Mayra dijo algo

Publicado: 27 noviembre, 2018 en Miscelanea, Relatos

Se abre el telón y Mayra sale ante un gran público que no duda en aplaudirla, alguno no lo hace, solo bosteza y piensa en que le duelen los pies mientras comprueba el estado de su calzado.

Mayra tiene las pestañas largas y un pelo rizado amarillo con extra de volumen, revisa unos papeles mientras carraspea y sin más comienza su monólogo:

-Cuando desperté lo primero que le dije fue  que había estado en mis sueños. Al escuchar esto, él se mostró algo escéptico, lo pude ver en su mirada, al fin y al cabo, no solía tener un papel principal en mis mundos oníricos, y ni mucho menos romántico, más bien un secundario, pero no el cómico, tal solo estaba ahí de paso, acompañándome en alguna de mis aventuras a través de alguna de mis personificaciones.

Mayra paró de leer, bebió un poco de agua y miró al tipo de la primera fila que no paraba de chasquear los dedos, parecía que intentaba encontrar un compás perdido.

-Él estaba allí y yo también, en el corredor un viejo hotel, planta quinta a medianoche entre la habitación quinientos cuarenta y dos y una esquina que daba a una rejilla de ventilación. Podía sentir el aire caliente, al igual que el terror cuando aquel espectro huesudo surgió de la nada y avanzó hacia mí, hacia nosotros. Y salió corriendo, él me dejó atrás, pero, sí, claro, yo también corrí, cuando reaccioné, cuando piqué algo del hielo que me había dejado congelada de horror. Salí pitando, huyendo de aquel fantasma que buscaba mi garganta, mi alma, mi vida, mi sonrisa. Así que me desperté llorando, y lo miré a mi lado, durmiendo con serenidad, lo miré con desprecio, y dibujé un reproche imaginario en su frente. ¿Acaso puedo confiar en ti? ¿Acaso podía confiar en él? Luego medité aquello, mientras él visiblemente enfadado, se levantaba de mi lado y arrojaba su alegre despertar por la ventana. Recuerdo lavarme la cara y olvidar aquello, recuerdo darle un beso en los labios, pero uno de esos que se dan, porque hay que hacerlo, porque es la costumbre, y porque la costumbre no es más que una vieja camiseta de la rutina.

Mayra siguió leyendo para sí misma, miró una última vez al público y determinó que debía de romper el resto de los papeles. Papeles que lanzó al aire dejando que la fuerza elemental condujera aquellos pedazos por dónde creyera oportuno. Luego salió del escenario y alguien apagó la luz.

Anuncios

Fundido en Negro

Publicado: 23 noviembre, 2018 en Microrrelato

Ya no dolían los colores, casi se habían fundido en su rostro junto con las rosas rojas que un aciago día brotaron de las comisuras de sus labios.

Ponedle un título

Publicado: 22 noviembre, 2018 en Desde mi Teclado, Miscelanea, Relatos

Una de las cosas que peor llevo a la hora de escribir, a parte del hecho de escribir, por mi inconstancia, pereza, o razones varias que no vienen al caso, es poner título a los textos. Así que me gustaría hacer un pequeño experimento de interactividad, y que vosotros, Desconocidos Visitantes, se lo pongáis a mi siguiente texto. Gracias.

 

Sin Título

 

Contempló el árbol mientras se iluminaba una vez más.

“Son las 22:30 de la noche y está vislumbrando su futuro. Un futuro irremediable a este paso. Un ocaso de destrucción, la antimateria ha traspasado los límites de la realidad y le ha hecho sucumbir, le ha hecho caer de rodillas,  descender hasta la altura de sus pies.”

Todas esas luces de aquel árbol; rojas, amarillas, verdes, algunas azules, penetrando, bordeando guirnaldas como toboganes, todas ellas brillando, reflejándose en su rostro, formando relámpagos y esperando los truenos. Sonidos estruendosos que llegaron con retraso pero llegaron, como siempre hace, y cuánto mayor el retraso más lejos la tormenta y mientras las luces seguían allí, en su rostro y en una habitación a oscuras.

“Son las 22:45 cuando las lágrimas empapan los pies de la mujer, de esa torre, de esa mirada, como un faro que le mira buscando barcos a punto de estrellarse. Son las 22:50 cuando le pone la mano en el hombro y le pide que tenga dignidad, que no pasa nada y que, a veces la cosas no salen bien. El mensaje llega desde lo alto, y cae sobre él como una roca deshecha, cuyos pedazos entran en su iris y provocan balsas de sangre que enturbian su visión, y la escucha sí, pero a la vez no lo hace, se niega a aceptar que ha vuelto a perder, otra vez, ha vuelto a cagarla, sí.”

Se arrodilló frente el árbol y buscó algún regalo que concederse así mismo, uno de consolación, pero solo encontró bolas de plástico decoradas como si fueran piedras preciosas, y se vio distorsionado en ellas. Le pareció escuchar un trueno, provenía de algún lugar, su cabeza, su casa o un exterior que carecía de significado.

“Son las 23 y ahora solo encuentra su voz. Está solo, como tantas otras veces, arruinado, derrotado busca un lugar al que mirar, uno que le devuelva la mirada con cariño. No lo encuentra. ”

Todo pasó tan deprisa que apenas ya era un viejo recuerdo. Desenchufó el árbol y esperó que no hiciera demasiado frio en la calle.

Invisible

Publicado: 21 noviembre, 2018 en Microrrelato

Sentado en el banco de un parque pensó en sus palomas. Sentado, les dio de comer, sentado observó a la raza humana e intentó adivinar su futuro, allí sobre la fría y húmeda madera vio el tiempo pasar hasta que no quedó de él más que polvo.

Un hombre y su perro

Publicado: 20 noviembre, 2018 en Microrrelato

En una acartonada y gris mañana, acomodó sus pies sobre una mesa de cristal algo torturada y pensó en la lluvia, el frío y en la soledad. Dejo caer su mirada marrón hasta el suelo de madera y observó a su perro muerto. El animal tenía la lengua fuera y parecía dibujar una extraña sonrisa estúpida. Los ojos del perro continuaban abiertos, eran negros y en su interior yacían páginas escritas cuyo texto se había ido evaporando en los últimos momentos de vida del viejo Albert. Bajó su mano derecha hasta la cabeza del animal y lo acarició primero, para después agitar su cabeza en un vano intento de despertarlo.

