vientos, tocaban el aire etéreo con sus almas risueñas. Corrieron detrás de ellos cada vez más y más, y poco a poco se levantaron y volaron, despertando de la pesadilla de la realidad. Pronto el número se hizo tan numerosos que bandadas de gentes cubrían el cielo luminoso. Abajo los incautos, les miraban con desprecio, no hacían mas que negarse a creer en lo que estaban viendo sus ojos.  Entonces llegó un momento en que el hermano de John se acercó a la ventana del mundo, se asomó a través de ella y gritó con todas su fuerzas. Se oyó el sonido de unos cristales rotos, luego se apagaron todos los sonidos del mundo. John se volvió miró bajo él, miró la tierra y la vio completamente vacía, había desaparecido todo el mundo a su alrededor, excepto su hermano, estaba sonriente le miró, tenía los ojos completamente blancos, sin iris, y por primera vez dijo: Me siento mucho mejor ahora. Y todo cayó a su alrededor, los coches, la gente, las casas, los bares, los semáforos. Y una vez más, el hermano de John entró en el bar y pidió una cerveza, el camarero le sonrió amablemente y se la sirvió en el acto. John pensó… qué extraño sueño. El hermano de John pensó… qué gran montaña.

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