-Aquí estoy, aquí estas –dijo el hombre a su perro.

Despierta

Publicado: 19 noviembre, 2018 en Miscelanea, Relatos

Despierta, despierta, despierta.

Hay un silencio que domina la habitación. El hombre sigue durmiendo con un calcetín sí y el otro no. Agita los dedos de su pie desnudo mientras en el interior de sus parpados cerrados sus glóbulos oculares se mueven en vaivén. Durante la noche no ha parado de moverse, a un lado y a otro, deshaciendo por completo una cama que es su reino absoluto. Cenó pollo frito, vio el programa de las diez, un reality show acerca de una vieja locomotora y sus pasajeros. Secretamente le divirtió verlo por segunda semana consecutiva a pesar de que no lo comentó con nadie de su entorno. Luego se tomó un paracetamol, le había estado doliendo la cabeza todo el día, pero se había resistido a tomárselo a pesar de ello, nada de medicinas, nada de química, solo te alivian no te curan. El dolor pudo más que su resistencia, un montón de hombrecitos congregados en su cabeza llamando a las puertas de su cerebro y reclamando ¿qué? Quien sabe, sólo llamar su atención. Y estaba demasiado cansado para intentar traducir las intenciones de su cabeza, así que se tomó la pastilla, se desnudó, se pudo el pijama de rayas naranjas y blancas, el que le regaló su mujer… es decir, su ex mujer en su trígesimo cumpleaños. Se llama Alejandra, ahora sale con un tipo que trabaja en el metro, funcionario, mejor partido seguro. Se preguntó si también le habría regalado un pijama a rayas al nuevo tipo con el que estaba. Seguramente, Alex era así de original.

Despierta, despierta, despierta, dijo el reloj con el dibujo de un cuco en el interior de su esfera.

Sacudió la pierna, miró el reloj sin saber a priori como interpretar aquel puñado de números y le dio un manotazo para apagarlo.

Se levantó, todavía descalzo de un pie y abrió la ventana para respirar el aire limpio y fresco de la mañana. Respiró profundamente.

Ella es única

Publicado: 6 julio, 2018 en Relatos, Thriller

La mayor parte de los días me miro al espejo y veo al demonio que está en mi interior. Veo mi cabello, mis labios, veo mi aspecto agradable, me veo a mi misma como la mujer que soy, pero todo está distorsionado cuando miró a través de mis ojos, cuando voy mas allá de mi pura apariencia física, mi pelo parece verde oscuro, mis labios están secos y no tengo nariz, porque soy una especie de monstruo en vida. El Big Bang. A veces me pasa eso por la cabeza. Es como una sensación no sólo de que se avecina una catástrofe, sino de que yo misma voy a provocarla. Y ocurre… ocurre…

…ocurre que traspaso una puerta y caigo por la garganta infernal que es mi alma repleta de fuego, azufre y, sí, víctimas…

 

—.Beatriz, a través del espejo y  cayendo.—

No había parado de reír durante toda la noche. Su compañero de turno la hacía reír a carcajada limpia, no sabía de dónde lo habían sacado pero más que para policía debería haberse dedicado a hacer monólogos de comedia en uno de tantos clubs nocturnos que abundaban. Te tomas una copa, mientras un tipo en el escenario se mete con tu madre, y consigue de alguna forma, hacerte reír, o eso o le partes los morros. Tenía el flequillo canoso y el resto moreno, le había tenido que repetir su nombre varias veces, pero en realidad solo se había quedado con el de su mujer, Eva, y que le gustaban los Fox Terriers, esos perritos tan monos. Pensó en tener un perro pero su compañero no hacía más que hablar y hablar. Un perro no la interrogaría cada noche, la recibiría con alegría, moviendo la colita y le daría esos simpáticos lametones secretamente buscando su sal. Dejaría que durmiera sobre la cama y le daría calor. No necesitaba más.

Eran las 2 de la mañana cuando recibieron el aviso. Se dirigieron a la parte oeste de la ciudad. Entraron en el Laberinto, aquella gran agrupación de calles que nadie en su sano juicio entraría y menos de noche. El laberinto era un nido, de prostitutas, delincuentes, camellos y demás fauna urbana. La calle era la nº 13. El 13 de la calle 13. Vaya mierda de número pensó Beatriz en aquellos momentos, mientras la sirena rompía la virginidad de la noche y la hacía suya. Bebió algo de café mientras llegaba. Y cuando llegaron a aquella pequeña y estrecha calle vieron a un chico, no debía de tener más de quince años, estaba tirado junto a un contenedor. Le colgaba del brazo una jeringuilla, bajo los ojos dos enormes bolsas rojas como dos parásitos le marcaban un rostro pálido y demacrado.

En el segundo piso, en la tele estaban poniendo Centauros del Desierto, estaba a todo volumen y también la radio. Jagger cantaba Jumpin Jack Flash, Beatriz se imaginó al fantasma de Whoopy Goldberg bailando en el piso. La cocina también estaba vacía, y en el cuarto de baño, dentro de la bañera había una mujer de unos cuarenta años, estaba vestida con un traje azul y corbata a rayas, medias oscuras y tenía pintarrajeados los labios. Parecía como si los tuviera del revés, como sus ojos. Estaba muerta, y el cuchillo que le atravesaba el pecho lo demostraba.

No se fijaron en seguida en él, tuvieron que pasar dos veces por la habitación mientras Frank llamaba por el móvil. Fue Beatriz quien lo vio, agazapado bajo la cama, con un ojo mirando al Este y el otro al Oeste. Era bizco, se llamaba Ray, trabajaba en una empresa de venta de maderas en un polígono a las afueras de la ciudad. Raimundo, o Ray para los amigos, era el tipo que se encargaba de la informática de la empresa, del personal y a su vez de las nóminas. Era el tipo al que todos se dirigían para pedir un adelanto, y era el tipo que pedía favores sexuales a Lucinda a cambio de que esos adelantos se tramitaran lo más rápido posible. A Ray le encantaba la sonrisa de Lucinda, eso y como se la chupaba después del trabajo, cuando la llevaba a su casa y aparcaban en un descampado cercano. Aquello aceleraba muchos trámites en cuanto a adelantos, a veces incluso hacía que aquellos adelantos fueran incluso bonificaciones por un trabajo bien hecho.

Ray miró a Beatriz, tenía los ojos inyectados en sangre, pero no tanto como sus manos. Estaban retorcidas, encogidas, sus manos estaban aterrorizadas.

Vio una foto sobre la mesita de noche, estaban aquel hombre y la mujer muerta de la bañera. Se veían muy felices, abrazados en lo parecía una foto tomada en una estación de ski. Él llevaba un bonito gorro de lana rojo y ella una bufanda verde, se podía leer en ella: ‘Abr—g—me’.

—¿Está usted bien? —le dijo Beatriz.

—Sí —dijo Ray.

—¿Cómo se llama señor?

—Llámeme Ray —dijo algo dubitativo—. Sí, Ray —confirmó.

Ray sonrió a Beatriz.

—¿Puede salir de debajo de la cama Ray?

—Puedo, pero prefiero quedarme aquí debajo de momento si no le importa.

—Está bien.

Frank, que seguía hablando por el móvil, se acercó hasta Beatriz. Movió la cabeza y Beatriz le pidió que se alejara con un gesto con la mano.

—¿Sabe que ha ocurrido aquí Ray?

—Claro —dijo, y lo dijo con toda la naturalidad del mundo—. He matado a mi mujer. Eso es lo que ha pasado.

Beatriz abrió los ojos, su mano derecha se fue directa hasta su cadera, apunto para desenfundar el arma. Pero aun no lo hizo.

Y Ray continuó.

—Estaba, ella estaba en la cocina, preparando….preparando….no sé, pelaba como unas cebollas y las enjuagaba y yo… bueno, me acerqué por detrás. E hice… bueno, lo que todos los días hacía….. Cada día al llegar de trabajar, me gusta follar con mi mujer. Pero ella siempre está en la cocina, me gira la cara, y me dice… ella me dice que no le apetece, que la deje en paz, así que cada día yo….me acerco por detrás, le subo la falda y luego le bajo las bragas. Son unas bragas muy feas, tiene… tiene tan poco gusto, nunca se pone guapa para mi, ella no se cuida…. pero yo la quiero, la deseo, y la penetro por detrás, ella grita, pero siempre lo hace, mientras yo empujo y empujo. Pero hoy fue diferente, hoy me golpeó con una jarra de cristal. Creo que me ha roto la nariz. Y yo…. También la golpeo, forcejeamos, agarra un cuchillo e intenta clavármelo. Mi amor intenta matarme…. no puedo creerlo. Siento como si fuera algo irreal. Es decir, llevamos más de veinte años casados y jamás ella… Peleamos, la golpeo y cae al suelo y con ella el cuchillo. Me tiro sobre ella y entonces…. entonces…

Ray se miró las manos, empapadas en sangre.

—Me duele la nariz, dice Ray. Me duele la nariz —repite mientras fija su vista en la de Beatriz.

—Salga de ahí Ray, por favor —Le pide una vez más.

Ray se niega, y Beatriz desenfunda su arma y le apunta a la cabeza.

—¿Me va a matar? Pensaba que era usted policía.

—Lo soy —dice Beatriz.

  Le mira, imagina a Ray día tras día forzando a su propia mujer, luego imagina a Ray sobre su mujer muerta…. la imagina arrastrándola a su cuarta, vistiéndola, maquillándola, para luego dejarla dentro de la bañera. Siente hambre, y angustia. Es una sensación repugnante que le invade el alma. Un insecto negro recorre el tronco de su alma y a cada paso lo infecta, a cada paso lo pudre, y también la libera.

—Voy a matarte Ray. ¿Y sabes por qué?

Ray no dice nada, su vista está congelada en el cañón de la pistola.

—Porque me excito con ello.

Beatriz   aprieta el gatillo.

 

Mi reflejo no siempre permanece delante de mí, yo Beatriz la dueña de mis pesadillas, y también las de algunos otros, los desgraciados que han llegado a formar parte de mi currículum.

A veces salgo a pasear, como una mujer tranquila y relajada que es en lo que se supone que me he convertido, cojo un libro, camino un par de manzanas, entro en el parque, ese de la estatua tan bonita con la hermosa diosa de piedra sonriendo a sus visitantes, no es una sonrisa tonta de mujer débil, no, ella es la dueña del lugar, es una sonrisa de cortesía para con sus visitantes. Veo a gente pasear, tumbada en el césped, a la sombra de algunos árboles, veo a un viejo sentado en un banco de madera dar de comer a las palomas migas de pan. Me pregunto que hay en la cabeza del viejo, siempre me lo pregunto. Y me siento en medio de un gran círculo de hierba, mi círculo, no hay nadie más, mi universo, a la sombra de un par de árboles que me miran con desdén. Suelo coger esa rutina, de un tiempo a esta parte, desde que se me fue la cabeza, la olla, la tetera que tengo entro hombro y hombro, me la sé de memoria, como si fuera la tabla de multiplicar. Ahí estoy, en medio de la clase, con dos graciosas coletitas y respondiendo al dos por dos del profesor. Y esa rutina hace que respire bien, que mis pensamientos sean menos pesados, menos turbios.

A veces leo a Pablo Neruda, con mis grandes gafas de armazón negro, y en ocasiones cuando levanto la vista le veo a él, corriendo delante de mí. Me fijo pero muy de pasada, parece que se fije en mi rostro ese medio segundo que pasa por delante mío, y últimamente me ha parecido adivinar una sonrisa. Se diría que sonríe a mis ojos tristes, a mi ausencia, quizás quiera quedarse prendado de mi mirada, o será que yo quiero que sea así. Hay algo en él, en ese medio segundo de él, que me gusta. Es tan… normal.

Un día el corredor decidió parar junto a mí, y mi medio segundo de hombre, se convirtió en un minuto completo, y mientras tomaba aliento, olvidó el disimulo y me miró, pero incluso de esta forma, ignoré su presencia y seguí leyendo. Aunque recité un poema en voz alta, como para tratar de llamar su atención. Noto que me diría alguna palabra, que su boca quiere hacer algo más que sonreírme, pero parece que le intimido de alguna forma, aunque no debería, no puede saberlo, no me conoce para sentir tal intimidación, así que se marcha corriendo.

A parte del corredor, en mi vida está el “Hurga Mentes”, así es como lo he bautizado aunque tengo su tarjeta y me obliga a llamarlo por su nombre real. Lo visito desde mi incidente, fue una de las numerosas condiciones para no acabar en la cárcel.

Hay días que mis sesiones con el “Hurga Mentes” son extrañas, siento que tengo una rabia incontenible dentro, me pregunta cómo me siento hoy y yo me revuelvo en el asiento echando de menos un cigarrillo que echarme a los labios, le respondo que tengo unos nervios demenciales, y esa palabra la apunta bien fuerte en su bloc de notas, inmediatamente corrijo mi postura y le recalco que me siento mejor, mucho mejor, aunque traicioneramente le oculto que en mi mente estoy pensando en cosas terribles. Intento no darle demasiadas vueltas, y tornar mis pensamientos insanos en ideas fantasmales, fantasmas que se desvanecen pero que pululan por la casa embrujada que es mi cabeza. Los interrogantes me llueven de sus labios a mis oídos, que intentan desviarlos con suspiros de pesar, “¿se han apagado sus ansias de violencia”, “¿qué me dice de los hombres?, ¿siente aversión hacia el género masculino?, ¿los ve cómo víctimas?”. No siento aversión hacia los hombres, quizás la sienta por mi padre, que le gustaba calentar a mi madre cuando venía borracho a casa, lo cual era demasiado habitual, quizás por el cabrón que me cargué aquel día que confesó matar a aquella mujer, o quizás aquel otro al que di una paliza en la calle al ver como forcejeaba con esa mujer rubia con el rímel corrido y los ojos de gata aterrorizada. Recuerdo verlo en una ronda, había gente mirando pero nadie hacía nada, solo miraban, con ese jodido morbo que tiene la gente, observaban los gritos de él y los vanos intentos de ella por huir. Así que crucé la calle, saqué la porra y di de ostias a aquel bastardo de aquí al amanecer. Me denunció, por supuesto. Pero me sentí… realizada. Esos hijos de puta maltratadores son para mí ovejas y yo soy la loba. Alguien tiene que explicarles que las tornas han cambiado. Alguien debería explicarle a mi padre que las tornas han cambiado. Porque sí, él, todavía vive. Y sí, a veces le visito. También visito la tumba de mi madre, y mis rezos son promesas de venganza, pero él todavía ejerce cierta dominación sobre mí y no puedo matarle, por muchas ganas que tenga de coger su arrugado cuello y apretarlo. Pero tal vez eso sería liberarle, de la prisión del olvido en la que su envejecido cuerpo, y su agujereada mente le ha sometido. Así que a veces le visito en la residencia, y busco en sus ojos idos un algo que me diga que todavía es él y no una carcasa vacía que come por pura inercia. Desearía tanto matarle, pero luego lo pienso, y en realidad él ya está destruido. Eso me digo, y una sonrisa repleta de crueldad me viene y me domina al verle así. Alguien me diría que tuviera compasión, el “Hurga Mentes” por poner un ejemplo. ¿Compasión? ¿Por mi padre? No me hagan reír.

Todos los días se parecen, son demasiado iguales, a veces sueño y tengo pesadillas en las que yo estoy de pie, empuñando una pistola, y estoy rodeada de cadáveres y sangre por doquier, en el sueño estoy contenta, satisfecha de mi carnicería. Estoy cansada, muy cansada, esta tranquilidad, paseos inalterables, esta pasividad, las visitas al “Hurga Mentes”, mis confidencias de la infancia, todo es demasiado repetitivo… y se tiene que acabar. Y se acaba. Lo hace. Lo hace cuando el Corredor se aproxima a mí más de lo permitido, se lo permito, y que le llegue mi nombre a sus oidos. Hoy va a ser un día diferente. Parece un buen tipo, su piel tiene un suave tono tostado, el nombre que brota de sus labios me llega como una página en blanco todavía por escribir. Decido escribir esa página. Primero viene un “hola” y luego un “qué tal”, hasta aparecer “el encantado”, todo va tan rápido y a la vez tan despacio, noto como la brisa me roza mientras me muevo en esta especie de cámara lenta que me lleva a quedar con el Corredor a tomar un café, un inofensivo café. Uno insípido por otra parte, no lo fueron sus labios que me llenó el sabor con besos.

Aquello acabó dónde tenía que acabar embarcándonos en la pasión, navegando por los mares de mi cama, inspeccionando cada uno de los centímetros de nuestras pieles. Devoré al Corredor con avidez, como si hiciera años que no me alimentara, estaba famélica, y se lo demostré. Satisfechos y exhaustos después del banquete, dormimos, o al menos él lo hizo, yo no pude.

No, no puedo dormir, así que lo miro a mi lado. El hombre normal, que me ha tratado con dulzura toda la noche, sorprendido, de hecho, ante mi agresividad pasional, observo su espalda desnuda llena de mis arañazos. Pobre. Salgo de la cama, me visto. Necesito aire fresco, le dejo solo, me muevo como una gata y salgo de la casa. Dejo tras de mí la puerta, y bajo en el ascensor con la mirada fija en el abismo, algo se ha activado en mi cerebro, algo ha hecho click, y no puedo ignorarlo, en realidad, no quiero ignorarlo, ni evitarlo, no, y las puertas del ascensor se abren y me llevan a la calle, mientras mis piernas caminan mis ojos buscan y encuentran un lugar donde tomar una copa. Me paro, reviso el nombre el local con luces de neón. Mis ojos parpadean varias veces antes de entrar, y siento como si no fuera más que una espectadora de toda esta ilusión. Me siento en la barra, pido un vodka, y dejo que los tíos se acerquen a mí, lo hacen sí, y entonces soy como una jodida leona, estallo como la bomba que soy. Soy una puta bomba H y golpeo a uno de los tíos que me entran, con un “ Hola cariño, ¿te invito a una copa?”, le parto los putos dientes así sin más, porque me apetece porque el jodido gilipollas tenía una sonrisa de estúpido, así que le golpeo en la cara y luego cuando cae al suelo, sorprendido, me arrodillo sobre él y le sigo dando de ostias, creo, creo que se parece demasiado a mi padre, todo esos tíos se parecen, vienen más, me llaman loca, me dicen de todo, al segundo le reviento los testículos de un puntapié, al tercero le rompo la cara con mi copa, y con el cuarto lo tengo más crudo, es el seguridad del local, es una mala bestia, me coge por la espalda y me aprieta hasta casi quedarme sin aliento. Eso no es suficiente para contenerme, no, joder, por supuesto que no, le doy un fuerte cabezazo en su gruesa nariz de mastodonte, luego le doy otro y otro, hasta que me suelta. Me giro, veo a esa montaña sangrando, sorprendida, enfurecido como una especie de Hulk color canela, parece que me va a merendar, cuando cae sin más al suelo. Pago la cuenta y salgo del local. Me he divertido de lo lindo, no me importa reconocerlo.

Llego a casa una hora más tarde, me ducho, me limpio la sangre, me curo las heridas,  despierto al Corredor y le hago el amor con toda la excitación acumulada en mi interior. Debería salir más a menudo, sí, creo que me sienta bien.

Cuando me despierto sigue ahí y me está mirando, absorto, puede que haya descubierto el demonio que llevo en mi interior, sin embargo solo me sonríe, y se acerca y me besa la frente y me pregunta si he dormido bien. Sí, he dormido fenomenal.

Todo es demasiado rápido, y me asombra. El Corredor y yo vivimos una aventura realmente hermosa. Nuestra rutina se transforma en una palabra que hacía tiempo que no conocía, felicidad. Una palabra que me cuesta pronunciar, que me aporta equilibrio a mi inestable naturaleza. Mis visitas con el “Hurga Mentes” son cada vez mas distanciadas, y las palabras de mis ex compañeros del cuerpo de policía se vuelven más suaves, más amables, han pasado de tildarme “loca rabiosa” a brindarme un “¿cómo estás?”, “¿qué es de tu vida?”.

A veces quedamos el Corredor y yo a tomar una copa con mis antiguos compañeros de trabajo. Es agradable y en cierto modo lo echo de menos. A veces me hablan de sus casos, me dicen, me comentan y yo escucho con atención.

Últimamente Frank, mi viejo compañero, habla más conmigo, se muestra más amigable, después de tanto tiempo, y aquella cara de horror que se quedó en su rostro al verme matar al tipo que se había cargado a su mujer ya no es la misma, ahora está más envejecida, recuerdo sus chistes, sus bromas y ahora le noto algo más serio, más maduro quizás.

Frank viene por casa de vez en cuando y me comenta algunos casos, me agrada que me pregunte mi opinión. A veces me enseña fotos, y me pregunta, también hoy lo hace, y veo las fotos de varios hombres muertos en diferentes lugares, uno debajo de un puente con el cuello cortado, otro ahogado en su propia bañera. Ambos tenían antecedentes de violencia de género, eso me dice Frank. Me pregunta si me suenan sus rostros. Claro, le contesto, creo que les he visto en la tele. Les miro atentamente y les encuentro cierto parecido a mi padre. Sí, me digo para mí misma, ambos tienen decididamente un aire a mi padre.

 

 

Las 7 Noches de Ana Lee: Noche 7

Publicado: 4 julio, 2018 en Relatos, Thriller

Noche 7.-James.

‘A veces cuando la noche te acosa de tal modo, que no te deja salida alguna para coger una bocanada de aire, no te queda mas remedio que apuntarla a la garganta con tu arma y reventársela de un disparo.’

Meg había cocinado una tarta de fresas. Era tan dulce que si hubiera sido diabético probablemente no hubiera pasado una noche más en este mundo. Jesús, estaba deliciosa. Después pasé la siguiente media hora hablando con el último marido de Meg, sí, último. Meg, había estado casada unas 7 veces aproximadamente, es difícil decirlo. Cuando uno asiste a tantas bodas a veces, le da la sensación de que es como ir a misa los domingos. Una simple rutina. Hola Charles, qué tal, ya ves, Meg ha vuelto a cazar a un pobre tipo desprevenido. Le cogió con la guardia baja, ya sabes. Son cosas que pasan, sobre todo a Meg. ¿Qué tal?, ¿cómo va la familia? Oh, en serio? Falleció tu tío Roig, oh vaya, lo siento de veras, te acompaño en el sentimiento. ¿Qué?, ¿qué era un viejo cascarrabias? Ehm, ya, bueno. Al principio ese tipo de situaciones son harto complicadas, pero después de siete bodas, acabas por aprender a esquivarlas o torearlas de alguna manera. Es casi un arte. Resultaba difícil digerir aquel increíble pastel, tal vez fuera por la mínima conversación que daba ‘El último marido de Peg’ santo cielo, parecía el título de una novela de Patricia Highsmith. Se llamaba Cándor, ¿qué clase de nombre era ese? Cándor. Menudo nombre. Como sacado de un relato de ciencia-ficción, el planeta de los cándors. Te atraparán con la mirada pero no con la conversación. En realidad no parecía mal tipo, tan solo había que trincharle la conversación, y sonsacarle algo mas que un ‘si’, un ‘no’ o un ‘ahmmm tal vez’. Tal vez tuvo un problema psicológico en la infancia, quizás el tipo era un loro hablando hasta que algún niño diabólico (ya se sabe como son los niños) le metió un excremento de perro en la boca, y desde entonces, evita todo lo posible que le ocurra algo similar, simplemente cerrando la boca. O al menos abriéndola lo menos posible. Después de guardar la tarta Meg, se dirigió a mi nevera, cogió un par de huevos, los batió, añadió algo de sal y se los bebió. Todo esto le lleva a uno a pensar en la relación que puede uno tener con sus hermanos. Quizás fuera adoptado, porque a fin de cuentas, no se, a ciencia cierta que parecido podía tener con Meg. ¿Qué me encanta la tarta de fresas que cocina? ¿Y a quién no? Es fabulosa la maldita. Encendió la tele y mientras Cándor no ‘paraba’ de hablar dirigiendo su mirada al vacío, porque al tipo en realidad ni siquiera le gustaba el fútbol, se puso a ver el partido que echaban, estaba medio empezado pero eso no evitó que Meg vibrara con cada falta, cada gol, cada saque de corner, lanzando mis cojines al aire y gritando como si su vida dependiera del partido. Aunque, curiosamente, daba igual qué equipo marcara el gol, ella siempre gritaba entusiasmada. En cierto modo la envidiaba, parecía siempre tan, tan enloquecidamente alegre. Meg y su sonrisa infinita, nadie reía como Meg. Su risa era como un cascabel, pero no uno viejo, sino uno nuevo y reluciente, uno de esos que te dan ganas de escucharlo en todo momento. En cuanto a Cándor, bueno, parecía sumido en sus propios pensamientos, cogiendo una galletita del fondo del plato de vez en cuando y mirando con aire de distracción el partido de fútbol, como si de alguna forma quisiera unirse a su mujer en la emoción del evento pero a la vez haciendo notar que en realidad le importaba un pimiento quien ganara. Me pregunté qué era exactamente lo habría visto mi hermana Meg en un tipo que parecía tener el cerebro en Saturno y los ojos en Júpiter. A veces el amor es tan extraño, tanto como una estrella de mar bañándose en tu jardín.

Y cuando James Corben pensó en amor, pensó en Ana Lee. En respuesta a la llamada que le hizo ayer, le había enviado un solo mensaje al móvil. Uno solo.
‘Yo t amo tan solo stoy confundida. Perdida.’
Aquella mujer, torturada, maltrecha, enojada con sigo misma y con el mundo. ¿Por qué no le dejaba ayudarla?¿Por que no le dejaba amarla? ¿Tan difícil era darle una oportunidad? ¿Dársela a sí misma?
Sonó el teléfono.
James miró la pantalla del móvil y vio como Ana Lee se dibujaba con letras de colores en él.
Aceptó la llamada.
-Hola James, escucha. Solo quiero que me escuches con mucha atención. Ayer noche pude ver el horror. Vi como una chica intentaba descuartizar a su novio, vi como un loco vestido de payaso asaltaba una hamburguesería, vi como un hombre intentaba violar a una mujer a punta de pistola y como una prostituta se entregaba en la comisaría portando una pequeña bolsa de plástico, en cuyo interior se hallaban los testículos arrancados de un cliente que no había querido pagarle. Anoche maté a un hombre. Le reventé el pulmón derecho de un disparo, después de que me disparara dos veces y de que, por puro milagro, fallara. Le disparé, y cuando me miró con la mirada punzante y me enseño su mano ensangrentada, se rió. ¿de mí o del mundo que lo había convertido en un monstruo? No lo se. Pero rió de una manera tan desagradable James, no puedes ni imaginarlo. Aquello no fue todo. Horas después fuimos al hospital Ross Blanchert, una enfermera se había vuelto loca y había acuchillado a dos pacientes, les había ensartado hasta matarles y había intentado lo mismo con una joven compañera suya. Una chica, una aprendiz, la había perseguido por medio pasillo del hospital entre gritos hasta que un guardia de seguridad se interpuso entre las dos e intentó abatirla con su porra. No lo consiguió, la enfermera le clavó el cuchillo en la aorta y estuvo a punto de desangrarse. Cuando llegamos allí, la mujer peleaba con la joven chica en medio de un lago de sangre. Deberías haber visto su mirada James, era la mirada del mismo Satán. Pero el demonio no estaba allí, tan solo una mujer loca, enferma. Terriblemente enferma. Melvin, mi compañero, intentó separarla de la chiquilla, la agarró por detrás y se llevó una cuchillada en un pie antes de que lograra inmovilizarla. Vi los ojos de la chica tumbada en el suelo. No se movía, pero estaba viva. Más viva que nunca. Bañada en sangre, la chica se tiro a mis brazos como si fuera su hermana o su madre. Y lloró. Lloró de una forma tan desesperada, tan enojada James. Lloró porque por un instante sintió que la vida se le escapaba y ella no podía hacer nada para evitarlo. Lloró porque cuando se levantó por la mañana e hizo el amor con su amante, jamás, en ningún momento pensó que aquel día podría ser el último. El último beso, la última sensación. Y esa maldita sensación, esa jodida y cruenta sensación es la que tengo yo a cada momento. Cada día. Me levanto y pienso si llegará el día en que un loco vendrá por mi espalda y bajo una sonrisa espectral pondrá termino a mi vida. Adiós, bye-bye Ana Lee, que te den. ¿Quién coño eres tú para pedirle más a la vida niña? Yo solo quiero…. quiero, James, quiero esperanza. ¿Crees que es mucho pedir?
-No, no lo es Ana Lee.
-Te quiero.
-Te amo. Ven.
-De acuerdo.

Las 7 Noches de Ana Lee: Noche 6

Publicado: 3 julio, 2018 en Relatos, Thriller

Noche 6. Risas y lamentos.

‘Desesperada me sentí al escuchar mi nombre pronunciado por tus temblorosos labios.’

La noche comenzó de un modo extraño, tal vez fuera la hija del fontanero que había hecho todo lo posible por matar a su novio y aun así él se resistió a morir. Cuando llegaron Ana Lee y Melvin al 5B de la calle Memfis, vieron el portal lleno de marcas de manos ensangrentados, subieron al cuarto piso siguiendo el rastro de sangre. Lee tropezó con un gato negro a mitad del segundo y lo maldijo entre dientes, tan solo verlo hizo que un estallido de dolor presionara su ojo derecho y ascendiera a su cerebro, paró un segundo y continuó subiendo sin mas, como si llevara toda su vida soportando aquel dolor, lo cual, no era del todo falso.
¿Cuánto dolor eres capaz de soportar?
Los gritos eran aterradores e interminables, parecían gritos de niño pero no lo eran. Abrió la puerta de una patada y corrieron a través del pasillo de la casa, hasta un dormitorio decorado con rosas.
La vio, con la mandíbula desencajada de tanto reír, la vio, mientras serraba el pie derecho de su novio a la altura del tobillo. El estaba desnudo, sujeto a la cama con esposas, tenía la lengua fuera, rojiza y sangrante y los ojos se le salían de las órbitas. Ella vestía con un pijama de rosas rojas, rojas como el fulgor de sus ojos, como el carmín de sus labios, como la sangre del hombre que yacía ante ella.
Después de detenerla, Lee y Melvin llamaron a una ambulancia para aquel pobre chico que suplicaba morir ante la mirada de su pie, colgando de un fino hilo de carne. ¿Quieres ver hasta donde pueden llegar los celos, quieres saber lo que es una persona posesiva? Si me acompañas esta noche yo te enseñaré los extremos, luego no habrá vuelta atrás.
A veces la noche se ríe de ti y te escupe a la cara sin contemplaciones. En ese preciso momento piensas en darte por vencida, mandarlo todo al carajo y buscar razones para seguir viviendo. Cuando la locura te visita día a día, noche tras noche, y ves su rostro, su fría y marmolea faz, te acuerdas de esas esculturas griegas de dioses alzándose sobre el abismo de los mundos, el abismo de las realidades, todos por encima de ti, contemplándote, como una diminuta mota de polvo con sus grandes ojos llenos de cientos de pupilas. Sin importancia, y si no tengo importancia, si nada de esto tiene significado, si nada de esto tiene consecuencias, entonces porque intento detenerlo. En vez de luchar contra la sin razón, unámonos a ella, ahoguémonos en el mar de lamentos y risas sin sentido, abiertas, sinceras, estrafalarias, mortales.
Apagó el móvil por pura venganza. Quizá no me llames cabrón, pero si lo haces te encontrarás con la puerta en las narices amorcito. Qué irónico, teniendo en cuenta que fue ella quien prácticamente lo echó de su casa ¿de su vida? Días atrás. Confusión. Enojo. El muy cabrón, ni siquiera ha intentado llamarla. ¿No comprende? ¿No entiende?
Cruzan la avenida, un payaso loco está atracando un Burger dos calles más abajo. Melvin, Lee y dos coches patrulla mas van hacia allá. La venganza de Ronald McDonald, dice Melvin en un vano intento de chiste que ni siquiera despierta un amago de sonrisa en Ana Lee. Melvin pisa el acelerador.
La rabia y la desesperación cruzan su amargado rostro, frunce el ceño y lo relaja segundos después. Vuelve a encender el móvil. Mierda, mierda.
La visión de un tipo vestido de payaso con unos zapatones rojos, una enorme y escarlata nariz de plástico, una camisa caqui con grandes botones azules de caramelo y una peluca rosada como algodón dulce le resultó de lo mas curiosa a Melvin, no sabía si llorar o reír. Ana Lee tan solo se fijó en el pequeño revolver que portaba en la mano derecha (parecía de juguete pero…), también vio a la dependienta con un pañuelo empapado en sangre tapándose la nariz y un anciano de unos 120 años tirado en el suelo junto a una de las mesas. Tal vez deberían llamar al maestro de pista para negociar con el payaso, suelta Melvin. El local está abierto, Ronald de espaldas, agita la pistola con una mano y con la otra se zampa una hamburguesa. Lee y Melvin entran. Se identifican pero el payaso parece no escucharlas, sigue agitando la pistola como si estuviera dirigiendo una orquesta y habla. Dice cosas sin sentido. Habla de perros y gatos, no sabe que hacer con tantos se dice, es difícil ponerles nombres, le da dolor de cabeza y no consigue ponerle nombres apropiados. Melvin le apunta con su arma, mira a Lee –está chalado del todo- le dice con la mirada. Piden al payaso que arroje el arma y se tire al suelo pero hace caso omiso, no les entiende, no les escucha, lo cierto es que el payaso está en una frecuencia totalmente diferente. El payaso escucha ladridos y maullidos, y grita que se callen, que le dejen en paz, no hay comida para todos, dice a sus voces. Iros, iros. Ana Lee va hasta el anciano tirado en el suelo. Está muerto, no tiene signos de violencia, un infarto quizás. El payaso se gira y dirige su mirada a Ana Lee, agachada junto al anciano inerte. Cree ver un ligero signo de realidad en los ojos del payaso, tiene los ojos llorosos. Su mente está sumida en el caos, pero no ve a Ana Lee, en realidad no la ve. El payaso grita, ‘¡te he dicho que no tengo comida! ¡Largo perro de mierda! ¿Belinda? ¿Me oyes Belinda? Llévate el perro de aquí o por Cristo Jesús que le vuelo la tapa de los sesos. Tu y tus puñeteros animalitos Belinda. Te dije que nada de perros. Te dije que nada de gatos. Pero me los encuentro en el baño, me los encuentro en la cocina, me los encuentro bajo la cama, y los cabrones se comen mi comida, ¡se comen mi comida!’ El payaso está fuera de sí, apunta a Ana Lee con su arma y tira del percutor hacia atrás. Melvin le grita. Y Lee piensa en el móvil, piensa en cuanto le gustaría que sonara, cuanto le gustaría… que el payaso disparara y… la alejara de todo. Paz. Entonces el móvil suena.
Y suena.
Y suena.
Y suena.
Beeep. Hola, soy Ana Lee, en estos momentos no me puedo poner, hay un puto payaso apuntándome con un arma. Deja tu mensaje cuando oigas el ¡Bang!.
Melvin ve como el payaso roza el gatillo para disparar. La bala destroza la muñeca del payaso, suelta el revólver y lo alcanza Lee al vuelo. El Payaso grita. ‘¡Perro cabrón! ¡Estas rabioso pero yo te enseñaré!’ Se gira hacia Melvin y cuando lo hace Ana Lee le golpea en la cabeza con la culata del revólver del propio payaso. El payaso cae al suelo, y cuando lo hace la nariz de Ronald McDonald emite el sonido de una carcajada hueca. Melvin no puede evitarlo y sonríe, está a dos pasos de reírse, apenas se puede contener. El tipo tiene un aspecto tan… divertido.

Las 7 Noches de Ana Lee: Noche 5

Publicado: 2 julio, 2018 en Relatos, Thriller

Noche 5. El Comic.

El tablero de dibujo estaba apagado hasta que acercó sus lápices hasta él.
Entonces cobró vida y sentido.
El mundo se abrió a sus pies. Dio un paso y entró con la más absoluta de las alegrías.


Página 1.
Viñeta 1.
La figura femenina se halla en medio de un laberinto de bellas flores. Los colores la abruman pero no se le ve la cara. Está allí en medio, de espaldas y espera. Podemos ver su largo pelo castaño acabado en ligeros y revoltosos rizos.
Viñeta 2.
Vemos la cara de María, suave y blanca, sus finas cejas parecen apuntar al suelo, y su sonrisa a las estrellas.
Viñeta 3.
El laberinto se expande a derecha izquierda, se trata de un laberinto invertido. María está en el centro y debe encontrar el final. María mira a izquierda y a derecha.
Viñeta 4.
Escoge la derecha.
Maria; Yo soy la voz de mi pensamiento. No quiero olvidarme del sonido de mi alma. Si canto me escucharé. Si canto me encontraré.
Viñeta 5.
Mientras camina por la parte de la derecha del laberinto. Maria tararea ‘My boots are made for walking’ de Nancy Sinatra.

Pagina2.
Viñeta 1.
Un pequeño oso hormiguero aparece delante de ella. El oso hormiguero la mira y se ríe de ella, se burla mientras pasa junto a ella.
Viñeta 2.
Maria sigue andando mientras canta. Y se tropieza con un hombre bajo y con una gran barriga. Es calvo, se llama Jonás es su tío.
Jonás; Hola sobrina, ¿estás perdida?
Maria; Si, tío, quiero encontrar el camino al principio. ¿Me ayudarías?
Viñeta 4.
Jonás se aguanta la barriga como si de un bebé se tratara, o mas bien como un tonel de vino.
Jonás; Por supuesto sobrina, escucha, y escucha bien. Esta es la verdad. La única verdad que puedo decirte. Debes girar a la derecha, luego a la izquierda y cuando veas un ciempiés, tan pequeño como un susurro, guíñale el ojo derecho, él te indicara el camino correcto a seguir. Pero debes guiñarle el derecho, jamás el izquierdo.
Maria; Gracias tío.
Viñeta 5.
Maria sigue su camino, ve una torre de marfil en medio del laberinto, la torre tienes unos siete metros y en cada piso montones de ranas croan sin parar. Croan al compás de una canción infantil.
Maria; suena bien chicas. Seguid croando.
Viñeta 6.
Por primera vez ve al ciempiés. Lleva un sombrero de copa, una bufanda y fuma un largo y apestoso puro. Esa parte del laberinto está llena de humo, el bichito es diminuto pero fuma como una chimenea.

Página 3.
Viñeta 1.
Maria; Hola, ¿cómo te llamas gusano?
Ciempiés; Me llamo Christopher Michael Nolan, señorita. ¿Le importa que fume?
Maria; No (miente, Maria odio el humo, y su cara de asco lo refleja)
Christopher Michael Nolan, el ciempiés; y dígame bella dama, ¿cuál es su nombre?
(los bocadillos del gusano Christopher son diminutos, casi como él, Maria debe de hacer un esfuerzo para escucharle)
Maria; Mi nombre es Maria. Maria Magdalena Clara.
Viñeta 2.
El gusano alza unas pobladas cejas, suelta un par de bocanadas de humo que convierte en círculos y luego suelta otra en forma de flecha que atraviesa estos.
Christopher M. Nolan; Bonitossssss nombressssss. Como vos. Y dígame ¿qué le trae por aquí M. M. M.? ¿Acaso busca un nombre mas corto? Bien es sabido que un nombre tan extenso puede acarrear todo tipo de preocupaciones, lamentaciones e incluso, dolores de nariz. ¿Le duele la nariz señorita? Se la veo algo hinchada.
Viñeta 3.
Maria se toca la nariz y comprueba que se le ha inflado hasta extremos impensables. Esta ella y su nariz. O su nariz y ella. Una chica pegada a una nariz.
Viñeta 4.
Primer plano de la gigantesca nariz, tiene el tamaño de un melón (un melón bien alimentado). Esta verde y con pequeñas manchitas marrones.
Viñeta 5.
Del peso de su enorme nariz, Maria pierde el equilibrio y cae el suelo. Ahora sus ojos miran directos a los del pequeño ciempiés.
Página 4.
Viñeta única..
Es una splash page.
Vemos los ojos marrones de Maria, su inmensa y melonera nariz, y como Chris el ciempiés comienza a subir por ella. El ciempiés tiene un aire aristocrático, tan solo le falta el monóculo. Eso le confiere un aire simpático.
Página 5.
Viñeta 1.
Maria con los ojos llorosos; ¿Puedes ayudarme a encontrar el principio del laberinto?
Chris el ciempiés; ¿Y no prefiere señorita que le ayude con esa preciosa y tremenda nariz?
Maria; ¿Conoces un remedio?
Viñeta 2.
Chris se pone de pie sobre sus pequeñas patitas y mira a Maria directamente a los ojos.
Chris; Por supuesto bella dama. Yo lo se todo, la sabiduría me embarga, hasta tal punto que llevo una bufanda para no coger un resfriado.
Maria; Hablas sin sentido.
Chris; ¿Y quien necesita el sentido cuando se tiene el saber? Es solo una cuestión de… narices pequeña. Pero, ¿sabe? Ha de guiñarme un ojo.
Viñeta 3.
Chris apaga el largo puro sobre la nariz de Maria. Maria suelta un grito pero no se puede mover. Su nariz le pesa demasiado.
Chris; Si me guiña el ojo correcto, le diré como restaurar el tamaño de su nariz y como llegar al principio del camino. Aunque yo, prefiero que me guiñe el izquierdo. Encuentro que le queda muy bien, este narizón. Esta muy bella linda dama. Le da un aire diferente, y altivo, muy altivo. Creo que tiene vida propia su nariz. Yo de usted, empezaría a pensar en ponerle un nombre.
Viñeta 4.
Maria parpadea y un rayo de luz la ataca directamente a las pupilas. La deslumbra por completo.

Página 6.
Viñeta 1.
Maria despierta, abre los ojos, se encuentra en su habitación, y lo primero que ve es un póster de una película de Terror; ‘El Ente’ y justo al lado de este uno de Nirvana.
Viñeta 2.
Pasa su mano lenta y suavemente por su barriga, como acariciándola. Sus ojos, cristalinos, están rojos, a punto de llorar.
Viñeta 3.
Vemos como Maria, sin levantarse de la cama busca a tientas el teléfono.
Viñeta 4.
Marca un número mientras lágrimas resbalan por sus mejillas.
Viñeta 5.
Maria; Hola Daniel, soy yo, Maria. Escucha, tengo que contarte algo.